La Consentida.

Capítulo IV

Capítulo IV

La armadura invisible

René de Saint-Vire no era hombre de muchas palabras, ni siquiera consigo mismo. Mientras la música del vals llenaba el salón y las parejas giraban como hojas en un remolino, él se quedó quieto un segundo más de lo necesario, mirando la mano extendida de Isabelle. No era solo una invitación a bailar. Era un reto. Y René odiaba los retos que no podía controlar.

En su mente, las cosas eran simples: había nacido en una familia noble pero arruinada, con un padre muerto en batalla y una madre que le había enseñado que el orgullo era lo único que nadie podía quitarte. A los veinte años entró en los mosqueteros por necesidad, no por gloria. Aprendió rápido que en París, la corte era un nido de víboras disfrazadas de seda. Las mujeres hermosas como Isabelle eran las peores: caprichosas, acostumbradas a que el mundo girara a su alrededor. Las había visto destrozar reputaciones con una sonrisa, arruinar vidas por aburrimiento.

Isabelle de Vaucelles no era diferente. O eso creía él. La había observado en la cena: cómo manipulaba la conversación, cómo su marido la miraba como un perro fiel. René no envidiaba a Armand; lo compadecía. Un hombre rico que compraba afecto con oro no tenía nada real. Y él, René, no tenía oro, pero tenía su libertad. No la vendería por una mirada coqueta.

Pero esa noche, bajo la máscara, Isabelle parecía distinta. Menos predecible. Su voz tenía un tono que no era solo coquetería; era curiosidad genuina. ¿O era solo su imaginación? René maldijo por dentro. No, no caería en eso. Había rechazado avances peores: duquesas con fortunas, viudas con promesas. Esta no sería la excepción.

Aun así, mientras su mano se movía casi por instinto para tomar la de ella, una voz interna le advirtió: "Cuidado, conde. Esta mujer no pide; conquista". Y en ese instante, se preguntó si su armadura era tan fuerte como creía.

La música subió de tono. René tomó la mano de Isabelle. Sus dedos enguantados eran suaves, pero firmes. La llevó al centro de la pista, y empezaron a girar.

Isabelle no dijo nada al principio. Solo lo miró, con esos ojos que brillaban detrás de la máscara. René sentía el pulso de ella en la palma, rápido como el suyo.

—Parece que al final sí baila, conde —murmuró ella al fin, con una sonrisa juguetona.

René no sonrió de vuelta.

—Solo cuando no tengo excusa para negarme.

Ella rio bajito, un sonido que hizo que varias cabezas se volvieran.

—¿Y por qué querría negarse? ¿No le gustan las sorpresas?

—Depende de quién las traiga.

Siguieron bailando en silencio un rato. René notaba cómo ella se acercaba un poco más en cada giro, cómo su perfume —jazmín y algo más salvaje— lo envolvía. Era un juego, claro. Pero se dio cuenta de que quizás Isabelle no jugaba solo por diversión. Había algo en su mirada: hambre, no de posesión, sino de victoria.

El vals terminó demasiado pronto. René la soltó con una inclinación cortés y se alejó sin una palabra más. En su cabeza, un desorden: "¿Por qué lo hice? ¿Por qué no la dejé plantada?". Sabía la respuesta: curiosidad. La misma que ella sentía.

Pero curiosidad era peligrosa. Podía llevar a un duelo al amanecer, o peor, a un corazón roto. Y René no tenía tiempo para ninguno de los dos.




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