La herida cerró…
pero el cuerpo tardó más.
Izan volvió a caminar despacio, con pasos medidos, apoyándose primero en la pared, luego en un bastón improvisado. Cada avance era observado en silencio. Nadie lo apuraba.
—No finjas fuerza —le dijo Nessa—. Ya probaste suficiente.
—No la finjo —respondió Izan—. La reconstruyo.
El banquete
La noche que volvió a caminar sin ayuda, Mara no pidió permiso.
Encendieron fogatas.
Sacaron todo lo que había.
Carne, pan, raíces del huerto, bebida fermentada.
No era lujo.
Era celebración.
—¡A la mesa! —gritó alguien.
Izan se sentó al centro, incómodo. No estaba acostumbrado a eso.
Brom alzó su jarra.
—No brindamos por la victoria —dijo—. Brindamos porque seguimos vivos… y juntos.
Las jarras chocaron.
Las risas aparecieron, tímidas al principio, luego reales. Lina corría entre mesas. Tarek contaba exageraciones de la batalla. Kael observaba en silencio, con una sonrisa cansada.
Izan no habló mucho.
Miraba.
Recordaba.
El rumor
Los días siguientes, el camino volvió a llenarse.
No de mercaderes.
No de nobles.
De gente descartada.
Aventureros sin talento especial.
Magos fallidos.
Exploradores mediocres.
—¿Aquí aceptan a cualquiera? —preguntó uno.
—No —respondió Izan—. A cualquiera no.
—Aceptamos a quien esté dispuesto a trabajar.
Se quedaron.
Luego llegaron otros.
Soldados desterrados.
No llevaban estandartes. Sus armaduras estaban incompletas. Sus espadas, gastadas.
Uno de ellos dio un paso al frente, se arrodilló y clavó su espada en el suelo.
—Fuimos expulsados por no ser lo bastante fuertes —dijo—.
—Si este lugar acepta a los que no brillan…
—entonces entregamos nuestras armas a tu sueño.
Silencio absoluto.
Izan se acercó lentamente.
—No me entreguen sus espadas —dijo—.
—Úsenlas aquí.
Los soldados se pusieron de pie.
No como subordinados.
Como aliados.
La decisión
No fue idea de Izan.
Fue de Eldric.
—Esto ya no puede sostenerse sin una figura clara —dijo—.
—No un símbolo. Un responsable.
Reunieron a todos.
Aventureros.
Trabajadores.
Curanderos.
Soldados desterrados.
Habitantes originales.
—No por aclamación —continuó Eldric—.
—Por decisión.
Uno a uno, hablaron.
—Porque nos dio techo.
—Porque no nos pidió ser excepcionales.
—Porque sangró primero.
—Porque nunca huyó.
Cuando llegó el momento de votar, nadie levantó la voz.
Levantaron la mano.
Todas.
Izan permaneció en silencio largo rato.
—No prometo gloria —dijo al fin—.
—No prometo oro.
—Prometo trabajo duro… y enemigos.
Nadie bajó la mano.
Izan cerró los ojos.
—Entonces acepto —dijo—.
—Pero este sueño ya no es mío.
Miró el pueblo.
—Es de todos.
El cambio
Esa noche, Bruma Baja dejó de ser solo una ciudad en formación.
Tenía:
liderazgo legítimo,
gente que venía por elección,
y una reputación peligrosa.
Un lugar donde los débiles no eran desechados.
Desde la colina, Izan observó las luces.
Ya no era el niño sin dinero.
Era el líder de algo que el mundo
no estaba preparado para aceptar.
Y lo sabía.