La Consentida.

Capítulo XII

Capítulo XII

La carta que no llegó al corazón

Isabelle llevaba dos semanas en su nuevo piso, un apartamento elegante pero modesto en el barrio de Saint-Germain. Las paredes ya no estaban cubiertas de tapices flamencos, los lacayos eran solo dos, y Sultan era el único que aún la recibía con entusiasmo incondicional.

Cada mañana revisaba el correo con ansiedad. Esperaba una carta de Armand: una súplica, una disculpa, una oferta de reconciliación. Pero no llegaba nada.

Al fin, una noche, después de un día especialmente gris, Isabelle tomó la pluma. Escribió con mano temblorosa, sin orgullo ya, solo con desesperación.

Armand,

He cometido el peor error de mi vida. Creí que la libertad era no necesitar a nadie, pero he descubierto que la verdadera libertad era tenerte a ti y no valorarlo. Te humillé en público, te alejé con mis palabras crueles, y ahora pago el precio cada día.

Regresa a mí. O déjame regresar a ti. Olvidaré mis caprichos tontos, aprenderé a apreciar lo que me dabas sin pedir nada a cambio. Te amo, Armand. Siempre te he amado, aunque no supiera decirlo.

Tuyos para siempre,

Isabelle

Dobló la carta, la selló con su antiguo sello de los Vaucelles y la envió al palacete esa misma noche.

Al día siguiente, la respuesta llegó. No era una carta larga. Solo unas líneas en la caligrafía firme de Armand.

Isabelle,

Recibí tu carta. Me alegra saber que estás bien.

Te deseo lo mejor en tu nueva vida.

No volveremos a lo de antes. Ya no es posible.

Armand

Ni una palabra de amor. Ni una puerta entreabierta. Solo cierre.

Isabelle leyó las líneas tres veces, esperando encontrar un mensaje oculto. No había ninguno.

Tres días después, incapaz de soportar el silencio, decidió actuar. Se vistió con su mejor traje de seda gris perla —el que Armand siempre había admirado— y se presentó en el palacete sin avisar. El portero la dejó pasar, sorprendido pero aún leal a la antigua señora.

Encontró a Armand en el jardín de invierno, leyendo junto a la fuente. Estaba más delgado, más sereno. Cuando la vio, cerró el libro y se levantó con cortesía.

—Isabelle. No esperaba verte.

Ella se acercó, los ojos llenos de lágrimas que esta vez no fingía.

—Armand, por favor. Hablemos. Lo que escribí era verdad. He cambiado. Te necesito.

Él la miró con una calma que dolía más que cualquier grito.

—No has cambiado, Isabelle. Solo has descubierto que el mundo es más frío sin mi dinero y mi paciencia. Pero yo sí he cambiado. Ya no quiero ser el hombre que compra afecto con regalos. Merezco algo diferente. Y tú… tú mereces aprender lo que es ganarse las cosas.

—¿Entonces es por Hélène? —preguntó ella con voz quebrada.

Armand negó con la cabeza.

—No es por nadie. Es por mí.

Isabelle dio un paso atrás, como si la hubieran golpeado.

—No puedes hablar en serio. Después de todo lo que hemos vivido…

—Precisamente por todo lo que hemos vivido —dijo él con suavidad—. Adiós, Isabelle. Cuídate.

La acompañó hasta la puerta él mismo. No hubo abrazo, ni beso en la mano. Solo una inclinación de cabeza.

Cuando el portón se cerró tras ella, Isabelle se quedó en la calle, bajo una lluvia fina que empezaba a caer. Nadie corrió a ofrecerle un paraguas.




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