El sonido cambió primero.
Ya no era avance.
Ya no era orden.
Era retirada.
—¡Retrocedan! —gritó una voz entre los soldados.
El bloque se rompió. Los escudos se desalinearon. Uno cayó. Luego otro. La disciplina que los había traído hasta allí no resistió la furia organizada de un pueblo que no tenía a dónde huir.
—¡Se repliegan! —gritó Silva desde la torre—. ¡Están retrocediendo!
Las flechas dejaron de caer.
Los soldados comenzaron a dar pasos atrás, arrastrando heridos, cubriéndose unos a otros. No era huida caótica… pero sí derrota.
Tarek bajó el arco lentamente.
—No pueden contra todos —dijo—. No hoy.
El gesto
Izan seguía de pie.
La sangre había empapado su ropa. Cada respiración le quemaba el pecho. El mundo se le estrechaba en los bordes de la vista.
Pero vio algo importante.
Los soldados se iban.
Se enderezó con el último resto de fuerza que tenía.
Levantó el puño.
No gritó.
No sonrió.
Solo levantó el puño.
Durante un segundo eterno, el pueblo guardó silencio.
Y entonces…
—¡GANAMOS!
—¡SE VAN!
—¡BRUMA BAJA SIGUE EN PIE!
El sonido explotó detrás de él.
Izan dio un paso…
y otro…
Y cayó.
El suelo
El impacto fue sordo.
—¡IZAN! —gritó Mara, corriendo.
—¡APÁRTENSE! —ordenó Kael, arrodillándose a su lado.
Nessa ya estaba allí, presionando la herida con manos firmes.
—Sigue respirando —le dijo a Izan—. No te duermas.
Izan apenas abrió los ojos.
—¿…ganamos?
Kael apretó los dientes.
—Sí, maldito niño. Ganaste.
Izan dejó escapar una exhalación temblorosa.
—Entonces… valió la pena.
Los prisioneros
No todos los soldados lograron retirarse.
Cuatro quedaron atrás.
Heridos. Desarmados. Rodeados.
Brom los desarmó sin decir palabra. Tarek les quitó las armaduras y las apiló lejos.
—¿Los matamos? —preguntó uno de los aventureros sin rango, con voz tensa.
Eldric negó con la cabeza.
—No somos eso.
Izan, desde el suelo, habló con un hilo de voz:
—No… muertos no.
—Pero tampoco libres.
Los llevaron a una cueva pequeña, natural, cercana a la colina. No profunda, pero cerrada. Les quitaron armas, armaduras, símbolos.
La entrada fue sellada con una reja improvisada.
—No verán la luz del sol —dijo Izan—.
—No hasta que sepamos por qué vinieron.
Uno de los soldados levantó la mirada, tembloroso.
—¿Qué eres tú…?
Izan lo miró desde la camilla improvisada.
—Alguien que aprendió hoy —respondió— que los sueños se defienden… o se pierden.
Después de la batalla
La noche cayó sobre una ciudad herida.
Había sangre en el suelo.
Heridos en las camas.
Silencio cansado en cada rincón.
Pero el muro seguía en pie.
Y el pueblo… también.
Eldric se sentó junto a Izan.
—Hoy dejaste de ser solo el que construye.
Izan cerró los ojos, agotado.
—Lo sé.
—Hoy te mirarán distinto.
—Que lo hagan —susurró—. Mientras sigan creyendo en esto.
La pequeña ciudad de Bruma Baja había ganado su primera batalla.
Pero había perdido su inocencia.
Y el mundo…
ya sabía que existía.