Isabella no durmió.
¿Cómo se podía dormir?
Se quedó hecha un ovillo en esa cama gigantesca, en el Ala Este, con la puerta sin cerradura sirviendo como un portal abierto al dolor de él.
El sollozo.
Ese único sonido, gutural, ahogado y roto, que había venido del Ala Oeste, se repitió en su mente mil veces.
Fue el sonido de un colapso total. El sonido del hombre más fuerte que había conocido, el tirano de hielo, desintegrándose.
Y luego, nada. Silencio.
Un silencio que dura horas. Un silencio tan pesado que Isabella temía que, si se levantaba, lo rompería y lo encontraría…
¿cómo? ¿Muerto? ¿Desmayado por el alcohol y el dolor?
El sol comenzó a pintar el cielo de Chicago.
Primero un gris pálido, luego un rosa sucio, el mismo "amanecer rojo" que habían visto en Zúrich. Qué ironía.
Eran las 6:30 am
La jaula estaba en silencio.
Isabella se levantó.
Sus huesos dolían por la tensión.
Tenía una opción.
Podía quedarse en su ala.
Esconderse.
Fingir que no había oído nada.
Esperar a que él, de alguna manera, se recompusiera y volviera a ser el CEO.
Pero no podía.
Y además... era su guardiana.
La guardiana de su vida.
¿Y si se había lastimado en serio?
Recordó la mano.
El vidrio roto.
Se puso la bata sobre el pijama de algodón. Descalza.
Salió de su habitación.
El gran salón estaba bañado por la luz limpia de la mañana. Frío. Vacío.
Camino. El mármol helado bajo sus pies.
Cruzó la "oficina", pasó la cocina. Llegó al umbral del Ala Oeste.
La biblioteca.
El olor.
Olor a alcohol derramado, agrio y penetrante, que luchaba contra el aroma a maderas caras.
Entró.
La escena era peor a la luz del día.
El vidrio del vaso roto que él había estrellado primero estaba esparcido por la alfombra oscura. El whisky derramado sobre los libros había manchado las tapas de cuero.
Y la segunda botella... la que había arrojado contra el ventanal... había creado una lluvia de astillas finas sobre el piso de madera cerca del vidrio.
El ventanal estaba intacto, una burla a su furia.
Y él...
Él estaba allí.
No estaba desmayado. No estaba llorando.
Estaba sentado en el sofá de cuero negro. Inmóvil.
Llevaba la misma ropa de la noche anterior.
Los pantalones de pijama negros, la remera gris.
Su pelo, usualmente perfecto, estaba revuelto, aplastado de un lado, como si hubiera intentado dormir allí mismo.
Estaba despierto.
Y estaba mirando la pared que había golpeado.
Isabella se detuvo.
Él no se giró.
Pero supo que ella estaba allí.
El cuerpo entero se le tensó.
—Dije... —su voz era un graznido.
Ronca. Muerta—.
Dije que te fueras.
—Son las seis y media de la mañana, señor —dijo Isabella, su propia voz suave, pero firme.
—Servicio de limpieza —murmuró él—.
Dígale a Hawk que llame al servicio de limpieza.
—Hawk no puede entrar.
Usted cerró el piso. —Isabella dio un paso más—.
Y yo no soy del servicio de limpieza.
Él giró la cabeza. Lentamente.
El rostro que la miró la hizo retroceder.
Era una máscara de devastación.
Sus ojos, los ojos de hielo, estaban rojos.
Hinchados. Inyectados en sangre por el llanto y el alcohol.
Tenía una sombra de barba de dos días. Y estaba pálida.
Era un desastre. Un desastre hermoso y aterrador.
Su mirada se posó en ella. Y el odio volvió. Un odio frío, profundo.
—Disfrutando del espectáculo, Rossi? —siseó.
-No.
— ¿Vino a regodearse?
¿A ver al monstruo en su jaula?
¿A correr a contarle a mi madre que su hijo sentimental rompió sus juguetes?
—Usted me quitó el teléfono —recordó ella, con calma—. Y yo no me regodeo.
— Entonces ¿qué ? ¿Lastima? —Escupió la palabra—.
¿Viene a darme la "bondad" de Eleanor? ¡Guardesela!
—Vengo a ver su mano.
La frase lo descolocó.
Él miró su propia mano, la derecha, la que había golpeado la pared.
Estaba apoyada en su rodilla.
Estaba hinchada. Y ensangrentada.
Los nudillos estaban abiertos, la sangre seca era una costra negra sobre la piel pálida. Y tenía pequeños fragmentos de yeso incrustados.
—No es nada —gruñó él, cerrando el puño, lo que seguramente le dolió una barbaridad.
Isabella no discutió.
Se dio vuelta y salió de la biblioteca. Él la observó, confundido.
Fue a su baño, el del Ala Este.
El único lugar que él no controlaba.
Abrió su propio botiquín de primeros auxilios que Hawk había empacado.
Tomó alcohol, gasas, cinta y una pomada antibiótica.
Volvió.
Él no se había movido.
Seguía en el sofá, como un rey roto en un trono manchado.
Isabella se acercó. Puso las cosas sobre la mesa de centro de madera, apartando el teléfono de él (la fuente de todo el dolor).
—No me toques —advirtió él, su voz un gruñido bajo.
Isabella lo ignoró.
Se arrodilló.
No a sus pies, sino al lado del sofá. Quedó a su altura.
—Déme la mano, Alexander.
Él la miró. La furia en sus ojos luchaba contra el shock.
Nadie... nadie ... le daba órdenes.
—Dije...
—Y yo lo oí. —Ella levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de él. No había miedo en su mirada.
Solo un propósito férreo—. Usted es mi jefe.
Es mi carcelero.
Pero anoche me hizo su guardiana.
Y no voy a dejar que mi "inversión" se muera de una septicemia porque es demasiado orgulloso para limpiarse una herida.
El silencio se estiró.
Él la estaba evaluando.
La Isabella temblorosa de Zúrich, la prisionera de ayer, se había ido.
Esta era otra persona.
Lentamente, como si le costara un esfuerzo sobrehumano, abrió el puño.
Y extendiendo la mano herida sobre su rodilla.
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Editado: 13.09.2026