Capítulo VIII
El primer desvío
Al día siguiente, el sol entró en el dormitorio de Isabelle con una claridad hiriente. Ella se despertó esperando el ritual de cada mañana: una nota de Armand, un pequeño obsequio sobre la mesa de noche o, al menos, su presencia solícita preguntándole cómo había descansado.
Pero no había nada. Solo el silencio de las pesadas cortinas de terciopelo.
Se levantó, se vistió con su bata favorita de seda rosa y bajó al salón del desayuno. Armand ya estaba allí, leyendo el correo con una taza de chocolate en la mano. La saludó con una inclinación de cabeza cortés, como si fuera una visita de paso.
—Buenos días, Armand —dijo ella, probando el terreno con voz ligera—. He pensado que para la fiesta de los Orleans necesitaré el conjunto de esmeraldas que vimos en la joyería de la Place Royale. Aquellas que decías que harían juego con mis ojos.
Era una prueba. El mismo truco de siempre: pedir algo caro, imposible de rechazar, y ver cómo todo volvía a su lugar.
Armand dejó la taza con calma. La miró un segundo largo, sin la calidez habitual, solo con una distancia educada.
—Ah, las esmeraldas —dijo al fin, con tono neutro—. Tienes razón, son piezas magníficas. Pero recordé tus palabras en el bosque, querida. No quiero aburrirte con más cosas brillantes ni que sientas que mi afecto es una subasta. Sería una grosería insistir después de tu aclaración tan… sincera.
Isabelle sintió un nudo en la garganta.
—Armand, lo del bosque fue… el calor del momento. No lo dije en serio.
—Fue la verdad —la interrumpió él con suavidad, pero con una firmeza nueva—. Y he decidido respetarla.
No hubo reproche en su voz. Solo hecho. Isabelle salió de la habitación indignada, convencida de que Armand estaba herido y que cedería antes del almuerzo. Siempre lo hacía.
Pero dos horas después, desde su balcón, vio un carruaje de mensajería salir del palacete.
—Marie —llamó a su doncella—, ¿qué llevaba ese mensajero?
La doncella bajó la mirada, nerviosa.
—Eran las esmeraldas de la Place Royale, madame. El señor marqués las compró esta mañana.
Isabelle sonrió para sus adentros. “Lo sabía”, pensó. “No puede resistirse”.
—¿Y dónde las ha puesto? —preguntó, ya imaginando el estuche sobre su tocador.
—No están aquí, señora. El marqués ha enviado las joyas a la residencia de Hélène de Valois. Con una nota que decía: “Para una dama que sabe apreciar la luz de las cosas sencillas”.
Isabelle sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No era el regalo perdido. Era que Armand, su Armand, el hombre que solo vivía para complacerla, acababa de usar su generosidad para distinguir a otra mujer. Y no a cualquier mujer: a la refinada, silenciosa Hélène.
Esa tarde, la noticia corrió por París como pólvora. En los salones, detrás de los abanicos, se susurraba: el marqués de Vaucelles ya no era solo generoso; era selectivo.
Isabelle, desesperada por recuperar el control, decidió que si Armand no la consentía, obligaría a René a hacerlo. Envió una nota al cuartel de los mosqueteros pidiendo una “entrevista urgente sobre un asunto de honor”.
La respuesta llegó al atardecer. La nota volvió cerrada, con el sello de cera negra intacto y una sola frase escrita al dorso con la letra firme de René: “El honor no se discute con quien lo desprecia en otros. No insista, madame”.
Isabelle tiró la nota al fuego. Las llamas devoraron el papel, pero no el frío que empezaba a instalarse en su pecho.
Estaba sola. Su marido miraba hacia otro lado. El hombre que deseaba la veía como un ser despreciable.
Por primera vez, la Consentida sintió que su trono se tambaleaba.
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Editado: 07.01.2026