La Ciudad que Nació del Olvido Volumen 1

Capítulo 2: Manos rotas, pasos firmes

El amanecer en Bruma Baja no llegaba con luz, sino con sonido.
El viento rozando las colinas.
Las tablas viejas crujiendo.
El martillo de Brom golpeando metal frío antes de que el sol asomara.
Izan ya estaba despierto.
Se levantó del suelo de la posada, se ajustó la mochila y salió sin hacer ruido. El aire era húmedo, y cada respiración le raspaba el pecho.
—Llegas temprano —dijo una voz desde la niebla.
Tarek apareció con el arco colgado al hombro y un carcaj medio vacío.
—Si vas a aprender a cazar, no será durmiendo —continuó.
Izan asintió.
—Dijiste que me llevarías.
Tarek lo miró de arriba abajo.
—Camina detrás de mí. Pisa donde yo piso. Si haces ruido, vuelves.
No esperó respuesta.
La cacería
El bosque al este era denso. Las ramas bajas obligaban a Izan a agacharse. Tarek avanzaba en silencio, cada paso medido, cada movimiento económico.
De pronto, levantó el puño.
Alto.
Izan se congeló.
Tarek señaló el suelo: huellas frescas.
—Conejo —susurró—. Observa.
Tarek se arrodilló lentamente, tensó el arco. Izan vio cómo sus músculos se ajustaban, cómo la respiración se detenía un segundo antes de soltar la cuerda.
La flecha voló.
Un golpe seco.
Silencio.
—¿Viste? —preguntó Tarek sin mirarlo—. No es fuerza. Es paciencia.
Izan apretó los dientes.
—Enséñame.
Tarek lo miró por primera vez con seriedad.
—Primero aprende a fallar.
Le dio una lanza corta, mal balanceada.
—Inténtalo.
Izan lanzó.
Falló.
La lanza se clavó torcida en un tronco.
—Otra vez.
Falló de nuevo.
Al tercer intento, la punta rozó al animal… que escapó.
Izan respiraba agitado, frustrado.
—No lo alcancé.
Tarek se encogió de hombros.
—Hoy no comes por tu mano.
Regresaron al pueblo con una sola presa. Izan no se quejó.
La forja
Sin descanso, Brom lo esperaba.
—Si vas a quedarte —gruñó—, tus manos también trabajan.
La forja estaba en mal estado: piedras sueltas, el yunque desnivelado, herramientas oxidadas.
—Sujeta ahí —ordenó Brom.
Izan obedeció.
El martillo bajó.
Metal contra metal.
Una vibración recorrió sus brazos.
—Más firme —dijo Brom—. No tiembles.
Izan ajustó los pies, tensó el cuerpo, sostuvo.
Horas después, sus manos sangraban.
—Mañana dolerán más —dijo Brom—. Si vuelves, servirás.
Izan asintió sin soltar la herramienta.
Los días
Los días se repitieron.
Cazar con Tarek al amanecer.
Forja con Brom al mediodía.
Reparar casas con Orin por la tarde.
Escuchar historias de Eldric por la noche.
Ser curado en silencio por Nessa.
Falló muchas veces.
Se cortó.
Se cayó.
Se cansó.
Pero no se fue.
El cambio
Al quinto día, Tarek le lanzó la lanza sin aviso.
—Ahora.
Izan reaccionó por instinto.
Lanzó.
La lanza atravesó al animal limpiamente.
Silencio.
Tarek observó el cuerpo en el suelo.
—Hmpf —dijo—. No fue suerte.
Izan no sonrió. Solo respiró.
Al séptimo día, Brom lo dejó usar el martillo solo.
—Endereza —ordenó.
Izan golpeó.
Corrigió.
Volvió a golpear.
El metal obedeció.
—No está mal —admitió Brom.
Las casas
Con madera nueva y clavos reparados, Izan ayudó a Orin y Silva a reforzar techos, ampliar paredes, cerrar huecos.
Una casa se volvió dos.
Un almacén apareció.
Un cobertizo para viajeros tomó forma.
—Nunca pensamos en crecer —dijo Mara, observando.
—Por eso no crecieron —respondió Izan, sin dureza.
El pueblo
Después de varios días, Izan volvió del bosque con dos presas al hombro, caminando como si siempre lo hubiera hecho.
Los habitantes lo miraron en silencio.
Bruma Baja ya no parecía tan pequeña.
Eldric sonrió, apenas.
—Tal vez… —murmuró— este lugar sí aparezca algún día en los mapas.
Izan observó el pueblo al atardecer.
No era una ciudad.
Todavía no.
Pero ya estaba en movimiento




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.