La Consentida.

Capítulo VI

CAPÍTULO VI: El error de la soberbia

El bosque de Saint-Germain amaneció envuelto en una bruma plateada que otorgaba a la cacería real un aire fantasmal. El sonido de los cuernos de caza y el ladrido lejano de los perros rompían el silencio del alba. Entre la multitud de carruajes y jinetes, destacaba una figura que observaba la escena con una serenidad poco común en la corte: Hélène de Valois.

Hélène, hija de un conde de rancio abolengo, era conocida por su refinamiento y una soltería que muchos no comprendían. A sus veinticinco años, poseía una elegancia discreta; no necesitaba de sedas ruidosas ni de joyas escandalosas para destacar. Su mirada era inteligente y algo escéptica. Hélène siempre había creído que la generosidad de los hombres era una moneda de cambio: daban para obtener, consentían para poseer.

Sin embargo, desde hacía tiempo, observaba con una mezcla de envidia y pena al marqués de Vaucelles. Veía en Armand algo que no encontraba en los jóvenes pavos reales de Versalles: una bondad natural, una constancia que no buscaba recompensa. "Qué desperdicio de corazón", pensaba Hélène mientras veía a Armand ajustar con ternura la capa de Isabelle para que no pasara frío.

René de Saint-Vire estaba allí, firme sobre su caballo negro, formando parte de la escolta real. Su mirada chocó un instante con la de Isabelle. Ella, al sentirse observada por el mosquetero, sintió que la sangre le hervía. Tenía que demostrarle que no era una mujer que se dejaba comprar, que su voluntad estaba por encima de cualquier riqueza.

Fue entonces cuando Armand, emocionado por lo que creía que sería una sorpresa perfecta, hizo un gesto a un lacayo. Este apareció guiando a una yegua blanca de una estampa prodigiosa, con los arreos bordados en hilo de plata y estribos de oro macizo.

—Isabelle, amor mío —dijo Armand en voz alta, atrayendo la atención de los nobles cercanos, incluido René—. Sé que Sultán te divierte, pero para la caza necesitaba algo digno de tu belleza. La traje de las caballerizas del Rey de España solo para ti.

Isabelle sintió la mirada de René. Vio en los ojos del mosquetero esa sombra de desdén que siempre le dedicaba, como si estuviera viendo a una niña mimada recibiendo un juguete nuevo. En ese momento, el orgullo de Isabelle se retorció de forma venenosa.

—¿Otra joya con patas, Armand? —dijo ella, con una voz lo suficientemente alta para que todos la oyeran. Su tono era cortante, cargado de un desprecio innecesario—. Me aburres con tu insistencia en rodearme de cosas brillantes. ¿Crees que mi afecto es una subasta? Llévatela. No quiero un animal que brilla más que mi propio ingenio.

Un silencio sepulcral cayó sobre el grupo. Armand se quedó petrificado. La alegría de su rostro se desvaneció, dejando paso a una palidez mortal. No era solo el rechazo al regalo; era la humillación pública, la crueldad en los ojos de la mujer por la que habría dado la vida.

Hélène de Valois, que presenciaba la escena a pocos pasos, sintió una punzada de indignación en el pecho. ¿Cómo podía alguien despreciar una atención tan pura? Miró a Armand y, por primera vez, vio cómo la luz de la devoción se apagaba en los ojos del marqués.

René de Saint-Vire, por su parte, apretó las riendas de su caballo. Su desprecio por Isabelle se confirmó en ese segundo. "Es un monstruo de seda", pensó.

Isabelle, al ver la reacción de René, creyó que había triunfado, que había demostrado su independencia. Pero se equivocaba.

Armand bajó la cabeza. Su voz, cuando habló, fue un susurro roto que solo unos pocos oyeron: —Como desees, Isabelle. No volveré a molestarte con mis... aburridas atenciones.

El marqués dio media vuelta y caminó hacia donde estaba Hélène, que permanecía en silencio sobre su montura sencilla. Sus miradas se cruzaron. En los ojos de Hélène no había burla, sino una comprensión profunda.

Armand llamó al lacayo que sostenía a la yegua blanca. —Llévala al castillo —ordenó con frialdad—. Y tú, Isabelle... disfruta de la caza. Me temo que he perdido el interés por los caprichos el día de hoy.

El primer eslabón de la cadena de oro se había roto. Y mientras Isabelle buscaba desesperadamente la mirada de René, no se dio cuenta de que su esposo acababa de fijarse en la elegancia silenciosa de la mujer que no pedía nada, pero que lo valoraba todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.