La Consentida.

Capítulo X

Capítulo X

El precio de la libertad

París no perdona a los ídolos caídos, y menos a las diosas que rompen sus propios altares.

Isabelle pasó la mañana siguiente ordenando sus pertenencias con una energía febril. Se imaginaba ya en un pequeño pero elegante piso cerca de la Plaza Real, viviendo una vida de bohemia aristocrática que atraería a René como la luz a las polillas. Estaba convencida de que, al renunciar a la fortuna de los Vaucelles, se convertía en una heroína de tragedia griega ante los ojos del mosquetero.

Pero la realidad llegó con la primera visita de la tarde. No fue René, sino un emisario del barón de Montalais, su padre. El anciano noble, al enterarse del escándalo, le enviaba una carta breve y gélida: si seguía adelante con el divorcio, las puertas de su casa familiar se cerrarían para siempre. Un divorcio en esa época no era un trámite; era un estigma que manchaba a toda la estirpe.

Isabelle arrugó la carta. “No los necesito”, pensó. “René me protegerá”.

Se vistió con un traje de montar de terciopelo carmesí y decidió buscar al conde en los jardines de las Tullerías, donde los mosqueteros solían ejercitarse. Quería ser ella quien le diera la noticia, quien le mostrara el papel firmado por Armand como si fuera un trofeo de guerra.

Lo encontró cerca de la fuente de los leones. René estaba solo, revisando el herraje de su caballo. Al verla acercarse, su expresión no fue de alegría, sino de una pesada resignación.

—¿No le bastó con la nota de ayer, madame? —preguntó sin dejar de trabajar.

—Ayer era una mujer casada bajo el yugo de un hombre que quería comprarme —respondió ella, extendiendo el documento con mano firme—. Hoy soy dueña de mi destino. Armand y yo nos separamos. He renunciado a todo, René. Por mi orgullo… y por lo que sentí cuando bailamos.

René dejó la herramienta y se irguió. La miró con una fijeza que hizo que Isabelle retrocediera un paso. No había amor en sus ojos oscuros, solo una decepción profunda.

—¿Ha destruido su matrimonio por un baile? —su voz era un susurro gélido—. ¿Ha humillado a un hombre decente, lo ha despojado de su honor ante todo París, solo para probarse a sí misma que puede tener lo que quiera?

—¡Lo hice por nosotros! —exclamó ella, empezando a perder la compostura.

—No hay un “nosotros”, madame. Nunca lo hubo —sentenció René—. Lo que usted siente no es amor, es la rabia de quien no ha podido domesticar a un animal nuevo. Usted cree que renunciar a la fortuna del marqués la hace noble, pero solo la hace insensata. Ha despreciado la lealtad de un santo por el capricho de conquistar a un hombre que no la respeta.

Isabelle sintió como si René la hubiera abofeteado.

—¿Me desprecia entonces?

—Desprecio su crueldad —respondió él, montando en su caballo—. Un hombre de honor no puede amar a una mujer que no sabe lo que significa la gratitud. Quédese con su papel, madame. En unos meses, cuando París le cierre las puertas y el frío de la soledad sea real, comprenderá que el orgullo no abriga tanto como el corazón de un buen hombre.

René espoleó al animal y se alejó al galope, dejando a Isabelle sola entre los árboles, con su papel de divorcio temblando en la mano.

En ese mismo instante, en el otro extremo del jardín, Hélène de Valois paseaba del brazo de Armand. Ella no llevaba las esmeraldas de forma ostentosa; las lucía bajo el encaje de su cuello, dejando que solo un destello verde asomara de vez en cuando. Armand reía. Era una risa suave, nueva, una risa que no nacía del esfuerzo por complacer, sino del placer de ser comprendido.

Isabelle los vio desde lejos. Vio cómo Armand se detenía para recoger una simple flor silvestre y se la entregaba a Hélène. Vio cómo ella la aceptaba con una reverencia llena de ternura, como si aquel trozo de campo valiera más que todos los diamantes de Versalles.

La Consentida comprendió entonces la magnitud de su error. Había soltado la mano que la sostenía para intentar alcanzar una estrella de hielo, y ahora caía al vacío sin que nadie se molestara en mirar hacia abajo.




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