La Ciudadela De Ceniza

Capítulo 3: La Confesión Inútil

I. Acto de la Travesía: El Distrito de la Deuda
La ceniza y el silencio culpable fueron los primeros compañeros de Alex. Después de la implosión de Isabelle, Marcus lo guio lejos del Distrito del Espejismo. El fragmento de obsidiana en su bolsillo (el Arco de la Vanidad Rota) palpitaba con un calor bajo y constante, un recordatorio físico de su primer acto de traición. El sonido ambiente de la Ciudadela seguía siendo el mismo rugido monocorde, pero ahora Alex lo escuchaba de forma diferente; ya no era solo ruido, era el ritmo de su propia corrupción.
—El primer robo es el más difícil, contador —dijo Marcus, su voz indiferente—. Ya no vomitas. Eso es progreso.
—Ella solo quería que la recordaran —murmuró Alex, mirando sus manos, sintiendo el residuo de la ceniza pegajosa—. No fue necesario.
—Fue necesario para ti. —Marcus se detuvo en una pasarela elevada, hecha de rejillas metálicas que temblaban bajo el estruendo de la maquinaria inferior—. Mira.
Habían llegado al Distrito de los Promotores de la Deuda. A diferencia de las salas pulcras del Espejismo, este era un laberinto de altos hornos humeantes y conductos masivos que arrojaban bocanadas de vapor caliente. El aire olía a cobre oxidado y, extrañamente, a papel mojado y moho. Era el aroma de la burocracia podrida.
—Esta es la zona de los que vivieron de la manipulación financiera y del poder político —explicó Marcus, señalando hacia abajo—. Su castigo es la futilidad. Aquí, todo el trabajo que hicieron en vida sigue, pero ya no tiene sentido.
Los capataces aquí eran diferentes: más lentos, más grandes, con cuerpos hechos de placas de plomo y alambres de cobre enrollados. En lugar de tablillas, llevaban consigo balanzas de precisión, midiendo el peso de las monedas de ceniza que caían de los conductos. Eran los auditores de la miseria.
—La siguiente coordenada: El Senador. Un hombre que se vendió a los grupos de presión y dejó morir de hambre a su propio pueblo natal. Su nombre era Víctor, pero su pueblo lo recuerda, o eso cree él, como un "héroe del progreso".
—¿Y qué atesora él?
—La ilusión del legado. Él cree que su fortuna y su poder aún le dan relevancia, incluso aquí. Que alguien, al menos su familia, lo recuerda con orgullo. Necesitas la Moneda de la Promesa Rota. Y para obtenerla, debes forzarlo a confesar que su vida de poder no fue más que un chiste inútil. Tienes que matarlo con el anonimato absoluto.
II. Acto de la Condena: La Miseria del Héroe.
Marcus condujo a Alex a una sección de la fundición. Víctor no estaba en una celda, sino en el centro de un engranaje colosal que giraba lentamente, transportando brasas y ceniza. El político estaba atado a una rueda de madera que lo obligaba a balancearse sobre el fuego. Estaba vestido con un traje andrajoso y sucio que recordaba vagamente la vestimenta de un cargo público.
Su castigo era la impotencia activa: con cada giro de la rueda, debía sujetar un martillo y golpear un yunque. El golpe emitía un sonido metálico sordo y vacío. A su alrededor, otros condenados (ex-banqueros y lobistas) estaban obligados a contar y recontar montañas de monedas de ceniza que se desintegraban al tocarlas.
—¡Es inútil! ¡Inútil! —gritaba Víctor, con el sudor y el humo cubriendo su rostro hinchado—. ¡El trabajo no avanza! ¡Este metal no se funde!
En su pecho, atado con cadenas de cobre, colgaba un medallón de plata grabado con el sello de un pueblo pequeño. La Moneda de la Promesa Rota.
Alex se acercó, protegidos por el ensordecedor golpe de los martillos y el vapor. El capataz auditor, con sus ojos de plomo, estaba cerca, pesando una pila de ceniza en su balanza.
—Senador Víctor —dijo Alex, su voz forzadamente clara.
Víctor dejó caer el martillo, sorprendido. Sus ojos brillaron con un destello de la vieja arrogancia. —¡Un recién llegado! Por fin alguien con inteligencia. ¡Tú debes ser alguien importante! Escúchame, joven. Soy el Senador Víctor. Necesito que me ayudes. ¡Dile a los demonios que soy vital! ¡Que tengo contactos!
