La Ciudadela De Ceniza

Capítulo 2: El Ruido Que Quedó

​I. El Orden de la Condena.

​El silencio, tan anhelado en la vida, había durado menos que un parpadeo.

​Alex Lizt impactó, no sobre el duro suelo, sino sobre una capa espesa de ceniza tibia y húmeda que olía a soldadura antigua y combustible quemado. Su cuerpo, aunque aparentemente indemne, se sentía ajeno y pesado, como si la gravedad lo estuviera presionando con una fuerza diez veces superior. El golpe final no había sido la carretera, sino este lugar.

​Abrió los ojos. Arriba, no había cielo, sino una tapa abovedada de óxido y plomo que filtraba un resplandor rojizo y enfermizo. La luz no iluminaba; solo revelaba la podredumbre.

​Lo peor era el sonido. El murmullo monocorde que había sentido en su transición ahora era un rugido ambiental y omnipresente: el sonido de engranajes gigantescos, cadenas arrastrándose, y un burbujeo profundo y metálico que sonaba como sangre hirviendo. Era el bullicio caótico y amplificado que Alex había huido toda su vida, pero aquí era ordenado, era la sinfonía eterna de la miseria.

​—La bienvenida oficial a tu nueva cuenta, Lizt. —La voz era seca y desapasionada, como la de un inversor insatisfecho.

​Marcus, vestido con harapos que aún conservaban la forma de un traje de tres mil dólares, estaba apoyado en una viga oxidada. Parecía aburrido, solo eso. No había cuernos, tridentes, ni la teatralidad que Alex había esperado de la condenación.

​—¿Dónde... dónde estoy? —preguntó Alex, y su propia voz sonó rasposa y débil en el estruendo.

​—Estás en la Ciudadela de Ceniza. Una de las sucursales del Infierno. —Marcus se enderezó, limpiándose el polvo de las solapas con un gesto obsesivo—. Fui CEO de una corporación que arruinó la vida de miles. Estoy aquí por ineficiencia moral. Y tú, contador, estás aquí por un error de cálculo fatal en una autopista. Es lógico.

​Alex intentó procesar la información, su mente de contador luchando por catalogar el surrealismo. —¿Un error de cálculo? ¿Y qué hace uno aquí? ¿Cual es el... el proceso?

​Marcus sonrió, una mueca seca. —El Infierno no es un castigo, Alex. Es una fábrica. Aquí se procesa la desesperación. Nosotros somos el combustible. Pero tú y yo, tenemos la oportunidad de no ser consumidos. Eres metódico, eso te servirá.

​Marcus se acercó y bajó la voz, aunque era inútil contra el estruendo. —Hay un mito. Un Túnel de la Liberación que, supuestamente, lleva a alguna otra parte. Pero está sellado. La única forma de "mapearlo" es con fragmentos de la esperanza rota de aquellos que fueron grandes en vida. Los famosos.

​—¿Famosos? ¿Por qué ellos?

​—Porque su vanidad era tan vasta en la Tierra, que aquí son grandes reservas de energía psíquica. Sus castigos son vitales para el motor de la Ciudadela. Cada uno atesora una mentira. La destrucción precisa de esa mentira es la única moneda de intercambio. La crueldad fina. Es la única forma de obtener las piezas del mapa.

​Alex sintió un nudo en el estómago. —Tengo que... ¿destruir a otras almas para salvar la mía?

​—Tienes que robarles su última ilusión. La vida te hizo un contador. El Infierno te hará un ladrón de esperanzas. Ahora, concéntrate.

​II. Los Capataces y el Espejismo.

​Marcus condujo a Alex a través de un pasillo laberíntico de tuberías de plomo que goteaban un líquido viscoso y caliente. El olor a azufre se intensificó.

​—Los Capataces. —Marcus señaló un bulto en la penumbra.

​El vigilante no era un demonio, sino una figura de unos dos metros, hecha de placas de hierro corroído y ceniza compactada. Se movía con la lentitud y el estruendo de un tractor. Sus ojos, dos rendijas estrechas e incandescentes, nunca miraban a Alex, solo a las estructuras. Tenía una tablilla de pizarra y una aguja en la mano.

​—Ellos no persiguen. Miden. —explicó Marcus—. Su única función es registrar la cuota de agonía. Si interfieres con un castigo, o intentas ser compasivo, te castigarán por interrupción de la cadena de miseria. La crueldad no solo es la llave, Alex, es tu camuflaje.

​Llegaron a un umbral. El ruido se hizo más agudo.

​—Nuestra primera parada: El Distrito del Espejismo. La diva. Isabelle. —Marcus empujó una puerta doble de plomo.

​La habitación era una cueva artificial con un fuerte olor a perfume rancio. Una única luz roja iluminaba un pequeño podio. Isabelle, la famosa cantante de ópera, estaba allí, perfectamente vestida, pero con su rostro marcado por la desesperación. Cantaba, pero su voz era un chillido metálico distorsionado, el sonido de una sierra circular oxidada. Su castigo era la negación de su arte. A su cuello, un collar de oro burdamente grande brillaba con un calor malsano.

​En una esquina, el Autómata Capataz del Espejismo estaba quieto, su aguja raspando la tablilla con el ritmo del chirrido.

​—Ella atesora la ilusión de la fama eterna. —siseó Marcus—. Necesitas el collar. Lo que está dentro es el primer fragmento del mapa. Ve.

​III. La Moneda de la Traición.

​Alex respiró hondo. Intentó recordar el miedo del ladrón, el impulso de supervivencia. Él, un hombre que evitaba los conflictos con Hacienda, ahora estaba a punto de cometer un crimen espiritual.

​Se acercó al podio, su sombra proyectándose en los espejos que reflejaban la decrepitud de Isabelle.

​—¡Por favor! ¡Acércate! —gritó Isabelle sobre su propio sonido torturado—. ¿Vienes de la Tierra? Diles que mi voz es un regalo. Que me recuerdan. ¡Dime que hay una estatua mía en Milán!

​Alex notó que el Capataz se movía ligeramente, registrando la interrupción. La hora de la verdad.

​—Sí, Isabelle. Vengo de la Tierra. Y sí, te recuerdo. —La mentira le quemó la garganta, pero la dijo con la precisión de un informe financiero—. Pero no por tu arte.

​El canto de Isabelle se detuvo. El silencio fue instantáneo, abrumador. El Autómata detuvo su raspado.

​—¿Entonces por qué? —Su voz era un susurro patético, despojado de diva.




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