Elena Alvear abrió los ojos antes de que terminara la música.
Permaneció inmóvil.
La habitación estaba oscura, salvo por la franja pálida que la luna dibujaba sobre el piso. Las cortinas se movían apenas frente a la ventana abierta y el calor de enero se había instalado entre las paredes con esa obstinación que tenían los veranos porteños: ni siquiera después de medianoche parecía dispuesto a marcharse.
Elena contuvo la respiración.
Nada.
Solamente el ruido de la ciudad.
Un carruaje avanzó por alguna calle cercana. Las ruedas golpearon contra el empedrado y el sonido se fue perdiendo hasta desaparecer.
Después ladró un perro.
Una voz masculina gritó algo que Elena no consiguió entender.
Más lejos, alguien rio.
Luego silencio.
Elena frunció el ceño.
Estaba segura de haberlo escuchado.
Giró la cabeza hacia el reloj de la mesa de noche.
Las agujas marcaban las dos y diecisiete.
—Otra vez —murmuró.
Apartó la sábana.
El piso estaba fresco bajo sus pies.
Caminó hasta la ventana y apoyó ambas manos sobre el marco.
Buenos Aires se extendía frente a ella en fragmentos.
Desde aquella habitación no podía verse demasiado. Los árboles del jardín ocultaban parte de la calle y las residencias vecinas levantaban sus fachadas como grandes murallas particulares. Más allá aparecían algunos tejados, chimeneas y las luces dispersas de una ciudad que se negaba a dormir por completo.
Elena inclinó ligeramente la cabeza.
Esperó.
Nada.
Estaba a punto de cerrar la ventana cuando volvió a escucharlo.
Una nota.
Larga.
Grave.
Después otra.
Elena quedó inmóvil.
No era un piano.
Tampoco un violín.
Ya lo sabía.
Lo había escuchado otras noches.
Un bandoneón.
No podía determinar de dónde provenía. A veces parecía llegar desde pocas cuadras; otras, desde algún punto imposible detrás de toda la ciudad.
Aquella noche el viento lo traía con claridad.
Elena cerró los ojos.
La melodía avanzó lentamente.
Tres notas.
Una pausa.
Cuatro más.
Después algo extraño.
El músico volvió sobre una frase y la repitió.
Elena abrió los ojos.
Otra vez.
La misma secuencia.
Y nuevamente se detuvo.
—No —susurró.
Esperó.
La frase regresó.
Elena marcó el ritmo con los dedos sobre el marco de la ventana.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
La siguiente nota llegó demasiado pronto.
Frunció el ceño.
—Te adelantaste.
Naturalmente, el desconocido no la escuchó.
Volvió a intentarlo.
Esta vez corrigió el tiempo.
Elena sonrió.
—Mejor.
La música continuó durante unos segundos.
Y entonces desapareció.
Sin final.
Sin resolución.
Simplemente dejó de sonar.
Elena permaneció junto a la ventana esperando que regresara.
No lo hizo.
—Qué manera tan desagradable de terminar una pieza.
Cerró las cortinas.
Volvió a la cama.
Pero tardó mucho en dormirse.
Porque aquella melodía incompleta seguía sonando dentro de su cabeza.
—Otra vez.
Elena retiró las manos del piano.
—Profesor...
—Otra vez, señorita Alvear.
El maestro Arístides Valcárcel no necesitaba elevar la voz para conseguir que una habitación entera se sintiera culpable.
Era un hombre pequeño, delgado y meticulosamente vestido que llevaba tantos años enseñando música a las hijas de familias acomodadas que parecía haber desarrollado una aversión personal hacia cualquier forma de espontaneidad.