—Sé quién es usted —dijo Alex, pisando sobre las monedas de ceniza que crujían—. Usted está aquí por fraude masivo. Y por dejar a su pueblo sin fondos.
El rostro del senador se contrajo. —¡Calumnias! Hice cosas difíciles, sí, pero fue por el bien mayor. ¡Mi pueblo me recuerda como un héroe! ¡Ellos saben que sacrifiqué mi honor por su progreso! ¡Mi esposa, mis hijos! ¡Ellos aún creen en mí!
Aquí estaba la ilusión. El escudo del legado. Alex debía destruirlo. El contador en él buscó la debilidad, el punto de quiebre.
—Senador, yo era un contador. Sé de números. Y sé de inutilidad. —Alex sintió el frío cinismo de Marcus filtrándose en su voz—. Su pueblo está en ruinas. No lo recuerdan. Lo odian. Pero ese no es el punto.
Alex se acercó lo más que las cadenas permitían. —Usted usó su fortuna para proteger a su familia de las consecuencias de sus actos. ¿Verdad? Les dio una vida de lujo, una mansión.
—Sí... ¡para mantenerlos a salvo! ¡Ese fue mi legado real! —gimió Víctor, suplicante.
—No. Su mansión fue incautada. Su esposa murió sola, por causas naturales, sin un centavo para un entierro digno, porque usted la dejó sin acceso a sus cuentas para evadir la justicia. Sus hijos lo odian porque la gente en la calle les escupe. Su fortuna y su poder no sirvieron absolutamente para nada. Ni siquiera para salvar una sola vida, ni para comprar un recuerdo decente.
El senador se quedó sin aire. La maquinaria a su alrededor pareció detenerse por el impacto. Su rostro, que había sido arrogante y luego suplicante, se vació por completo. La verdad era que había vendido su alma por un poder inútil.
—No... no puede ser —susurró Víctor, el martillo cayendo de su mano y golpeando el yunque con un sonido débil y hueco—. Fui inútil. Todo fue inútil.
El medallón en su pecho no se pulverizó como el collar de Isabelle. En su lugar, el grabado del sello del pueblo se fundió y chorreó por la plata, dejando solo una superficie lisa y oscura. Se había convertido en la Moneda de la Confesión.
III. Acto de la Repercusión: El Peso de la Obsidiana.
Alex desató la cadena y tomó el medallón. Era más pesado y frío que el fragmento de Isabelle. Una nueva runa, más compleja y angular, brillaba en la superficie lisa. El Arcano de la Futilidad.
Justo en ese momento, el Capataz auditor se acercó a Alex. El contador se congeló, esperando el castigo. Pero el autómata no lo tocó. En su lugar, dirigió sus ojos de plomo hacia el senador Víctor, que ahora no gritaba, sino que estaba en un mutismo catatónico, su castigo amplificado al grado máximo.
El Autómata raspó su balanza y sus agujas hicieron un sonido de ajuste. Era el Infierno registrando un nuevo nivel de eficiencia. Alex había cumplido la cuota de agonía.
—Lo has hecho de nuevo, Lizt —dijo Marcus, apareciendo en un conducto lateral. Se veía impresionado, casi asqueado—. Eres más cruel que yo. Yo solo arruiné vidas con números. Tú destruyes la razón de la vida con palabras.
Alex sintió un nuevo escalofrío. El remordimiento era menos intenso esta vez. En su lugar, había un cálculo frío. Su mente metódica estaba adaptándose. Dos fragmentos, dos almas destruidas. La supervivencia requería la crueldad.
—¿A dónde nos lleva esto? —preguntó Alex, ignorando el juicio de Marcus.
Marcus tocó el nuevo fragmento. —Esto te lleva al Distrito de los Filósofos Olvidados. Un lugar de libros rotos y tinta de sangre. Necesitamos a un escritor famoso que vendió su alma por la gloria literaria. Él atesora la ilusión de su inmortalidad artística.
—¿Y la moneda?
—La moneda es el mismo metal de la traición, pero más fino. Tienes que convencerlo de que todo su legado literario se ha convertido en la herramienta de una ideología que él odiaba, y que su arte ha sido desfigurado por completo. Tienes que robarle el significado. Y será más difícil. Los artistas tienen más de qué aferrarse.
Alex miró los dos fragmentos de obsidiana en su mano: el de la vanidad y el de la futilidad. Se estaban volviendo adictivos. La carrera por la supervivencia continuaba, y cada paso lo hacía más parecido a la maquinaria siniestra que deseaba escapar. Se ajustó las zapatillas y asintió.
—Vamos.




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