I. El Orden Destruido y la Voz de la Amenaza.
La noche era fría y tranquila, justo como le gustaba a Alex Lizt. El contador metódico disfrutaba de sus carreras nocturnas en la periferia, donde el único sonido era el golpeteo rítmico de sus zapatillas contra el asfalto. Era su burbuja, su santuario contra el desorden y el ruido de la ciudad que tanto detestaba.
La paz se hizo añicos con un jadeo pesado y desacompasado detrás de él.
Alex, con su mente analítica activada, evaluó el sonido. No era un corredor; era un esfuerzo irregular, impulsado por la desesperación, o algo peor. Intentó acelerar, manteniendo su paso lo más suave posible, esperando que fuera una falsa alarma.
Entonces, la voz, grave y áspera, rasgó el silencio.
—¡Quieto ahí! —El grito vino de cerca, demasiado cerca.
Alex sintió un escalofrío que no era del frío. Giró la cabeza justo a tiempo para ver el reflejo: una figura grande, una sombra, y el brillo inconfundible de metal. Un cuchillo de cocina o de caza, largo y cruel.
El miedo puro se mezcló con una oleada de rabia. La rabia de ver su santuario invadido por la violencia, por el caos que siempre había evitado. El ladrón no solo quería su billetera; quería su tranquilidad.
—¡Corre, corre! —siseó el hombre detrás, su respiración se hacía más fuerte—. ¡Te juro que te rajo si no te detienes! ¡Es la cartera o es la sangre!
Alex no respondió. No había negociación posible. Su instinto, pulido por años de evitar el riesgo, le gritó: A toda velocidad, lejos de aquí. Dejó la acera y se metió en un parque, el sonido de las ramas secas bajo sus pies rompiendo la noche.
—¡No seas estúpido! ¡Nadie te va a ayudar aquí! —La voz del ladrón resonaba, burlona, ahora más cerca.
Alex sintió la presión. Estaba perdiendo terreno. Su cuerpo no estaba entrenado para una carrera de supervivencia, sino para una rutina de resistencia. Regresó al asfalto, sintiendo cómo sus pulmones le ardían.
II. La Promesa Rota y la Erupción del Caos
Corría por una calle de servicio desierta, bordeada por altos muros. Estaba atrapado. Desesperado, miró hacia adelante y vio el espectáculo de luces: la Autopista. La cicatriz ruidosa de la ciudad, un río de velocidad y motores que Alex había evitado durante años.
Pero en ese momento, se convirtió en una opción. El caos externo era menos temible que el cuchillo a sus espaldas.
—¡No te atrevas! —El grito del ladrón se transformó en un aullido de furia absoluta. —¡Para! ¡Ahora sí que va a correr sangre!
Alex sintió que el hombre se abalanzaba. Fue un impulso animal. Se desvió bruscamente hacia la luz y el sonido de los motores. El rugido de la Autopista se hizo ensordecedor, una avalancha de sonido que tragaba los gritos y la respiración de ambos.
Alex saltó una valla baja de contención. Estaba de pie en el arcén, frente a seis carriles de tráfico furioso. Los faros venían a toda velocidad, un muro blanco de luz.
—¡No! ¡No hagas esa mierda! —El ladrón se detuvo en la valla, su voz ahora cambiada, no por ira, sino por un horror breve y genuino—. ¡Estás loco! ¡Te matará!
El contador evaluó el riesgo en un instante de lucidez frenética: el cuchillo a la espalda era una certeza; la autopista, una probabilidad de escape. Alex no quería la muerte, pero ante la certeza de ser acuchillado en la oscuridad, la autopista le ofrecía un final rápido, o una libertad inmediata.
III. El Contador Final
Alex tomó una bocanada de aire viciado por el humo de los tubos de escape. Lanzó un último vistazo al ladrón, que ahora estaba congelado, la mano aún agarrando el cuchillo, su rostro una mueca de terror.
Alex tomó la decisión de su vida. Y de su muerte.
Dio el salto.
Un sonido de bocina, largo, brutal y agudo, lo consumió.
El impacto. No fue dolor, fue una anulación violenta. Un golpe seco, terrible y metálico que resonó en el cráneo de Alex. Vio el camión, una masa borrosa y rápida.
El mundo se hizo ingrávido. Alex flotó por un segundo que pareció una hora. Vio, como en una fotografía, al ladrón detrás de la valla, su rostro congelado en una expresión de pánico y culpa. Y vio la velocidad indiferente del mundo pasar bajo él.
Luego, el mundo se convirtió en un borrón de luces y un frío penetrante. Un frío que cortaba más que cualquier cuchillo. El último pensamiento de Alex, mientras su cuerpo caía sin control, fue irónico y fugaz: Al final, el ruido... me ha llevado.
Y después, el vacío. Pero no era negro. Era un vacío que olía a metal caliente y azufre. Un vacío que presionaba. El frío dio paso a un calor espeso y húmedo.
El silencio terminó. Y el rugido monocorde y constante de una máquina gigante lo absorbió por completo. Alex Lizt había cambiado el asfalto por la ceniza, y la persecución de un hombre por la condena eterna.