El pueblo se llamaba Bruma Baja.
No aparecía en los mapas oficiales, no tenía murallas, ni torre de reloj, ni siquiera un camino decente que lo conectara con el resto del mundo. Era poco más que un puñado de casas de madera vieja rodeadas de niebla constante y colinas maltratadas por el viento.
En total vivían nueve personas.
Y ahora, un niño más.
El niño se llamaba Izan.
Izan caminaba por el sendero de tierra con una mochila tan gastada que el hilo sobresalía como heridas mal cerradas. Cada paso levantaba polvo húmedo. Sus botas no hacían juego entre sí: la derecha era más grande, heredada; la izquierda tenía una grieta en la suela, remendada con cuero.
Se detuvo al ver el cartel torcido a la entrada del pueblo.
—Bruma Baja… —leyó en voz baja—. Aquí es.
El cartel se balanceó con un crujido, como si dudara de su propia existencia.
Desde una casa cercana, una mujer salió con un balde de agua en las manos. Tenía el cabello recogido con una cinta vieja y los brazos fuertes de alguien que trabajaba más de lo que dormía.
—No solemos tener visitas —dijo sin acercarse—. Mucho menos niños.
Izan se inclinó levemente, apretando las correas de su mochila.
—No soy visita. Busco quedarme.
La mujer arqueó una ceja.
—¿Nombre?
—Izan.
—Yo soy Mara, la posadera… aunque casi nadie se queda a dormir.
Mara apoyó el balde en el suelo y lo observó de pies a cabeza. No vio armas. No vio dinero. Solo determinación cansada.
—Aquí no hay trabajo —advirtió—. Ni comercio. Ni futuro, según dicen.
Izan levantó la mirada.
—Entonces nadie lo ha intentado.
Un hombre anciano apareció apoyándose en un bastón torcido. Su espalda estaba encorvada, pero sus ojos eran afilados.
—Muchacho —dijo—, soy Eldric, el más viejo de este lugar. Hemos intentado sobrevivir, no soñar.
Izan dio un paso adelante. El polvo se levantó alrededor de su bota rota.
—Yo no tengo dinero —dijo con calma—. Pero sé trabajar. Y sé pelear… un poco.
Desde detrás de una casa, un joven de cabello revuelto soltó una risa corta.
—¿Pelear? —dijo—. Aquí lo más peligroso son los lobos del este.
—Y los bandidos ocasionales —agregó una voz grave.
El joven se acercó y se cruzó de brazos.
—Soy Tarek. Cazador. Si dices que sabes pelear, tendrás que demostrarlo.
Izan asintió sin dudar.
—Cuando quieras.
La tensión se cortó cuando una niña salió corriendo con un libro bajo el brazo. Tropezó y casi cayó, pero un hombre grande la sostuvo antes de que tocara el suelo.
—Cuidado, Lina —dijo él.
El hombre era Brom, el herrero del pueblo, aunque apenas tenía metal para trabajar. Sus manos eran enormes, llenas de cicatrices.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó.
—Un niño dice que quiere quedarse —respondió Mara—. Y que va a cambiar Bruma Baja.
Brom miró a Izan durante un largo segundo.
—Eso suena caro.
Izan sonrió apenas.
—Por eso empezaré desde abajo.
Esa noche, los nueve habitantes se reunieron alrededor de una fogata pobre, pero caliente. Estaban:
Mara, la posadera
Eldric, el anciano
Brom, el herrero
Tarek, el cazador
Lina, la niña lectora
Nessa, la curandera silenciosa
Orin, el granjero cojo
Silva, la exploradora que iba y venía
Holl, el pescador del arroyo seco
Izan se sentó frente a ellos, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas.
—No vengo a pedir caridad —dijo—. Vengo a proponer algo.
Silva inclinó la cabeza.
—Te escuchamos, niño.
Izan respiró hondo.
—Este pueblo está olvidado porque no tiene nada que ofrecer. Yo quiero convertirlo en un lugar donde los aventureros vengan… a entrenar, a descansar, a prepararse.
Tarek chasqueó la lengua.
—¿Aventureros? Aquí no hay ni misiones.
—Las habrá —respondió Izan—. Limpiaremos las colinas, aseguraremos rutas, crearemos un punto seguro. Bruma Baja será el inicio de muchas historias.
El silencio se extendió. El fuego crepitó. Una chispa saltó y se apagó en la tierra.
Eldric apoyó ambas manos en su bastón.
—¿Y tú qué ganas?
Izan levantó la mirada, firme.
—Un lugar al que pertenecer.
Brom exhaló lentamente.
—Mañana —dijo—, si quieres quedarte, empezarás ayudándome a reparar la forja.
Mara asintió.
—Y dormirás en el suelo. No gratis.
Tarek sonrió de lado.
—Y yo te llevaré a cazar. Veremos si sobrevives.
Izan cerró los puños, no por miedo, sino por emoción.
—Eso basta.
Mientras la fogata se consumía, nadie lo dijo en voz alta, pero todos lo sintieron:
Bruma Baja acababa de dar su primer paso para dejar de ser un pueblo muerto.
Y ese paso lo había dado un niño sin dinero… pero con una ambición peligrosa.