El crecimiento no llegó con trompetas.
Llegó con ruido de martillos, tierra bajo las uñas y cansancio acumulado.
Izan despertó antes del amanecer, como ya era costumbre. El aire estaba frío y el cielo aún gris. Se colgó la mochila, tomó el plano tosco que había dibujado con carbón sobre un pedazo de madera y caminó hacia el borde oeste del pueblo.
—Aquí —dijo en voz alta—. Aquí van las nuevas casas.
Silva apareció desde la colina, bajando con pasos ágiles.
—El terreno es firme —informó—. No se inunda. Buen lugar.
Brom llegó poco después, cargando herramientas.
—Si vamos a construir más, necesitamos hacerlo bien —gruñó—. Nada de paredes flojas.
Izan asintió.
—Quiero casas para viajeros… y para los que se queden.
Más casas
La madera llegó del bosque cercano, cortada con cuidado por Tarek y arrastrada entre varios. Orin, apoyándose en su bastón, ayudó a medir y nivelar el suelo.
—Nunca pensé ver esto —murmuró—. Más casas… aquí.
Izan clavó una estaca en la tierra.
—No es “más” —corrigió—. Es el inicio.
Los movimientos eran precisos:
Brom levantaba vigas.
Izan sostenía y fijaba.
Silva reforzaba las esquinas.
Mara llevaba agua y comida.
Las paredes crecían lento, pero firmes. Cada clavo bien puesto era una promesa silenciosa.
La idea del huerto
Al tercer día, Lina se acercó a Izan con un libro abierto.
—Aquí dice que los pueblos grandes cultivan cerca de casa —dijo, señalando un dibujo—. Para no depender solo de la caza.
Izan se quedó mirando la página.
—Un huerto… —murmuró.
Esa misma tarde, reunió a todos.
—Necesitamos comida fresca —explicó—. Carne tenemos, pero no siempre. Vamos a plantar.
Nessa cruzó los brazos.
—La tierra aquí es dura.
Kael, apoyado en su bastón, intervino:
—Puedo ayudar un poco… no con demonios. Con espíritus.
Izan asintió.
—Hazlo.
El huerto
Eligieron un terreno cercano al arroyo seco. Con palas improvisadas, removieron la tierra. El sudor caía. Las manos dolían.
Kael golpeó suavemente el suelo.
—Espíritu de Gota —susurró.
La humedad penetró la tierra.
—Espíritu de Brote —añadió, con esfuerzo.
Pequeñas corrientes de energía recorrieron el suelo, no para hacer crecer plantas de golpe, sino para preparar la tierra.
—Nada de atajos —dijo Kael, jadeando—. Solo facilitar.
Plantaron semillas simples: raíces, hojas, granos resistentes.
Lina ayudó a etiquetar cada fila con madera.
—Para no olvidarnos —sonrió.
Cambio visible
Pasaron los días.
Las casas nuevas se terminaron.
Los techos ya no filtraban agua.
El huerto empezó a mostrar verde.
Mara observó los brotes una mañana.
—Hace años que no veía algo crecer aquí.
Izan se agachó y tocó la tierra.
—Si el pueblo come, el pueblo vive.
Eldric se apoyó a su lado.
—Estás haciendo algo peligroso, muchacho.
Izan alzó la vista.
—¿Qué cosa?
—Dar esperanza.
Izan sonrió apenas.
—Entonces lo haré bien.
Desde la colina, Bruma Baja ya no parecía un error del mundo.
Parecía un lugar que decidió existir.