La Consentida.

Capítulo VII

Capítulo VII

El silencio que quema

La cacería continuó como si nada hubiera pasado. Los cuernos sonaron, los perros ladraron, los jinetes se dispersaron por el bosque en busca del ciervo. Pero entre los que habían presenciado la escena, el aire era distinto. Las conversaciones se hicieron más bajas, las risas más forzadas. Nadie mencionó lo ocurrido, por supuesto. En la corte, las heridas públicas se ignoran hasta que sangran en privado.

Isabelle cabalgó al frente del grupo de damas, con la espalda recta y la sonrisa intacta. Nadie habría dicho que algo la inquietaba. Solo Sophie, que galopaba a su lado, notó que sus manos apretaban las riendas con demasiada fuerza.

—¿Estás loca? —susurró Sophie cuando se quedaron un momento rezagadas—. ¿Cómo se te ocurre hablarle así a Armand delante de todo el mundo?

Isabelle no miró a su amiga. Sus ojos buscaban entre los jinetes la figura de René, que cabalgaba lejos, con la escolta real.

—Necesitaba que él viera que no soy una muñeca que se compra con regalos caros.

Sophie soltó un bufido.

—¿Y para eso humillas al hombre que te ha dado todo? Isabelle, por Dios… Armand no se merecía eso.

Isabelle sintió un pinchazo, pero lo ignoró.

—Armand me perdonará. Siempre lo hace.

Sophie la miró largo rato.

—Tal vez esta vez no.

Y no dijo más.

Mientras tanto, Armand cabalgaba solo, apartado del grupo principal. No participaba en la caza. Su caballo avanzaba despacio por un sendero lateral, entre robles centenarios. No sentía frío, ni calor, ni nada. Solo un vacío extraño en el pecho, como si alguien hubiera apagado una lámpara que llevaba años encendida.

No estaba enfadado. Eso habría sido más fácil. Estaba… cansado.

A su lado, sin que él lo hubiera pedido, apareció Hélène de Valois. Su yegua gris avanzaba al mismo paso lento. Durante un buen rato ninguno habló. Solo el crujido de las hojas bajo los cascos.

Al fin, Hélène rompió el silencio con voz suave.

—Marqués, lamento lo ocurrido. París puede ser muy cruel a veces.

Armand la miró. En los ojos de Hélène no había curiosidad morbosa, ni lástima barata. Solo comprensión.

—No tiene que lamentarlo, madame. Ha sido culpa mía. Creí que un regalo más la haría feliz.

Hélène negó con la cabeza.

—No ha sido culpa suya. Ha sido… generosidad mal recibida. Y eso duele más que cualquier rechazo.

Armand esbozó una sonrisa amarga. Era la primera vez que alguien le hablaba así de Isabelle: sin defenderla automáticamente, pero tampoco atacándola.

—Usted siempre ha sido muy observadora, Hélène.

Ella se encogió ligeramente de hombros.

—He aprendido a mirar lo que los demás no ven. Y veo que usted, marqués, merece algo más que gratitud comprada.

Armand no respondió de inmediato. Miró al frente, al bosque envuelto en bruma.

—Tal vez tenga razón —dijo al fin, casi para sí mismo.

Siguieron cabalgando en silencio, pero era un silencio cómodo, de los que no necesitan llenarse con palabras.

Lejos de allí, Isabelle por fin localizó a René. Él había detenido su caballo junto a un claro, observando cómo los perros rodeaban al ciervo acorralado. Ella se acercó despacio, hasta detenerse a su lado.

René no la miró.

—Felicidades, madame —dijo con voz fría—. Hoy ha demostrado que no se deja comprar.

Isabelle sintió que el triunfo esperado no llegaba.

—¿Eso es todo lo que tiene que decir?

René volvió la cabeza por primera vez. Sus ojos eran duros como el acero.

—¿Qué esperaba? ¿Que aplaudiera su crueldad? Un hombre como el marqués de Vaucelles no merece ser tratado como un sirviente al que se despide en público.

Isabelle abrió la boca para responder, pero no encontró palabras. Su típica seguridad se resquebrajó.

René espoleó su caballo y se alejó sin despedirse.

Isabelle se quedó sola en el claro. El ciervo había sido capturado. Los jinetes aplaudían. Pero ella sintió, de pronto, un frío que no venía del aire.

Y en ese momento supo que había ganado una batalla insignificante… y perdido algo mucho más grande.

(Continuará…)




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