La cita del divorcio

Capítulo 25: El Jaque de la Reina

"Es su madre, señor."

La voz de Hawk por el intercomunicador fue un martillo.

Isabella sintió que el poco aire que le quedaba en los pulmones se evaporaba.

Eleanor. Aquí.

Imposible.

Este lugar era la fortaleza secreta.

El nido del águila.

El lugar que "ni su madre conocía".

Una mentira.

Todo era una mentira.

Isabella miró a Alexander.

Él no estaba sorprendido.

Estaba... tranquilo.

La quietud de una cobra antes de atacar.

La furia rota de la noche anterior se había solidificado, en un instante, en un diamante de odio puro.

La traición final.

Su padre lo había negado.

Su hermano lo había provocado.

Y ahora, su madre, la única persona que él creía (o quería creer) que estaba de su lado (aunque fuera usándola a ella ), acababa de demostrar que tenía su propio ejército de espías.

Y lo habían encontrado.

Su "Jaula de Oro" acababa de ser violada.

—Dije... —gruñó Alexander al intercomunicador, su voz tan baja que apenas era un murmullo—... que nadie.

—Señor —la voz de Hawk era tensa, profesional—.

Ella trajo su propio equipo de seguridad.

señor.

Ella... ella tiene acceso de nivel 4.

No puedo detenerla básicamente sin crear un incidente .

Acceso de Nivel 4 . Isabella no sabía qué significaba, pero sonaba a que la Reina tenía las llaves de todas las puertas del castillo.

Alexander sonrió.

Fue la sonrisa. La que Isabella había visto cuando destruyó a Acero Atlas.

—Por supuesto que sí.

—Miró a Isabella.

Sus ojos eran dos pozos sin fondo—.

La Reina viene a ver el tablero.

Apretó el intercomunicador. —Deje que suba, Hawk.

Solá .

Escóltela.

—Sí, señor.

Alexander cortó la comunicación.

El ático quedó en un silencio sepulcral.

Solo el ding del ascensor anunciaba su ascenso.

—No te muevas —le ordenó él.

Isabella estaba pegada al escritorio de vidrio. Temblaba.

—Párate a mi lado.

—¿Qué?

—¡A mi lado! ¡Donde pueda verte! —Él la agarró del brazo y la arrastró los dos pasos hasta que ella estuvo pegada a su silla de CEO.

La puso allí, de pie, como un soldado. Como un trofeo.

—Ella cree que sos su espía —siseó él—. Crees que sos su peón.

Quiero que vea... a quién le pertenece el peón ahora.

El ding final.

Se abrieron las puertas de acero .

Eleanor Vance entró.

No era la mujer cálida del teléfono.

No era la mujer compasiva de la iglesia.

Esta era la Matriarca Vance.

Estaba vestida con un traje de pantalón color crema de Chanel, impecable.

Perlas en sus orejas y en su cuello.

Su cabello plateado, perfecto.

Emanaba un poder tan frío y antiguo que hacía que el poder brutal de Alexander pareciera... nuevo.

Inestable.

Los ojos de Eleanor barrieron la habitación.

Vio el caos.

Vio el vidrio roto en la alfombra de la biblioteca. Vio la mancha oscura de alcohol en la pared. Vio la botella rota.

Vio el escritorio de "guerra" en el salón.

Y entonces, los vio a los dos.

Alexander, sentado en su trono, pálido, con los ojos rojos, exudando furia.

Y a Isabella, de pie a su lado, pálida, aterrorizada, vestida con su uniforme de trabajo.

Y vio la mano de Alexander. La mano derecha. Vendada.

El rostro de Eleanor, que había sido una máscara de poder frío, se desmoronó.

El horror la golpeó.

—¡Dios mío! —Su voz fue un susurro ahogado—. ¡Alexander! ¿Qué... qué hiciste?

Ignoró a Hawk, que estaba en el umbral. Dio un paso hacia su hijo.

—¿Tu mano? ¿Fue... fue él? ¿Vino Sebastián?

Alexander se río.

El sonido roto, horrible.

-No. No fue Sebastián. Fue papá.

Eleanor se detuvo en seco.

La sangre desapareció de su rostro.

Entendió todo en un instante.

El mensaje. La furia. La herida autoinfligida.

—Oh, Alex...

—No te atrevas a usar ese tono conmigo —la cortó él—.

No después de esto.

Señaló a su alrededor. —¿Cómo lo encontraste, madre?

Eleanor recompuso su máscara.

El dolor dio paso al acero.

Era una Vance.

—tú no eres el único que tiene las llaves del reino, Alexander.

Siempre supe de este lugar.

Era la "fortaleza" de tu padre antes de que tú se la quitaras.

—Y viniste. ¿Por qué? ¿A ver si tu espía seguía viva?

Los ojos de Eleanor se dispararon hacia Isabella.

La furia de una leona apareció en su mirada.

—¡Vine a buscarla a ella !

Dio un paso hacia Isabella, rodeando el escritorio. —

¡Isa, nena! ¡Dios mío, mira lo que te hizo!

¡Tienes que venir conmigo!

—¡No te acerques a ella! —rugió Alexander, poniéndose de pie de un salto.

El movimiento fue tan violento que su silla de oficina salió disparada hacia atrás.

Se interpuso entre su madre e Isabella.

Un escudo humano, al igual que lo había hecho con Sebastián.

—¡La estás secuestrando, Alexander! ¡La estás torturando!

—¡La estoy protegiendo!

—¡¿Protegiendo?! —Eleanor se rió, una risa tan fría como la de él—. ¿Protegiendo como protegiste tu propia mano? ¡La estás usando! ¡Igual que tu padre! ¡Igual que Sebastián! ¡La están partiendo en dos!

—¡Usted empezó esto! —acusó él, su voz un sonido venenoso—. ¡Usted la puso en mi oficina! ¡Usted la usó como su peón personal para espiarme!

La cachetada resonó en el penthouse .

Eleanor lo había golpeado.

No fue una bofetada.

Fue un golpe con la mano abierta, con toda la fuerza de su cuerpo.

Isabella gritó.

Alexander ni siquiera se movió.

Solo giró la cabeza lentamente hacia su madre.

La marca roja de sus dedos brillaba en su mejilla pálida.

—...No espiaba para —dijo Eleanor, su voz temblando de una furia helada que Isabella nunca había oído—. Alexander.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.