"...vas a ser mi doble agente. Y vas a aprender que, en esta jaula, solo hay un dueño."
Las palabras de Alexander seguían resonando en la habitación del Ala Este.
Isabella se quedó mirando el pasillo por donde él se había ido. El teléfono negro y pesado se sentía como un bloque de plomo frío en su mano.
Dos contactos. A. Vance. Hawk.
Su mundo entero, su línea de vida, reducida a sus dos carceleros.
La puerta de su habitación seguía abierta. La puerta sin cerradura. La puerta que daba al gran salón, que a su vez daba al Ala Oeste, donde él estaba.
Podía oír el silencio. Era un silencio ruidoso, cargado de rabia, paranoia y poder.
Las cajas de su antigua vida estaban apiladas en el rincón. Reliquias de una mujer que ya no existía. Y el portarretratos... el portarretratos que había detonado esta bomba... él se lo había llevado. Lo había confiscado. Como prueba. O como trofeo.
Isabella sintió una oleada de frío que la hizo temblar.
Le había quitado su pasado , su presente y su única conexión emocional .
Estaba sola. Completamente sola. A sesenta pisos de altura.
Respiro hondo.
El llanto no servía.
Él lo había dicho: la bondad era un arma, el afecto era una moneda barata.
Las lágrimas, entonces, eran un desperdicio.
Se recompuso.
No era la esposa-fantasma.
No era la hija de Eleanor. Era la Asistente Rossi. La máquina. El "soldado".
Y el soldado había recibido una orden.
Se lavó la cara en el baño de mármol.
El único lugar con cerradura. Se miró en el espejo. Ojos rojos, piel pálida. Patética.
Se vistió.
No con la ropa nueva y suave que él le había comprado (la ropa de la amante, la ropa de la mascota).
Se puso su propio "uniforme": los pantalones de vestir grises y una blusa de algodón que había traído en su maleta. La armadura de su antigua oficina.
Guardó el teléfono negro en el bolsillo de su pantalón. El peso era constante. Un recordatorio.
Y volvió a la guerra.
Camino por el pasillo del Ala Este.
Cruzó el salón gigantesco, donde el sol de la tarde empezaba a bajar, creando sombras largas y dramáticas.
Llegó a la "oficina". El escritorio de vidrio.
Él estaba allí.
No se había movido. Seguía de pie, mirando la ciudad.
Pero se había puesto el saco del traje. La armadura estaba de vuelta.
Él la oyó llegar. el sonido suave de sus zapatos de tacón sobre el mármol.
— ¿Creí que le había dado la tarde libre, Rossi? —Su voz era fría. Distante.
—Estoy lista para trabajar, señor.
Él se giró. Lentamente.
La miro. Vio el uniforme. Vio la máscara de eficiencia que ella se había puesto.
Una sombra de algo... ¿respeto?... cruzó su rostro. Pero se fue tan rápido como llegó.
—Bien. —Señaló la silla.
La silla inferior, al lado de la suya—.
Porque su traición no significa que Acero Atlas deje de necesitar una reestructuración.
La palabra "traición" la golpeó, pero ella no parpadeó. Absorbió el golpe.
Se sentó. Abrió su computadora.
El silencio volvió. Roto solo por el click-clack de dos juegos de teclas.
Durante horas, trabajaron.
Pero todo había cambiado.
Ya no era el dúo dinámico de Zúrich. Ya no era el equipo letal que anticipaba los movimientos del otro.
Era... un interrogatorio.
—Los balances de la división de logística —dijo él.
—Aquí están, señor.
-No. Los saldos crudos. Los que me enviaron antes. Quiero ver el archivo original.
Ella entendió.
Él creía que ella había manipulado la información. Que había estado ocultando cosas para su madre.
Sintió una oleada de rabia fría. —Ahí están. Puede comprobar los metadatos usted mismo.
Él la miró. Sus ojos azules eran dos témpanos. —Lo haré.
Y lo hizo. Durante veinte minutos, mientras ella se quedó quieta, él no revisó el trabajo; Auditó cada archivo que ella había tocado en las últimas tres semanas.
Estaba buscando la traición de Eleanor.
—Está limpio —dijo finalmente, su voz teñida de... ¿decepción?
—Siempre lo estuvo, señor.
—No me mientas, Rossi.
—¡No lo hago! —espetó ella, perdiendo la paciencia—.
¡Eleanor nunca me preguntó por su trabajo! ¡Nunca! Hablábamos de... de libros, del clima. De la universidad. Nunca de Industrias Vance. ¡Ella respetaba su privacidad!
—Mi madre no respeta nada más que su propia agenda. —Cerró el archivo—. Continuamos.
Trabajaron hasta que el sol se puso.
El penthouse se llenó de sombras, y luego, de las luces de mil millones de dólares de la ciudad de Chicago.
Eran dos fantasmas en una torre de cristal.
A las siete, él cerró su computadora portátil. El sonido fue definitivo.
—Cocina.
La misma orden. La misma rutina.
Isabella se levantó. Sus músculos estaban agarrotados.
Fue a la cocina. Se lavó las manos. El ritual.
Esta vez, él no se sentó en la isla para observar.
Se quedó en la oficina, a veinte metros de distancia, trabajando en su celular.
Pero ella lo sentía. Sentía su mirada. Lo vio un par de veces en el reflejo oscuro de los ventanales.
La estaba observando. Cada movimiento.
¿Temía que lo envenenara?
El pensamiento la hizo reír. Una risa corta, seca, histérica.
—¿Algo es gracioso, Rossi?
Su voz, desde el otro lado del salón. La había oído.
Isabella se tensó. —No, señor. Solo... el menú.
Hizo lo mismo. Pollo. Arroz. Verduras. Lo más seguro. Lo más estéril.
Sirvió los platos. En la isla de mármol negro.
Él se acercó. Se sentaron. El abismo de mármol entre ellos.
Comieron en silencio. Un silencio que gritaba.
Isabella no podía soportarlo más.
—¿Por qué? —dijo ella, en voz baja.
Él levantó la vista. —"Por qué", ¿qué?
—¿Por qué hace esto? ¿Por qué me trajo aquí? Si me odia tanto, si cree que soy una espía... ¿por qué no me despidió? ¿Por qué no me dejó en ese sótano de Hawk?
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Editado: 13.09.2026