Esa noche me costó conciliar el sueño. La cama, húmeda y con un tenue olor a moho, ofrecía un descanso más digno que los asientos del auto, pero no lograba apaciguar la inquietud que me consumía. No era la incomodidad lo que me mantenía despierto, sino una sensación de peligro invisible, como si algo acechara en la penumbra.
Fue entonces cuando recordé el pequeño cubo que Thomas había encontrado entre los restos de la estanciera. Lo saqué del bolsillo y lo observé bajo la luz mortecina de la luna que se filtraba por la ventana. Era un objeto extraño: un cubo plateado de apenas tres centímetros, tan perfecto que parecía imposible. Su superficie no reflejaba ni brillo ni sombra, tampoco sentí que tuviera peso o temperatura. Era como sostener la nada.
¿Por qué Thomas, el tío de laura. pensó que me pertenecía? No era un adorno ni una pieza reconocible. Solo un insignificante cubo...
—En la humilde quietud de lo insignificante, a menudo se oculta una fuerza capaz de trastocar destinos.
La voz surgió dentro de mi cabeza, profunda y resonante, como un eco en una caverna. El cubo se deslizó de mis manos y cayó al suelo con un sonido seco. Me agaché para recogerlo, y apenas lo toqué de nuevo, la voz volvió a hablar.
—Siento haberte asustado. No era mi intención.
—¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¿Por qué te escucho en mi mente? —pregunté con el corazón acelerado.
—Calma. Yo soy... alguien que fue y que ya no es. Mi conciencia permanece aquí. Puedes hablar conmigo con tus pensamientos. Es más seguro... para los dos.
—¿Estás atrapado en este cubo?
—No más de lo que tú estás atrapado en tu cuerpo. Digamos que... ahora vivo en él.
—¿Y por qué me hablas? ¿Tiene algo que ver con “la amargada”?
—“La amargada”... curioso nombre. Creo que te refieres a mi contraparte. Aunque mi contacto con el mundo físico depende de ti, aún puedo sentir su presencia. Te contaré mi historia... o mejor dicho, te la mostraré. Pero necesito que te acuestes. La simbiosis puede ser compleja al principio, y no me beneficiaría que te caigas y te desnuques..
Apreté el cubo con mi mano izquierda y regresé a la cama. Al recostarme, sentí como si mi mente se partiera en dos: mi propia conciencia y aquella voz se entrelazaban, coexistiendo en un espacio compartido.
—Bien, muchacho. Relájate... deja que te muestre mi historia.
Un dolor agudo atravesó mi cabeza, breve pero insoportable. Todo se volvió blanco. En un instante, me encontré de pie, frente a un anciano que me sonreía con una calma inquietante, como si hubiera estado esperándome desde hacía siglos.
- Bien. Comencemos...