Capítulo V
Secretos entre tazas de té
Al día siguiente, el sol de mediodía entraba por las ventanas del saloncito privado de Isabelle. Ella estaba recostada en un sofá de terciopelo, con un libro abierto en el regazo que no había leído ni una página. Sultan ronroneaba a sus pies, ajeno a todo.
Llamaron a la puerta. Marie, la doncella, anunció:
—Madame, la condesa de Lormont ha llegado.
Isabelle se enderezó de inmediato.
—Hazla pasar. Y trae el té.
La condesa Sophie de Lormont era su amiga más cercana, o lo que pasaba por cercana en un mundo de apariencias. Cinco años mayor que Isabelle, viuda reciente y con una lengua afilada como una daga, Sophie era la única persona con la que Isabelle hablaba sin filtros. Se conocían desde niñas, cuando sus familias veraneaban en el campo.
Sophie entró con su habitual torbellino de faldas y perfume de rosas. Se quitó los guantes y se dejó caer en el sillón frente a Isabelle.
—Querida, pareces un gato que ha encontrado una ratonera. ¿Qué ha pasado? Cuéntamelo todo.
Isabelle sirvió el té ella misma, despidiendo a Marie con un gesto.
—Sophie, necesito consejo. O tal vez solo desahogarme.
Sophie levantó una ceja.
—Tú, ¿desahogarte? Eso es nuevo. Normalmente eres la que escucha mis dramas. ¿Es Armand? ¿Otro capricho que no ha cumplido?
Isabelle negó con la cabeza, sonriendo a medias.
—Armand es perfecto, como siempre. Cumple todo antes de que lo pida. No, es… un hombre.
Sophie dejó la taza con un tintineo.
—¿Un hombre? ¿Desde cuándo Isabelle de Vaucelles se interesa por hombres que no sean su marido o sus sirvientes?
—No es interés. Es… irritación. Se llama René de Saint-Vire. Mosquetero, guapo, pobre como una rata de biblioteca. Lo invité a una cena, y me trató como si fuera invisible. Anoche, en el baile de la duquesa, bailamos. Y… no sé, Sophie. Me miró como si yo fuera un enigma que no le importa resolver.
Sophie se inclinó hacia adelante, ojos brillantes.
—Ah, el orgullo herido. La consentida por fin encuentra a alguien que no cae rendido. ¿Y qué sientes? ¿Rabia? ¿Curiosidad?
—Las dos. Quiero que me mire como los demás. Quiero que… ceda.
Sophie rio con ganas.
—Querida, eso es amor. O lo más cerca que has estado nunca.
Isabelle se sonrojó.
—No seas tonta. Amor es lo que tiene Armand por mí. Esto es un juego. Pero no sé cómo ganarlo. Él no quiere nada: ni dinero, ni favores. ¿Qué le ofrezco a un hombre que no necesita nada?
Sophie tomó un sorbo de té, pensativa.
—Le ofreces lo que nadie más puede: misterio. Tú eres experta en caprichos, Isabelle. Haz que él sea el capricho. Pero cuidado: los hombres como ese no se doblegan fácil. Y si lo hace, quizás te doblegas tú primero.
Isabelle miró por la ventana, donde el jardín brillaba bajo el sol.
—Tienes razón. Pero no puedo parar ahora. Mañana hay una cacería en el bosque real. Armand me llevará. Y adivina quién estará allí…
Sophie sonrió con picardía.
—Entonces ve. Y recuerda: en la caza, el cazador a veces termina siendo la presa.
Isabelle asintió, pero en su interior, una duda nueva crecía: ¿Y si Sophie tenía razón? ¿Y si esto no era solo un capricho?
(Continuará…)
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Editado: 07.01.2026