la ciudad mortuoria

El primer encuentro

Aixa desenfundó una de sus espadas y la limpió suavemente con un paño, sentada sobre una roca mientras la luna, en su punto más alto, iluminaba el campo verdoso que marcaba los límites de las tierras del conde Heydegart.

Eric observaba el bosque frente a ellos. Era como ver una línea de árboles que dividía lo visible de lo desconocido.

—Tenía que estar allá, ¿no? No podía estar en campo abierto donde podamos verla como es exactamente.

—Es una bestia, Eric, pequeño. A ellas les encantan los rincones oscuros. Además, ahí tiene alimento y refugio; aquí solo hay frío —dijo señalando el campo despejado.

Se levantó y ambos se adentraron en el espeso bosque.

Cada pisada provocaba asco en la joven guerrera. Sus botas de cuero, reforzadas con acero en la punta, se ensuciaron con el lodo fangoso que cubría algunas zonas. El aire estaba cargado de humedad y de una mezcla de olores que no lograba descifrar con claridad.

Eric miraba hacia lo alto. Entre los árboles, lianas se entrelazaban unas con otras, dando la sensación de enormes telarañas suspendidas sobre sus cabezas.

—Apuesto a que ese conde no ha tenido caminatas matutinas por aquí nunca —dijo Eric, saltando la rama de un árbol caído.

—No solo el conde. Pero aun así, aquí llegan sus cuerpos, mira —respondió ella.

Señaló la mitad superior de un cuerpo que colgaba enredado entre las lianas. Vestía ropa de campesino hecha jirones; algunos órganos quedaban expuestos bajo la luz tenue que se filtraba entre las copas.

—¿Y si mejor lo atraemos al campo? —dijo Eric, un poco nervioso.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo vamos a hacer eso?

—No lo sé… Tal vez si atamos a una persona a un palo y asamos carne, con el olor podría salir… y lo matamos. Fácil, ¿no?

—Sabes que está en lo más profundo del bosque, Eric. El mismo conde dijo que hoy raptó a cinco personas. Créeme, hambre no tiene.

—Pues sí, pero… debe haber alguna forma.

—No te preocupes. Solo quédate atrás y procura cubrir mi espalda. Si lo haces, yo misma me encargaré de lo que haya en este lugar.

—Entiendo —dijo Eric, mirando con precaución a su alrededor.

Avanzaron hasta un camino apenas visible entre los árboles. Eran tan altos y espesos que sus copas unidas bloqueaban gran parte de la luz. El ambiente se volvió más denso.

Entonces el aire cambió.

De izquierda a derecha.
Y luego otra vez.

Aixa se detuvo en seco. Eric chocó contra ella.

—Ahí está —dijo señalando una especie de caverna oscura en el interior de una enorme roca.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó, preparando su arco.

Aixa había nacido con la bendición de la diosa Astrea, madre de la magia elemental. Desde muy pequeña se centró en el viento. Lo sentía como ninguna otra persona. A veces la acariciaba; en otras desaparecía, y en otras su padre la golpeó con el mismo para enseñarle control.

Dedicó tanto tiempo a comprenderlo que aprendió a notar lo imperceptible. El cambio en la corriente no era natural. Se debía a una respiración. Una persona también respira, pero nunca a tal nivel como para alterar el flujo del aire varios metros a la redonda.

El cambio era leve. Casi invisible.

Pero estaba allí.

—Apunta con una flecha y espera. Le voy a infundir hielo.

Eric alistó una flecha apuntando hacia la caverna mientras Aixa clavaba su espada en el suelo y extendía sus manos alrededor de la punta.

“Por favor, funciona”, pensó, tratando de invocar tristeza.

Para ella era fácil manejar el viento. En su entrenamiento comprendió que los elementos estaban anclados a las emociones. El viento requería calma y lucidez; al principio fue difícil, pero aprendió a dominarlo con la respiración.

El agua, el hielo y el fuego eran distintos.

El hielo, en específico, exigía tristeza o melancolía.

Pensó en el momento en que abandonó su casa y su familia. A veces funcionaba; a veces no.

Pronto, la punta de la flecha quedó envuelta en una armadura gélida que crecía progresivamente tras un leve resplandor azul.

—Ahora voy a tomar esta piedra y vas a disparar un poco más arriba de donde la lance, ¿entiendes? —dijo con una ligera sonrisa.

Eric, con los ojos abiertos de asombro, asintió. Nunca la había visto utilizar hielo; siempre era aire.

Aixa lanzó la piedra.

Al segundo, Eric disparó.

Un fuerte rugido hizo eco dentro de la caverna.

A los pocos segundos salió arrastrándose una figura.

Los ojos de Aixa se abrieron al ver el cuerpo de un niño salir desde la oscuridad. Se quejaba entre gritos. En su pierna estaba clavada la flecha, y el hielo se extendía lentamente sobre la carne.

Su rostro quedó parcialmente iluminado por la luna.

Eric avanzó un paso, intentando socorrerlo, pero Aixa lo detuvo con el brazo.

—Espera. Hay algo extraño aquí.

—Puede ser un cambiaformas, Aixa.

—No… mira sus ojos.

Los ojos rojos, brillando en medio de la penumbra, se abrían y cerraban de forma antinatural.

Los gritos cesaron.

En su lugar se escuchó una risa doble, como si la voz de un niño se mezclara con la de un monstruo.

El cuerpo retrocedió lentamente hacia la caverna.

Después, una voz emergió desde el interior.

—Acércate.

Ambos se quedaron inmóviles.

Por experiencia sabían que un cambiaformas no podía hablar mientras se transformaba. Nunca habían escuchado algo así. Tampoco las bestias pronunciaban palabras, ni siquiera al morir.

Un crujido de huesos resonó en el interior.

La carne se rasgó.

Un estallido de aire salió disparado desde la caverna, tan fuerte que incluso Eric pudo notarlo esta vez.

—Prepárate. Va a salir de nuevo, pero será diferente —dijo Aixa, desenvainando su otra espada y colocándose en guardia.

Eric retrocedió varios pasos y preparó otra flecha.

Entonces salió expulsada con violencia una bestia cuadrúpeda, envuelta en una vorágine de polvo y saliva. Sus garras chocaron contra las dos espadas de Aixa, obligándola a retroceder varios centímetros.




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