El resplandor azul de la pantalla del teléfono era la única luz en la habitación oscura.
"Ahora, reporte."
Isabella lo miró. Las palabras eran frías, impersonales. No era una conversación.
Su pulgar tembló sobre la pantalla táctil.
¿Qué escribía? ¿"Prueba superada, señor"? ¿"No contesté, como ordenó"?
No. Él no quería explicaciones. Quería datos.
Escribió, su pulgar torpe por el sueño y el miedo.
De: I. Rossi
Para: A. Vance
1:04 AM. Llamada entrante. Número desconocido. Silenciada. No contestada.
1:05 AM. Buzón de voz. No revisado.
Misión cumplida.
Dudó en la última línea. ¿"Misión cumplida"? Sonaba... servil. Pero eso era ella ahora, ¿no? Un soldado. Una espía.
Apretó "Enviar".
El mensaje se fue. El silencio del penthouse pareció hacerse más profundo, como si contuviera la respiración.
Menos de cinco segundos después.
Bzzzt.
Un nuevo mensaje de él.
De: A. Vance
Inaceptable.
El corazón de Isabella se detuvo. ¿Qué? ¿Inaceptable? ¿Qué había hecho mal? ¿Debería haber contestado?
Bzzzt.
Un segundo mensaje.
El reporte. Venga y démelo en persona.
Isabella sintió que la sangre se le iba de la cara.
No.
Eran la 1:05 de la mañana.
Ella estaba en su pijama.
Él estaba... en su habitación.
Era una orden. Una orden de una crueldad psicológica absoluta.
La estaba obligando a caminar por el penthouse oscuro, en medio de la noche, en su ropa de dormir, para ir a su dormitorio.
La estaba humillando. Le estaba recordando que no tenía privacidad, ni espacio, ni dignidad que él no controlara.
Se levantó de la cama. El pánico la hizo temblar.
¿Se vestía? ¿Se ponía el "uniforme" de cachemira? ¿El de la oficina?
No. Él sabía que estaba durmiendo. Ponerse la armadura sería un acto de desafío, o de miedo. Y él se alimentaba de ambos.
No. Iría tal como estaba. En su pijama de algodón, con los pies descalzos sobre el mármol frío.
Sería la prisionera obediente.
Salió de su habitación. El gran salón estaba oscuro, iluminado solo por las luces de la ciudad de Chicago, a sesenta pisos de altura. El lugar parecía un océano de sombras.
Caminó. El mármol estaba helado bajo sus pies.
Cruzó el salón. Pasó la cocina (donde habían cenado), pasó la "oficina" .
Y llegó al umbral del Ala Oeste.
Un pasillo que no había explorado. Estaba oscuro.
—¿Señor? —Su voz fue un susurro.
—Siga caminando, Rossi.
Su voz. Venía del fondo del pasillo.
Isabella entró en la oscuridad. Sus ojos se ajustaron. El pasillo se abrió a otra habitación gigantesca.
No era un dormitorio. Era... la guarida del león.
Era una biblioteca y un salón privado. Paredes cubiertas de libros de tapa oscura. Un sofá de cuero negro, más grande que el del salón principal. Y un bar. Un bar de mármol negro, con docenas de botellas de whisky y coñac que brillaban como joyas oscuras.
Y el ventanal. Otro ventanal de pared a pared, con vistas al norte de la ciudad.
Él estaba allí.
No en la cama. Estaba de pie junto al ventanal.
Llevaba lo mismo que en Zúrich. Pantalones de pijama de algodón negro. Una remera gris oscura que se ceñía a su torso. Descalzo.
En su mano, sostenía un vaso de whisky.
La habitación olía a alcohol y a él.
Se giró cuando ella entró. Sus ojos azules la recorrieron en la penumbra. Vieron el pijama de algodón. Vieron sus pies descalzos. Vieron su pelo suelto.
No había rastro de deseo en su mirada. Era... evaluación. Pura.
—Tardó —dijo él.
—Estaba... —No sabía qué decir.
—Temblaba. Lo sé. —Tomó un sorbo de whisky—. Bien. El miedo la mantiene alerta.
Señaló una mesa de centro de madera oscura. Sobre ella, había un teléfono. No el de ella. El de él.
—El reporte —dijo.
Isabella se sintió ridícula. ¿Quería que lo repitiera en voz alta?
—A la 1:04 a.m. —dijo ella, su voz firme, como la de un soldado—, recibí una llamada de un número desconocido. La silencié. No contesté. Fue al buzón de voz.
—"Misión cumplida", ¿eh? —Se burló él, pero era una burla sin humor—. ¿Cree que esto es una misión? ¿Cree que esto es un juego, Rossi?
—Usted me llamó "doble agente", señor. Los agentes tienen misiones.
Su respuesta pareció sorprenderlo. La miró, una chispa de ese respeto frío en sus ojos.
—Inteligente. —Dejó el vaso—. Pero ingenua.
Caminó hacia la mesa. Tomó su teléfono.
—No fue una prueba. No del todo.
Abrió el teléfono. Abrió el buzón de voz. No el de ella. El de él.
—El número desconocido que la llamó a usted... —dijo—. Estaba enrutado a través de mi sistema. La llamada que usted silenció...
Apretó un botón.
"...Isa. Isa, nena, por el amor de Dios, ¿estás ahí? Soy yo, Eleanor. ¡Me enteré! ¡Dios mío, lo que hizo Sebastian! ¡Lo que te hizo Alex! ¡Estás con él! ¡Isa, tenés que salir de ahí! ¡Él es... él no es lo que pensás! ¡Es peligroso! ¡Isa, por favor, contestame...!"
La voz de Eleanor. Rota. Histérica. Llena de pánico.
Isabella se tapó la boca con la mano. Un sollozo se le escapó. ¡Eleanor!
Alexander detuvo la grabación.
El silencio fue brutal.
—¿"Peligroso"? —dijo Alexander, su voz mortalmente tranquila—. ¿"No es lo que pensás"? ¿Qué cree usted que le ha estado contando mi madre sobre mí, Isabella?
Isabella lo miraba, las lágrimas rodando por sus mejillas.
—Ella... ella solo está asustada...
—¡Ella está interfiriendo! —explotó él, la furia volviendo—. ¡Después de que le advertí! ¡Después de que la descubrí! ¡Sigue intentando tirar de sus hilos! ¡Sigue intentando "salvarla"!
—¡Usted me encerró! ¡Me quitó el teléfono! ¡Claro que está asustada!
—¡Le quité el teléfono para protegerla! ¡Y esto! —levantó el teléfono con la grabación— ¡Esto es la prueba!
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Editado: 13.09.2026