Era un día caluroso. La vieja estanciera celeste de papá hacía un chirrido insoportable, y el calor en la parte trasera era sofocante. Pedirle permiso para bajar la ventanilla solo iba a provocar que se enojara de nuevo, así que hice lo de siempre: cerrar los ojos y repetir la frase que me ayudaba a soportar los peores momentos de mi vida: “Esto también va a pasar”.
Me imaginaba adulto, lejos de todo aquello. Tal vez con una novia o con amigos. Siempre me pregunté qué se sentiría tenerlos: alguien de mi edad con quien hablar o jugar a algo.
—Ey, ve preparándote. Ya casi llegamos. Baja mis cosas y ponlas dentro de la casa. Tus cosas déjalas aquí. Dormirás en la estanciera hasta que pueda construir otro cuarto.
—Sí, padre…
La casa que mi padre había comprado con la venta de la pequeña chacra olía a fruta podrida. “La casa” era apenas un intento de cabaña, mal construida y demasiado pequeña. La idea de dormir en la estanciera ya no me parecía tan mala.
El terreno era rocoso y seco, iba a necesitar mucho trabajo para la huerta. Lo peor eran los árboles: casi todo estaba cubierto por una especie llamada morera de papel. Su fruto, de aspecto desagradable, crecía con la pulpa expuesta y se pudría a los pocos días, cayendo al suelo y llenando el aire de un olor nauseabundo.
—Iré a dormir un poco. No me molestes. Comienza a limpiar el terreno. Hay herramientas detrás de la casa.
Asentí con la cabeza y me dirigí hacia la parte trasera. Fue allí cuando la vi por primera vez. Era mi madre, con una sonrisa en el rostro y los brazos extendidos, invitándome a abrazarla. La sorpresa fue tan grande que ni siquiera pensé en que llevaba cinco años muerta. Corrí hacia ella sin dudarlo.
—¡Detente!
La imagen de mi madre se desvaneció y, en su lugar, apareció un agujero de varios metros de profundidad en el suelo.
—¿Viste algo, verdad? Debes tener cuidado. Este pueblo está maldito… Soy Laura, tu vecina.