la ciudad mortuoria

El gremio de Robert

Esa tarde, Robert bebía en la taberna mientras revisaba varios pergaminos extendidos sobre la mesa. Como de costumbre, todos eran recompensas de rango tres estrellas.

Nada glorioso.

Podía ganar algunas monedas de plata si eliminaba a la bestia que merodeaba por las noches en los campos del conde Heydegar. Otro encargo consistía en cobrar una suma considerable que un mercader debía a otro. El último hablaba de la búsqueda de un collar con piedras preciosas perteneciente a la hija del duque Farir.

Robert dio un sorbo largo a la botella y apoyó los pies sobre la mesa, observando el techo ennegrecido por el humo.

Si encuentro el collar y lo vendo por mi cuenta, pensó, ganaré mucho más que entregándolo.
La recompensa ofrecida era ridícula: apenas unas cuantas monedas de plata. No alcanzaba ni la tercera parte de lo que podía valer en el mercado correcto.

Lo desagradable sería mantenerse atento a otros cazarrecompensas mientras lograba venderlo.

Exhaló despacio, resignado.

No habrá de otra.

La música de un grupo de cinco hermanos —bardos todos ellos— llenaba el local de una energía festiva forzada. Las camareras iban y venían entre las mesas, rellenando jarras de pueblerinos y mercenarios sin descanso.

Robert observó el lugar para aclarar ideas. Siempre le había funcionado. Aquella era la única taberna que Heydegar permitía en el pueblo, y tenía que soportar el caos si quería beber ron y relajarse.

No tenía casa ni tierras propias. Dormía en una posada que prohibía el alcohol a sus huéspedes, tras demasiados incidentes en el pasado. La calle, por supuesto, no era una opción.

Ahora… ¿cuál será el primer trabajo?

Volvió a mirar los pergaminos.

El del conde le incomodaba.

Heydegar tenía guardias. Hombres armados. Arcos, lanzas, perros si hacía falta.

¿Por qué no envía a los suyos a cazar a la bestia?
Debería ser sencillo. Un cerco, un par de heridas bien dadas, y asunto resuelto.

Tenía el poder. Tenía las armas.

¿O acaso no lo ha pensado?

Negó para sí mismo.

Nadie llega a ser conde siendo tan estúpido.

Había algo extraño en ese encargo.

Y Robert había aprendido, a base de sangre y errores, que cuando algo no encajaba…
era mejor asumir que el precio no estaba escrito en el pergamino.

La mirada de Robert se deslizó, casi por inercia, hacia la mesa contigua. Tres hombres murmuraban entre sí, inclinados unos hacia otros, conteniendo risas bajas mientras dirigían miradas insistentes hacia la puerta de la taberna. No eran los únicos. En una mesa al fondo ocurría lo mismo.

La curiosidad hizo el resto.

Siguió la dirección de aquellas miradas.

Una chica acababa de entrar.

Tenía el cabello corto, castaño, y unos ojos de un amarillo ámbar que no encajaban del todo con la luz cálida del lugar. Dos espadas descansaban enfundadas en su espalda. Una capa negra cubría gran parte de su cuerpo, aunque no lo suficiente como para ocultar su figura delgada ni su andar firme.

Atractiva. Sin duda.

Robert no sintió nada.

Hacía mucho que había perdido esa atracción inmediata, ese impulso torpe que solía despertar la belleza. Además, convivía con ella casi a diario. Después de todo, era parte del gremio que él mismo había fundado.

Y había una regla clara.

Nada de relaciones dentro del grupo.

No quería conflictos sentimentales. No quería distracciones. En su cabeza solo había espacio para el oro, la plata… incluso el cobre.

Observó cómo la chica se acercaba al tabernero y hablaba con él en voz baja. El hombre levantó la vista y, como siempre, señaló en su dirección.

Momentos después, ella estaba frente a la mesa.

—Tenías que escoger la mesa más sucia, ¿verdad? —dijo, pasando un dedo por la superficie. Cuando lo levantó, estaba gris de polvo.

—Es solo una mesa.

Suspiró y se sentó frente a él. El cansancio era evidente. Había caminado durante horas.

Robert bajó los pies de la mesa y adoptó una postura apenas más educada. No demasiado.

—Ya le avisé a Klargus y a Eric. Vienen en camino. Rose me dijo que hoy no vendrá; su padre está enfermo. No abrió la herrería.
—Hizo una pausa—. ¿Hablaste con Aldred?

—Ya sabes cómo es —respondió Robert—. Solo aparece cuando le apetece. Mientras cumpla con lo que le pido, me basta.

—Entiendo.

Aixa saludó con una sonrisa a los mercenarios de la mesa vecina. Ellos respondieron de inmediato, devolviéndole sonrisas exageradas y besos lanzados al aire.

Robert frunció el ceño.

—¿Por qué juegas con ellos?

—No estoy jugando —replicó ella, sin dejar de mirar—. Solo estoy… Mira, a diferencia de ti, yo sí busco a mi amor verdadero. Y no lo encontraré si me cierro a opciones.

—No hablemos de esto —dijo Robert, llevándose la botella a los labios.

Una camarera se acercó con una botella para Aixa. Ella negó con la cabeza. No le gustaba el licor.

En la otra esquina de la taberna estalló una riña. Un hombre golpeaba a otro contra el suelo mientras gritaba algo sobre dinero robado. Dos mujeres intentaban separarlos sin éxito.

Nada fuera de lo común.

El tabernero chifló con fuerza. Dos hombres enormes, de casi dos metros, avanzaron desde la entrada. Sus rostros bastaron para detener la pelea. Arrastraron a los implicados hacia el exterior y los expulsaron sin ceremonia.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, una figura nueva ocupó el umbral.

Alta. Ancha. Familiar.

Klargus.

Por un instante, Robert pensó que uno de los guardias había regresado, pero ninguno llevaba una barba tan espesa ni el cabello largo y enmarañado, ni una capa de pelaje de lobo sobre los hombros.

Klargus habló con el tabernero. De nuevo, el dedo señaló hacia la misma mesa.

Robert suspiró.

—No entiendo por qué preguntan —pensó—. Es la misma mesa de siempre. La misma desde hace cinco años.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.