Izan estaba clavando el último letrero cuando lo sintió.
No fue un sonido.
Fue instinto.
El viento cambió.
Se enderezó lentamente y llevó la mano a la visera improvisada sobre los ojos. Más allá del camino del sur, donde la tierra se volvía gris, el polvo se levantaba en líneas demasiado rectas.
—…formación —murmuró.
Dejó caer el martillo.
Los vio entonces.
Soldados.
No bandidos.
No mercenarios desordenados.
Soldados con armaduras uniformes, lanzas largas, escudos rectangulares y estandartes sin símbolo visible.
Avanzaban en bloque. Silenciosos. Preparados.
Izan no corrió.
Caminó rápido hacia el portón del muro y tocó la campana de alerta.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El sonido metálico atravesó la ciudad.
La orden
Tarek fue el primero en llegar, arco ya en mano.
—No son exploradores —dijo—. Vienen a pelear.
Brom apareció cubierto de hollín, arrastrando un escudo reforzado.
—¿Cuántos?
—Más que nosotros —respondió Izan—. Pero no vienen por saqueo.
Mara asomó desde la posada, pálida.
—¿Entonces?
Izan respiró hondo.
No gritó.
No dudó.
—Todos a posición. Ahora.
Su voz fue firme. Clara. Inapelable.
—Aventureros Raíz y Tronco, al muro.
—Semillas, retaguardia y suministros.
—Gremio de trabajo: refugio interno, cierren accesos.
—Nessa, Kael: punto médico activo.
Kael ya estaba trazando círculos en el suelo.
—No me alcanzaré para todos —advirtió.
—No lo necesitas —respondió Izan—. Solo para los que regresen vivos.
Preparativos
Las puertas se cerraron.
Las lanzas se alinearon.
Las flechas se colocaron.
Silva subió a la torre improvisada.
—Formación cerrada. Escudos adelante. No se esconden.
—Quieren intimidar —dijo Tarek.
—Entonces no retrocedan —respondió Izan.
Eldric observaba desde el interior, apoyado en su bastón.
—Este es el precio de crecer, muchacho.
Izan asintió.
—Lo sabía.
El enemigo habla
Los soldados se detuvieron a una distancia prudente.
Uno de ellos avanzó. Su armadura estaba más limpia que las demás.
—Por orden de autoridad regional —anunció—, este asentamiento no autorizado debe disolverse.
Silencio.
—Entréguense —continuó—. No habrá bajas innecesarias.
Izan dio un paso al frente, visible sobre el muro.
—Este lugar no pertenece a nadie más que a quienes viven aquí.
El soldado frunció el ceño.
—Eres un niño.
—Y tú estás frente a una ciudad —respondió Izan—. Da la vuelta.
El soldado levantó la mano.
Los escudos se ajustaron.
—Última advertencia.
Izan levantó el puño.
Detrás de él, nadie se movió.
Aventureros sin rango, trabajadores, cazadores, herreros… todos en posición.
—No dispares aún —susurró Izan—. Esperen mi señal.
El primer soldado dio un paso más.
Las lanzas bajaron.
El aire se tensó hasta doler.
Izan cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, su voz fue clara.
—Bruma Baja no retrocede.
Y en ese instante, la primera batalla de la ciudad estaba a punto de comenzar.