La primera nota hizo que Elena dejara caer la taza.
No llegó a romperse.
Golpeó contra el borde del plato, derramó un hilo de té sobre el mantel y quedó inclinada de costado, como si también ella hubiese reconocido lo que acababa de sonar en la radio.
Elena no se movió.
Durante un instante creyó que se había equivocado.
A los sesenta y seis años una aprende a desconfiar de ciertas cosas: de las rodillas cuando llueve, de las promesas demasiado entusiastas, de los recuerdos que aseguran haber sucedido exactamente de una manera y, sobre todo, de las canciones escuchadas desde otra habitación.
La radio estaba encendida en el comedor.
Un aparato grande, de madera oscura, que ocupaba demasiado espacio sobre un mueble junto a la ventana. Lo había comprado años atrás porque alguien le había dicho que una casa necesitaba voces.
Elena había descubierto después que no todas.
Aquella tarde la había encendido solamente para llenar el silencio.
Buenos Aires llevaba horas bajo una llovizna fina. El agua resbalaba por los vidrios y deformaba los edificios de la vereda de enfrente. Los automóviles avanzaban sobre el pavimento mojado y, de vez en cuando, algún tranvía hacía temblar ligeramente los cristales.
Elena estaba acostumbrada a esos sonidos.
La lluvia.
Los motores.
Las bocinas.
Los pasos del vecino del piso superior.
Las voces amortiguadas detrás de las paredes.
Había aprendido a vivir rodeada de ruidos sin escuchar realmente ninguno.
Hasta que sonó aquella nota.
Después otra.
Y otra.
Elena levantó lentamente la cabeza.
—No —dijo.
La palabra apenas consiguió abandonar sus labios.
El bandoneón continuó.
Habían cambiado la introducción.
Eso fue lo primero que pensó.
Alguien había añadido cuatro compases que no estaban allí.
Violines después.
Un piano.
Demasiados instrumentos.
Demasiada elegancia.
La melodía había engordado con los años, pensó Elena. Como esas casas antiguas a las que nuevos propietarios agregaban balcones, molduras y habitaciones hasta volver imposible recordar cuál había sido su forma original.
Pero debajo de todo aquello...
estaba.
Elena apoyó una mano sobre la mesa.
La otra comenzó a temblarle.
No.
No podía ser.
Habían pasado cuarenta y cinco años.
Cuarenta y cinco.
Se obligó a contarlos.
Mil novecientos diez.
Mil novecientos cincuenta y cinco.
Cuarenta y cinco años desde aquella noche.
Cuarenta y cinco años desde la última vez que...
Cerró los ojos.
No terminó el pensamiento.
Había aprendido hacía mucho tiempo que los recuerdos se parecían a ciertas puertas: uno podía vivir perfectamente sabiendo que estaban allí siempre que no intentara abrirlas.
La radio siguió tocando.
Y entonces llegó el cuarto compás.
Elena dejó de respirar.
Lo reconoció.
No la melodía.
No la armonía.
La pausa.
Apenas una fracción de segundo.
Un silencio diminuto entre dos frases musicales que ningún intérprete habría considerado importante.
Pero ella sí.
Porque aquella pausa había sido suya.
Había aparecido una madrugada de febrero, cuando dos jóvenes discutían sobre una partitura apoyada sobre una mesa pegajosa mientras alguien apilaba sillas alrededor de ellos.
Ella había dibujado aquel silencio con lápiz.
Él había protestado.
Después lo había probado.
Y no lo habían cambiado nunca.
Elena abrió los ojos.
La taza terminó de volcarse.
El té corrió sobre el mantel.
No hizo nada por detenerlo.
Se puso de pie.
Demasiado rápido.
Tuvo que sujetarse del respaldo de la silla mientras el comedor parecía inclinarse ligeramente.
—No puede ser —murmuró.