La Consentida.

Capítulo XI

Capítulo XI

El valor de lo sencillo

Una semana después, en un salón discreto de la casa de Hélène de Valois, la tarde caía lenta y dorada sobre los muebles antiguos. Hélène había invitado a Armand a tomar el té, pero no con la intención de seducirlo, sino de poner distancia antes de que los rumores hicieran más daño.

Armand llegó puntual, con un ramo pequeño de violetas silvestres en la mano. Nada caro, nada ostentoso. Solo flores recogidas en el camino.

Hélène las aceptó con una sonrisa genuina y las puso en un jarrón sencillo.

—Gracias, marqués. Son perfectas.

Se sentaron frente a la chimenea. El silencio fue cómodo al principio, pero Hélène sabía que tenía que hablar.

—Armand —empezó con voz tranquila—, los rumores corren más rápido que los carruajes en París. Ya dicen que yo… que yo he sido la causa de su separación. No quiero eso. No quiero que me juzguen como la mujer que se aprovechó de su dolor.

Armand la miró con calma.

—No ha sido usted la causa, Hélène. La causa estaba mucho antes. Usted solo ha sido… un espejo que me mostró lo que merezco.

Ella negó con la cabeza.

—Aun así, le pido que guardemos distancia. Al menos por un tiempo. No quiero ser la sombra que manche su nombre ni el mío. Busque a otra mujer, Armand. Alguien que pueda empezar con usted de cero, sin este peso.

Armand tomó un sorbo de té antes de responder.

—La entiendo perfectamente. Y no la culpo. Pero no necesito una mujer de inmediato, Hélène. Necesito sanar. He pasado años dando sin recibir, y ahora descubro que duele menos estar solo que herir a alguien que no se lo merece. No quiero repetir errores.

Hélène bajó la mirada un instante, conmovida por su sinceridad.

—Cuando esté listo —dijo al fin—, si alguna vez decide enviarme algo… no me gustan los regalos caros. Prefiero los detalles. Una flor como estas, una carta escrita a mano, un libro con una página marcada. Cosas que muestran que alguien ha pensado en mí, no en impresionarme.

Armand sonrió, esta vez con los ojos.

—Lo recordaré. Y cuando esté listo, si el destino lo permite, será un detalle, no una joya.

Se levantaron. Armand se inclinó para besar su mano, pero fue un beso breve, respetuoso. Hélène lo acompañó hasta la puerta.

Mientras el carruaje de Armand se alejaba, Hélène se quedó en el umbral, con las violetas en la mano. No sentía triunfo, solo una tristeza suave por el dolor que ambos habían visto en los ojos del otro.

Y en algún lugar de París, Isabelle, sola en su nuevo piso alquilado, miraba por la ventana una ciudad que ya no la invitaba a sus salones. Sultan dormía a sus pies, ajeno a todo. Y por primera vez, la Consentida lloró sin testigos, sin saber si era por arrepentimiento o por rabia.

(Continuará…)




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