La idea no nació de un discurso heroico.
Nació de una pregunta incómoda.
—¿Qué somos ahora?
La formuló Mara una noche, mientras contaba las raciones de comida en la posada. Había más camas, más platos… y más responsabilidad.
Izan no respondió de inmediato.
Miró por la ventana. El huerto verdeaba. Las casas nuevas resistían el viento. Kael revisaba a Orin en silencio. Tarek afilaba flechas.
—Somos un punto de paso —dijo al fin—. Pero necesitamos reglas.
El gremio
A la mañana siguiente, Izan clavó un tablón frente a la posada. Encima, con letras torcidas pero firmes, escribió:
GREMIO DE AVENTUREROS DE BRUMA BAJA
Eldric lo observó con atención.
—Eso trae problemas —advirtió—. También trae gente.
—Exacto —respondió Izan.
Reunió a todos.
—No vamos a competir con los grandes gremios —explicó—. Vamos a hacer algo distinto.
Dibujó símbolos en la tierra.
—Nuestro sistema de rangos no será por poder bruto. Será por función y disciplina.
Definió cuatro niveles simples:
Semilla: sin experiencia, en entrenamiento.
Raíz: aventureros estables, tareas locales.
Tronco: exploradores y defensores del pueblo.
Copa: líderes de escuadra, responsables de otros.
—Subes si cumples —dijo—. No si presumes.
Tarek asintió lentamente.
—Eso filtra a los inútiles… y a los arrogantes.
El gremio de trabajo
Pero Izan no se detuvo ahí.
—No todos quieren o pueden pelear —continuó—. También necesitamos manos.
Así nació el Gremio de Trabajo.
Brom gruñó, satisfecho.
—Constructores, herreros, recolectores…
—Cocineros —agregó Mara.
—Curanderos —dijo Nessa.
Kael levantó una ceja.
—Eso atraerá a gente rota.
Izan sostuvo su mirada.
—Esos son los que más trabajan.
Los días sin nadie
Pasaron varios días.
Nadie llegó.
El tablón seguía intacto.
El camino seguía vacío.
El viento seguía soplando.
—Tal vez nadie quiere un gremio sin oro —murmuró Silva.
Izan no respondió. Seguía entrenando, reparando, sembrando.
—Si nadie viene —dijo Eldric—, al menos habremos aprendido.
La caravana
El séptimo día, el polvo se levantó en el camino.
No eran comerciantes.
Eran doce personas, caminando juntas, cansadas, armadas de forma desigual. Sin emblemas. Sin colores.
Tarek contó rápido.
—Aventureros… sin rango.
La caravana se detuvo frente al pueblo. Un hombre delgado dio un paso adelante.
—Fuimos expulsados —dijo sin rodeos—. No éramos lo suficientemente fuertes. Ni especiales.
Izan avanzó.
—Aquí no pedimos eso.
El hombre frunció el ceño.
—¿Entonces qué ofreces?
Izan señaló el pueblo.
—Alojamiento. Comida. Entrenamiento. Un lugar donde mejorar sin ser desechados.
—¿Pago? —preguntó una mujer con una espada mellada.
—No oro —respondió Izan—. Pero tendrán techo, aprendizaje, y pertenencia.
Silencio tenso.
—¿Y a cambio? —preguntó otro.
—Trabajo —dijo Izan—. Disciplina. Lealtad al pueblo.
El hombre delgado miró a los suyos. Vio cansancio… y esperanza contenida.
—¿Podemos inscribirnos?
Izan asintió.
—Como Semillas.
Uno por uno, dejaron sus mochilas.
Esa noche, Bruma Baja albergó a más personas que nunca.
Eldric observó desde la sombra.
—Has creado algo peligroso, muchacho.
Izan miró el tablón del gremio.
—No. He creado un lugar donde los descartados pueden crecer.
Y eso… era exactamente lo que el mundo necesitaba menos.