La Conspiración del Espiral - Libro 4 de la Saga de Lug

PRIMERA PARTE: Desaparecidos - CAPÍTULO 1

Frido codeó a Akir.

—¿Qué?— inquirió Akir.

Frido señaló hacia la puerta de la atiborrada posada con la cabeza. Akir la vio y abrió los ojos asombrado.

—¿Ana?— sonrió de oreja a oreja, limpiándose las manos en el delantal.

Ella sonrió también, aun parada junto a la puerta.

—¡Ana!— gritó Akir, corriendo hacia ella y envolviéndola en un cálido abrazo.

—Gusto en verte, hermano— dijo ella.

—¡Y a ti!

—Sé que es inesperado, pero decidí al fin aceptar tus reiteradas invitaciones a conocer Polaros.

—Eso es excelente.

—Aunque tal vez no elegí la mejor época— comentó ella, mirando en derredor.

La sala de la posada La Rosa estaba llena de viajeros murmurantes, comiendo y bebiendo entusiasmados, contando historias, riendo. Frido revoloteaba de aquí para allá, recogiendo pedidos, dando órdenes por un hueco en la pared que daba a la cocina, y en general, vigilando que el ambiente se mantuviera cordial.

—El negocio ha vuelto a florecer— asintió Akir—. Y Frido disfruta mucho ser una celebridad local.

—Ya veo.

—La primavera trae muchos viajeros. Pero no te preocupes, puedes quedarte en mi habitación, si no te molesta compartirla con mis cosas.

—Será un honor— dijo ella.

—¿Viniste sola?— preguntó Akir, mirando hacia la calle por la ventana.

—Sí.

—Ven, te conseguiré una mesa— dijo Akir, guiándola por la enorme sala.

Akir despejó una mesa en un rincón alejado, bajo la escalera que llevaba a la planta de arriba, y acercó dos sillas. Luego tomó la capa de Ana y la colgó en un perchero en la pared, cerca de la chimenea.

—¿Qué pasó?— le preguntó, sentándose frente a ella.

—¿Qué quieres decir?

—¿Randall no está contigo?

—Tenía importante trabajo en Aros, no podía venir.

—¿Y te dejó venir sola?

—Nada ni nadie puede prohibirme venir a visitar a mi hermano— respondió ella.

—Oh, Ana, no me digas que te escapaste sin su consentimiento... No lo hiciste, ¿o sí?

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

—Tuve que explicarle lo importante que era para mí este viaje y no fue fácil. Tuvimos una discusión.

—¿Pero todo quedó bien entre ustedes?— preguntó Akir, preocupado.

—Después de que lo sané, sí.

—¿Qué?

—Randall me sobreprotege demasiado. Necesitaba demostrarle que todo el entrenamiento al que me había sometido no era en vano, que podía defenderme sola. Así que la única forma de obtener su permiso fue retarlo a un duelo. Lo dejé escoger las armas y eligió espadas. Mala elección, soy muy buena con espadas, dagas, y en general cualquier tipo de arma blanca.

—¿Lo venciste?— preguntó Akir, asombrado.

—Sí. Aunque debo admitir que solo lo logré jugando sucio. Mientras él seguía concentrado en la pelea con espadas, tratando de no lastimarme en el proceso, saqué una de mis dagas y se la clavé en el muslo derecho.

—¿En serio?

—Debiste ver su cara, estaba tan asombrada como la tuya. Estuvo rengueando y bufando el resto de la tarde, furioso consigo mismo por haberme subestimado. Pero en el fondo se sentía orgulloso de que lo hubiera vencido.

—Lo imagino— sonrió Akir—. Es un hombre singular ese Randall, y te ama mucho.

—Lo sé— asintió ella—. Por la noche, cuando vino a dormir a nuestra recámara, me dijo que me había ganado el permiso de venir a Polaros por mi cuenta. Estuve a punto de retrucarle que era una mujer libre y que no necesitaba el permiso de nadie para hacer lo que quisiera, pero en cambio me ofrecí a curarlo. Podía ver que le dolía mucho la herida. Él dijo que se merecía el dolor por haberme tratado como a una niña y por haberme subestimado en el duelo, pero luego cedió y dejó que lo sanara. A la mañana siguiente partí hacia aquí.




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