El sonido fue seco.
No hubo aviso.
No hubo grito.
Solo el chasquido de una cuerda tensándose y soltándose.
—¡FLECHA! —alcanzó a gritar alguien.
Demasiado tarde.
La flecha cruzó el aire como una decisión ya tomada y se clavó en el costado de Izan, justo debajo de las costillas. El impacto lo empujó hacia atrás. El mundo se le vació de aire.
Cayó de rodillas.
El dolor llegó después. Ardiente. Profundo. Real.
—¡IZAN! —gritó Mara.
—¡MÉDICO! —rugió Brom.
Los soldados no esperaron reacción.
—¡AVANCE! —ordenó su capitán.
Los escudos chocaron entre sí. El bloque comenzó a moverse.
El suelo y la sangre
Izan apoyó una mano en la tierra. Estaba tibia… y mojada.
—No… —susurró, jadeando—. Todavía no.
Kael apareció a su lado, ya trazando símbolos con manos temblorosas.
—No retires la flecha —ordenó—. Si se mueve mal, mueres.
—No… ahora… —Izan apretó los dientes—. Después.
Levantó la cabeza.
Vio a su gente.
Semillas temblando.
Raíces dudando.
Troncos esperando una orden.
Vio el muro que construyeron.
Las casas.
El huerto.
El sueño.
La orden
Izan se puso de pie.
El movimiento arrancó un grito ahogado de su garganta, pero no cayó.
Arrancó la flecha de su cuerpo de un tirón brutal. La sangre brotó.
—¡IZAN, NO! —gritó Nessa.
Izan alzó el puño, ensangrentado.
Su voz salió rota… pero clara.
—ATACAR.
El mundo explotó.
La respuesta
—¡FLECHAS! —rugió Tarek.
Las cuerdas vibraron. Una lluvia irregular, pero furiosa, cayó sobre los soldados.
—¡EMPUJEN! —bramó Brom, embistiendo con el escudo.
El muro se convirtió en trinchera.
Los aventureros sin rango gritaron, no de valentía… sino de rabia.
—¡POR EL PUEBLO!
—¡POR EL TECHO!
—¡POR NO VOLVER A SER NADIE!
Silva saltó desde la torre, clavando su lanza en un escudo enemigo y girando el cuerpo para romper la formación.
Kael gritó palabras prohibidas. Una energía oscura selló heridas al vuelo, quemando carne para salvar vidas.
—¡NO CAIGAN! —gritó—. ¡NO CAIGAN AHORA!
La promesa
Izan caminó por la muralla, presionando su herida con una mano.
Cada paso dolía.
Cada latido ardía.
Se detuvo frente al capitán enemigo, visible tras los escudos.
—Mírame —dijo, con sangre en los labios—. Míranos bien.
El capitán dudó un segundo.
—Vinieron a destruir un pueblo —continuó Izan—.
—Vinieron a borrar un lugar donde los débiles podían crecer.
Levantó la mano.
—HÁGANLOS PAGAR.
—NO POR ODIO.
—PORQUE ESTE SUEÑO NOS COSTÓ DEMASIADO.
El choque fue brutal.
Metal contra madera.
Gritos contra órdenes.
Personas contra sistema.
Y en medio del caos, una verdad quedó clara:
Bruma Baja ya no podía volver atrás.
Porque el sueño…
ya había sido defendido con sangre.