La Consentida.

Capítulo XIII

Capítulo XIII

El vacío que crece

París cerró sus puertas despacio, como quien no quiere hacer ruido.

Primero fueron las invitaciones que no llegaron. La ópera privada de la duquesa de Villemont, el baile de máscaras en casa de los Orleans, la cena íntima de la condesa de Lormont… todas pasaron sin que su nombre apareciera en las listas.

Luego vinieron las visitas que se espaciaron. Las damas que antes llenaban su salón con cotilleos ahora tenían “compromisos inevitables”. Las notas de cortesía se volvieron breves, distantes.

Isabelle lo notaba todo. Veía cómo las miradas se apartaban cuando paseaba. Escuchaba los susurros detrás de los abanicos: “Pobre… o loca, según se mire”.

Solo una persona permaneció constante: Sophie de Lormont.

Sophie la visitaba casi a diario, trayendo noticias, dulces de su confitero favorito y, sobre todo, consejos que Isabelle no quería oír.

Una tarde, sentadas en el pequeño salón del piso, Sophie habló claro mientras servía el té.

—Isabelle, querida, tienes que parar esto. Escribe a tu padre, pídele perdón. Acepta una invitación pequeña, aunque sea en provincia. Reconstruye poco a poco. El orgullo no te va a pagar las facturas ni te va a dar compañía.

Isabelle miró por la ventana, con la taza intacta en la mano.

—No voy a arrastrarme. Si París me cierra las puertas, que se quede con su hipocresía.

Sophie suspiró.

—No es arrastrarte. Es sobrevivir. Armand no volverá, René nunca te quiso. Tienes que empezar de nuevo, pero desde la realidad, no desde el recuerdo de quien eras.

—Sophie, tú no entiendes —respondió Isabelle con voz cortante—. Yo fui la Consentida. No puedo ser una más.

Sophie dejó la taza con un golpe suave.

—Entonces seguirás siendo la Consentida… pero sola. Y la soledad, amiga mía, es el capricho más caro que existe.

Sophie se levantó, besó su mejilla y se fue.

Isabelle se quedó mirando la puerta cerrada. Por un momento, sintió el impulso de correr tras ella, de pedirle que se quedara. Pero el orgullo —ese viejo compañero fiel— la mantuvo clavada en el sillón.

Fuera, la lluvia seguía cayendo. Sultan maulló desde el suelo, pidiendo caricias. Isabelle lo tomó en brazos, pero ni siquiera el calor del leopardo podía llenar el vacío que crecía en la habitación… y en su pecho.

(Continuará…)




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