Capítulo XIV
El baile de los buitres
Hacía semanas que Isabelle no pisaba un salón de baile, y el eco de la música que llegaba desde la mansión de la baronesa de Clichy le provocaba una mezcla de envidia y deseo. Sophie, en un último intento por sacarla de su letargo, había insistido en llevarla como su “invitada personal”.
—No lleves joyas, Isabelle —le había advertido Sophie mientras subían al carruaje—. Tu belleza es ahora tu única divisa. Úsala con inteligencia, no con soberbia.
Cuando Isabelle entró al salón, el efecto fue inmediato. Ya no era la intocable marquesa de Vaucelles; ahora era la mujer del escándalo, una aristócrata cuya caída la hacía, a ojos de los libertinos, mucho más accesible. Casi de inmediato, un círculo de pretendientes se cerró sobre ella. Eran nobles menores y hombres de fortunas dudosas que antes no se habrían atrevido ni a sostenerle el abanico.
—Madame, permitidme deciros que París ha estado a oscuras sin vuestra luz —dijo el vizconde de Valmont, un hombre de sonrisa fácil y reputación dudosa.
—He oído que vuestra nueva residencia es algo austera —susurró otro, el barón de Artois, acercándose demasiado—. Sería un honor para mí enviaros mañana mismo un juego de tapices de Aubusson para alegrar vuestras mañanas.
Isabelle sintió una descarga de adrenalina. Los halagos, los ofrecimientos de regalos, la atención constante… Era el veneno que la había alimentado siempre. Por un momento, cerró los ojos y se dejó mecer. “Sigo siendo la reina”, pensó. “Sigo teniendo el mando”. Aceptó una copa de champán y permitió que le besaran la mano un segundo más de lo necesario. Se sentía satisfecha, convencida de que si Armand no la quería, había una legión dispuesta a ocupar su lugar como “consentidores”.
Sin embargo, el hechizo se rompió al ver a René de Saint-Vire. Él estaba de guardia cerca de la escalinata, impecable en su uniforme. Su mirada se cruzó con la de ella y en sus ojos oscuros no hubo envidia, ni deseo, sino lástima. René veía lo que ella se negaba a admitir: que esos hombres no la estaban consintiendo; la estaban tasando como a una pieza de lujo en una casa de empeños.
En ese momento, la puerta se abrió y entró Armand.
No venía solo, pero tampoco del brazo de Hélène de Valois como una pareja declarada. Armand caminaba con una serenidad nueva, saludando a los presentes con una calma que Isabelle nunca le había conocido. Hélène estaba ya en el salón, conversando con su propio círculo de amistades; entre ella y Armand solo hubo una inclinación de cabeza respetuosa, un pacto silencioso de amistad y espacio.
Lo que Isabelle notó con una punzada de celos fue otra cosa: al menos tres damas solteras de la alta nobleza, jóvenes y hermosas, rodearon a Armand casi de inmediato. Ellas, que antes lo ignoraban por ser “el marido complaciente”, ahora lo veían como el partido más deseado de Francia: un hombre rico, libre y de una bondad probada.
Isabelle vio cómo una de ellas le ofrecía su abanico para que lo firmara, cómo otra intentaba captar su atención con una risa argentina. Pero Armand, aunque cortés, mantenía una distancia infranqueable. Su sonrisa era amable pero lejana. No buscaba una nueva dueña para su corazón; se notaba en su porte que estaba en ese proceso solitario de sanar, de aprender a ser él mismo antes de volver a ser “de alguien”.
Isabelle miró al vizconde que le prometía joyas y luego miró a su exmarido. Se dio cuenta de la diferencia: ella estaba rodeada de hombres que buscaban una aventura con una mujer caída, mientras que Armand estaba rodeado de mujeres que buscaban la seguridad de un hombre íntegro. Su “poder” de ser consentida era, en realidad, una forma de humillación disfrazada de seda.
—¿Os ocurre algo, madame? —preguntó el vizconde, notando su palidez.
Isabelle dejó la copa en una bandeja con un golpe seco. Miró a los hombres que la rodeaban con sus promesas baratas de regalos y luego a Armand, que ni siquiera se había dignado a buscarla con la mirada.
—Me ocurre —dijo Isabelle con voz gélida— que acabo de darme cuenta de que el precio de ser consentida por quienes no te respetan es el vacío absoluto.
Se dio la vuelta y, sin esperar a Sophie, caminó hacia la salida. Al pasar junto a René, no bajó la cabeza para seducirlo, sino que pasó a su lado con una dignidad nueva, amarga y silenciosa, comprendiendo que el tiempo de los caprichos se había terminado para siempre.
Sophie la alcanzó en el vestíbulo, preocupada.
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
Isabelle no respondió de inmediato. Se puso la capa con manos temblorosas.
—Sophie… creo que he visto la verdad. Y duele más que cualquier rechazo.
Sophie la tomó del brazo.
—Entonces es hora de cambiar, Isabelle. De verdad.
Pero Isabelle, aunque sintió el pinchazo de esas palabras, aún no estaba lista para escucharlas del todo.
FIN
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Editado: 07.01.2026