La Consentida.

Capítulo IX

Capítulo IX

El orgullo en llamas

Tres días después, Isabelle no aguantó más.

El palacete parecía el mismo, pero todo era distinto. Armand desayunaba solo. Cenaba solo. Saludaba con cortesía y se retiraba a su biblioteca. No había flores frescas en sus habitaciones, ni notas cariñosas, ni invitaciones a paseos. Solo silencio educado.

Isabelle lo observaba desde lejos, esperando que él diera el primer paso. Pero Armand no lo daba.

La rabia creció como una tormenta. Una noche, después de una cena en la que apenas cruzaron diez palabras, Isabelle irrumpió en la biblioteca. Armand estaba junto a la chimenea, con un libro abierto que no leía.

—Esto es ridículo —estalló ella—. ¿Cuánto tiempo piensas castigarme por una tontería dicha en un bosque?

Armand cerró el libro despacio.

—No te estoy castigando, Isabelle. Solo respeto tu deseo de no ser “aburrida” con atenciones.

Ella dio un paso adelante, los ojos brillantes de ira.

—Pues si tanto te molesta complacerme, liberémonos los dos. Quiero el divorcio.

Las palabras salieron como un latigazo. No lo había planeado del todo, pero en ese momento le parecieron perfectas: una amenaza suprema, la humillación definitiva. Armand palidecería, suplicaría, volvería a ser el de siempre. Nadie en París se divorciaba así como así; sería un escándalo que él no podría soportar.

Armand la miró largo rato. No había sorpresa en su rostro. Solo una tristeza tranquila.

—¿Estás segura? —preguntó con voz baja.

Isabelle levantó la barbilla, altanera.

—Completamente. No necesito a un hombre que me mide sus regalos como si fueran migajas.

Armand se acercó al escritorio, tomó una hoja en blanco y escribió unas líneas con pluma firme. Luego la dobló y se la entregó.

—Aquí tienes mi consentimiento por escrito. Mañana mismo hablaré con mi abogado para iniciar los trámites. Serás libre, Isabelle. Y yo también.

Ella tomó el papel sin creerlo del todo.

—¿Tan fácil? ¿Me dejas ir sin luchar?

Armand esbozó una media sonrisa cansada.

—Siempre te he dado lo que pedías. Esta vez no será diferente.

Isabelle salió de la biblioteca con el papel en la mano, el corazón latiéndole fuerte de triunfo. “Lo he doblegado”, pensó mientras subía las escaleras. “En unos días vendrá arrastrándose, y yo decidiré si lo acepto de nuevo”.

Se miró en el espejo de su dormitorio. Estaba hermosa, furiosa, invencible.

Ahora sería libre para conquistar a René. Un hombre que no compraba afectos, que la miraría con admiración verdadera cuando viera que había roto sus cadenas por orgullo propio. Él entendería que ella no era una mujer cualquiera. Él la desearía como nadie.

No vio la sombra de duda que cruzó sus ojos al pensar en la vida sin el palacete, sin la fortuna, sin la red de seguridad que Armand había tejido durante años.

Solo vio victoria.

Y mientras París dormía, Isabelle sonrió al espejo, convencida de que su nuevo trono estaría hecho de la admiración de René de Saint-Vire.

No imaginaba que, al otro lado de la ciudad, Hélène de Valois abría un estuche de terciopelo verde y contemplaba las esmeraldas con una mezcla de sorpresa y ternura.

Ni que Armand, solo en la biblioteca, durmió sin sueños pesados.

(Continuará…)




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