La Ciudad que Nació del Olvido Volumen 1

Capítulo 11: Mandar sin levantarse

Izan no despertó una sola vez.
Despertó muchas.
A ratos con fiebre.
A ratos con dolor seco.
A ratos con voces que se mezclaban con recuerdos.
La herida tardó días en cerrar del todo. La magia de Kael evitó que muriera, pero no lo convirtió en algo intacto. El cuerpo exigía reposo. La mente, no.
—No puede levantarse —dijo Nessa por tercera vez ese día.
Izan abrió un ojo.
—No necesito levantarme.
Estaba recostado en una cama improvisada dentro de la posada, el pecho vendado, el brazo débil. A su alrededor, el pueblo seguía moviéndose.
Y él seguía dirigiéndolo.
Órdenes desde la cama
—El muro del sur… —dijo con voz baja— refuércenlo primero. Es por donde vinieron.
Brom asintió.
—¿Y las casas externas?
—Siguen —respondió Izan—. No frenen el crecimiento por miedo.
Silva se inclinó sobre el mapa.
—Los exploradores quieren salir otra vez.
—Rangos Raíz solamente —ordenó—. Nada de héroes.
Mara cruzó los brazos.
—La comida alcanza, pero si llega más gente…
—Amplíen el huerto —dijo—. Y empiecen a guardar semillas. No sabemos cuánto durará la calma.
Kael observaba en silencio.
—Mandas mejor herido que muchos sanos —comentó.
Izan no respondió. Cerró los ojos un segundo.
No dormía.
Pensaba.
El silencio incómodo
Los soldados prisioneros seguían en la cueva.
Comían.
Bebían.
Esperaban.
Nadie les hablaba.
Ese silencio era intencional.
—No preguntan —informó Tarek—. Eso es malo.
Izan abrió los ojos.
—Eso significa que esperan órdenes… de alguien más.
Se incorporó apenas lo suficiente para respirar mejor.
—Es hora de hablar.
La orden
—Lleven a uno —dijo—. Solo uno.
—¿Cuál? —preguntó Brom.
—El que menos mire al suelo.
Horas después, un soldado fue llevado a una habitación separada. Sin armadura. Sin símbolos. Con los ojos cansados.
Izan pidió que todos salieran.
—Déjenos solos.
Nessa dudó.
—Aún estás débil.
—Justo por eso —respondió.
La puerta se cerró.
La conversación
El soldado habló primero.
—¿Me vas a matar?
Izan negó despacio.
—Si quisiera hacerlo, ya estarías muerto.
Silencio.
—¿Por qué vinieron? —preguntó Izan.
—Órdenes.
—¿De quién?
El soldado apretó la mandíbula.
—No es un nombre pequeño.
Izan lo observó con calma.
—Entonces tampoco es un problema pequeño.
Se inclinó apenas hacia adelante. El gesto le arrancó una mueca de dolor, pero no retrocedió.
—Escucha bien —dijo—. Este lugar no va a desaparecer.
—Si vuelven, no habrá advertencias.
—Así que dime ahora… y ahorra sangre después.
El soldado tragó saliva.
—No somos los únicos —admitió—. Hay lugares que no quieren ciudades fuera de su control.
—Gremios grandes. Autoridades. Gente que cobra por existir.
Izan cerró los ojos.
—Lo suponía.
—Te están observando —continuó el soldado—. Ya antes del ataque.
Izan volvió a mirarlo.
—¿Y tú?
—Yo solo seguí órdenes.
Izan respiró hondo.
—Eso no te absuelve. Pero te mantiene vivo.
Se recostó de nuevo.
—Mañana hablaré con los otros —dijo—. Uno por uno.
El soldado frunció el ceño.
—¿Por qué tomarte el tiempo?
Izan respondió sin dudar.
—Porque los imperios se derrotan entendiendo cómo piensan…
—no solo rompiendo lanzas.
Después
Esa noche, el pueblo dormía inquieto.
Izan no.
Miraba el techo.
Ya no pensaba solo en Bruma Baja.
Pensaba en quién vendría después.
Y en qué tendría que convertirse…
para proteger lo que había creado.




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