Al abrir los ojos me encontré en otro mundo. Los colores no existían: todo se veía en escala de grises. Frente a mí, una persona mayor, con una sonrisa amable, me observaba.
—Tranquilo, tómate un momento para adaptarte…
—¿Qué es… este lugar? —pregunté, poniéndome de pie mientras mi visión se aclaraba.
—Es donde viven los miedos del ser humano. La mente del hombre es más poderosa de lo que se cree. Su fe puede crear literalmente otros mundos. Este es uno de ellos: aquí los temores se manifiestan y toman forma.
El mundo gris estaba habitado por criaturas deformes, sombras y fuego. Entre ellas, figuras humanas que representaban actos viles: violaciones, asesinatos, traiciones.
—¿Esto es… el infierno?
—Podría parecerlo —respondió el anciano mirándome—, pero no lo es. Aquí no hay almas ni personas. Solo habitan deseos oscuros y miedos. Verás, cuando alguien teme a algo… digamos, un perro, ese miedo visceral provoca reacciones físicas en su cuerpo, aunque no haya ningún perro cerca. El cuerpo reacciona como si estuviera allí. Pues bien, esa manifestación del miedo se crea aquí. Y cuando la persona vuelve a pensar en su “monstruo”, se abre un pequeño conducto entre los dos mundos, permitiendo que el miedo de aquí se manifieste en el mundo físico.
—No lo entiendo del todo… pero, “la amargada”, ¿qué tiene que ver con esto? Ella… o eso… puede atacarnos realmente.
—Sí, me temo que es así —dijo el anciano, sentándose contra un tronco muerto y masajeándose la cabeza—. “La amargada”, como la llamas, en realidad es mi contraparte. No es mujer ni hombre… es mi miedo más profundo: el miedo a tener razón.
Me senté frente a él, cruzando las piernas.
—¿Tener razón? ¿Temes a tener razón de qué?
—De la existencia. Yo era un hombre de fe. Mis padres me inculcaron el temor a Dios desde pequeño. Fui devoto hasta el extremo de ingresar al monasterio a los trece años, entregando mi vida a Dios. Pero mi mente siempre fue curiosa. En el monasterio había una gran biblioteca. Antes de llegar allí solo había leído un libro: la Biblia. Creía que contenía todas las respuestas. Sin embargo, a medida que exploraba otros textos, mi fe comenzó a tambalear. Surgió un miedo visceral: ¿existía realmente un Dios? ¿Cómo podíamos ser importantes si solo éramos una mota de polvo en un universo inconmensurable? Ese miedo a que mi existencia careciera de propósito fue tan fuerte que creó a mi propio monstruo. Su vínculo conmigo lo fortaleció hasta apoderarse de mí. Pedí ayuda a mi párroco, pero me dijo que la pérdida de fe era común y que debía rezar más. Aquello me pareció absurdo. Abandoné el monasterio y vagué sin rumbo. Mis pasos me llevaron a una aldea apartada, habitada por nativos. Ellos notaron mi perturbación y me acogieron. Dijeron que Anaruki se estaba alimentando de mí.
—¿Anaruki?
—Así llaman a este plano: Anaruki, el mundo del miedo. Fue entonces cuando me entregaron esto —levantó la pequeña esfera que me había traído aquí—. Un artefacto que, supuestamente, cortaría el vínculo entre este plano y el mundo Imikus, el plano de los hombres. Pero mi miedo era tan poderoso que, al abrir la esfera, en vez de cortar el vínculo, ocurrió una transferencia: yo terminé aquí y mi miedo ocupó mi lugar en Imikus. Existen dos esferas: esta, y la otra, que quedó en el lugar donde todo sucedió.
—¿Mi casa? Creo que la encontraron bajo los escombros del auto de mi padre, cuando fue consumido por el fuego…
—Es suficiente por ahora. Es peligroso que permanezcas demasiado tiempo aquí. Volveremos a hablar pronto. Guarda bien la esfera. No dejes que nadie, ni nada, la tome… Adiós.
Me desperté en mi cama. Toda mi ropa y las sábanas estaban empapadas de sudor. En mi mano aún sostenía la pequeña esfera…