El sol del verano resquebrajaba la tierra. Tomás avanzaba sin rumbo, con su hábito sucio y gastado, atravesando el paisaje desértico mientras meditaba y se cuestionaba todo.
—Todos estos años creyendo que tenía las respuestas... ¡¿Por qué no apareces?! —gritó a la nada—. Si eres de verdad el creador de todo... si me amas como dice tu libro... ¿por qué no me das una señal? Aunque sea algo a lo que aferrarme...
Cayó de rodillas, derrotado. El miedo lo consumía: miedo a que no existiera nada más, a que la vida careciera de propósito y fuéramos apenas un error surgido por casualidad en el cosmos. Esa idea lo hundía en un pozo de oscuridad infinita.
Sintió entonces una mano en su espalda. Al girarse, vio a un hombre de torso desnudo, con la piel del color de la tierra, que lo observaba en silencio.
—Tu gente no vive por aquí. ¿Estás perdido?
Tomás se levantó y, disimulando, limpió sus lágrimas.
—No... yo... no lo sé. Solo caminé. No sé dónde estoy.
El nativo asintió. Parecía joven, incluso más que Tomás, pero su mirada transmitía una sabiduría antigua.
—Entonces sígueme. Hoy hubo buena caza. Come con nosotros. Parece que necesitas descansar.
—Yo... gracias... sí.
Tomás se unió a la caravana. Los demás nativos lo miraban con curiosidad; algunos, con lástima.
—Yo soy Aamen. En tu lengua significa “búho”.
—Hablas bien el español.
—Me gusta aprender. A veces intercambiamos. Saber comunicarse es importante.
—¿Estamos lejos del monasterio?
—Si hablas del que está en el pueblo, sí... a un día y medio de caminata. ¿Por qué te fuiste?
—Yo... necesitaba pensar.
—Comprendo. Puedes quedarte con nosotros un tiempo, si lo deseas. No pareces estar bien. Tu gente no respeta el equilibrio. La tierra está viva. Si no la respetas... cosas malas suceden.
Tomás asintió y guardó silencio el resto del camino. Al llegar al campamento, Aamen señaló un lugar junto a la fogata.
—Siéntate. Te traeré agua y un trozo de carne. Debo hablar con el lonko... es el jefe, en tu lengua. No le agradan mucho los huincas, pero quizá haga una excepción contigo.
—¿Huinca?
—Cristianos... hombres blancos.
—Oh, comprendo.
—También significa ladrones en nuestra lengua...
Aamen sonrió y se alejó. Tomás acercó sus manos al fuego, meditando sobre su existencia. La oscuridad que sentía se apoderaba cada vez más de él.
Una anciana, con los ojos velados por las cataratas, se sentó frente a él y lo señaló.
—Anaruki.
—Lo siento... no comprendo.
—Tú... anaruki. Yo ver. Malo... malo.
En ese momento regresó Aamen acompañado del jefe del campamento, un hombre mayor pero fuerte. Habló en su idioma y luego Aamen tradujo:
—Dice que puedes quedarte. Pero antes debes limpiar tu espíritu. El anaruki se está apoderando de ti.
—¿Anaruki? ¿Qué es eso?
Aamen suspiró, como quien explica a un niño algo que debería saber.
—Estos huincas... creen saberlo todo por sus herramientas y casas de piedra, y no saben nada. Déjame que te lo explique...