Capítulo III
El primer movimiento
Los días siguientes a la cena fueron extraños en el palacete de los Vaucelles. Todo parecía igual en la superficie: los lacayos seguían puliendo la plata, Sultan dormía perezoso sobre las alfombras persas, y Armand continuaba firmando cheques con la misma generosidad de siempre. Pero Isabelle ya no era la misma.
Se levantaba más temprano, paseaba por los jardines sin rumbo fijo y pasaba horas frente al espejo probándose vestidos que antes apenas miraba. Sus doncellas lo notaban: la madame estaba distraída, pero no de mal humor. Estaba… concentrada. Como una gata que observa un pájaro desde lejos.
Armand lo atribuía a un capricho pasajero. Al fin y al cabo, su esposa siempre había sido así: un día obsesionada con un abanico japonés, al siguiente con un perfume nuevo. Pensaba que pronto se le pasaría y pediría algo tangible, algo que él pudiera comprar.
No imaginaba que esta vez el capricho tenía nombre y apellidos: René de Saint-Vire.
Isabelle no volvió a mencionar al conde delante de su marido. Ni una sola vez. Eso era nuevo también. Normalmente anunciaba sus deseos a los cuatro vientos para que todo el mundo supiera que pronto los tendría. Pero ahora guardaba silencio, y ese silencio era más peligroso que cualquier grito.
Una mañana, mientras desayunaban en la terraza, Isabelle comentó con voz ligera:
—Querido, ¿sabes que la duquesa de Villemont organiza un baile de máscaras la semana que viene?
Armand levantó la vista del periódico.
—Sí, he oído algo. ¿Te apetece ir?
Ella sonrió, fingiendo indiferencia.
—No sé… Los bailes son siempre lo mismo. Pero tal vez, solo por cambiar un poco.
Armand dejó el café.
—Entonces iremos. Y si quieres un vestido nuevo, elige la tela que más te guste. La mejor de Lyon.
Isabelle le rozó la mano con ternura.
—Eres un ángel.
Pero en su cabeza ya estaba eligiendo otra cosa: la máscara perfecta. Una que cubriera lo justo para que una mirada pudiera reconocerse… o no.
Durante los días siguientes, Isabelle se movió con precisión. Envió invitaciones discretas a ciertas amistades, pidió favores pequeños a damas que le debían uno grande, y dejó caer comentarios calculados en los salones adecuados. Todo sin levantar sospechas.
Lo que nadie sabía —ni siquiera Armand— era que había descubierto algo sobre René de Saint-Vire.
Una tarde, mientras hojeaba un libro de cuentas antiguas en la biblioteca (algo que nunca hacía), encontró una carta olvidada entre las páginas. Era de un antiguo amigo de Armand, escrita años atrás. Mencionaba casualmente al joven conde: “Saint-Vire, ese muchacho orgulloso que rechazó la ayuda de su tío rico para no deberle nada a nadie. Vive de su sueldo y de su espada, y aun así no acepta favores. Orgullo de familia, supongo”.
Isabelle leyó la frase dos veces. Orgullo. Eso explicaba la frialdad de la cena. No era desdén hacia ella. Era una armadura.
Y las armaduras, pensó mientras cerraba el libro, siempre puede quitarlas una mujer.
El día del baile llegó con una lluvia fina que hacía brillar las calles de París. El carruaje de los Vaucelles se detuvo frente a la mansión de la duquesa. Armand bajó primero y ofreció la mano a su esposa.
Isabelle llevaba un vestido plateado que parecía hecho de luz de luna, y una máscara negra sencilla que solo cubría los ojos. El cabello recogido con perlas. Nada exagerado. Quería ser reconocible, pero no evidente.
Entraron en el salón principal, lleno de máscaras, risas y música de violines. La gente se movía como sombras elegantes.
Armand, con su máscara dorada, se quedó cerca de la mesa de los licores, charlando con conocidos. Isabelle se deslizó entre la multitud, saludando aquí y allá, pero con los ojos siempre atentos.
Y entonces lo vio.
René estaba al fondo, junto a una columna. Llevaba el uniforme de mosquetero, pero sin máscara. Su rostro era inconfundible: la mandíbula firme, los ojos oscuros que parecían no perderse nada. Hablaba con dos oficiales, serio como siempre.
Isabelle sintió que el corazón le latía más rápido. No era miedo. Era emoción.
Tomó una copa de champagne de una bandeja y se acercó despacio, rodeando el salón para llegar por detrás.
Cuando estuvo a dos pasos, se detuvo. Justo lo suficiente para que él notara su presencia.
René se volvió.
Sus ojos se encontraron a través de la máscara. Por un segundo, Isabelle creyó ver sorpresa. Luego, nada. Solo esa calma irritante.
—Buenas noches, conde —dijo ella con voz suave, apenas audible entre la música.
René inclinó la cabeza.
—Buenas noches, madame.
Ni una palabra más. Ni una pregunta sobre la máscara. Ni una sonrisa.
Isabelle dio un paso más cerca.
—¿No le gustan los bailes de máscaras?
—Prefiero ver los rostros de las personas con las que hablo.
Ella sonrió debajo de la máscara.
—Qué sincero. Aunque a veces las máscaras revelan más que ocultan.
René la miró un instante largo.
—Tal vez. Pero también sirven para jugar.
¿Era un desafío? Isabelle sintió que el aire se cargaba de algo nuevo.
En ese momento, la orquesta empezó un vals lento.
Isabelle extendió la mano enguantada, sin pedir permiso. Solo la dejó allí, suspendida entre los dos.
—¿Baila, conde?
René miró la mano. Luego a ella.
Y dudó.
El salón parecía contener la respiración alrededor de ellos.
¿Aceptará? ¿La rechazará delante de todos? ¿O hay algo más detrás de esa mirada que Isabelle aún no ha visto?
(Continuará…)
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Editado: 07.01.2026