La Conspiración del Espiral - Libro 4 de la Saga de Lug

SEGUNDA PARTE: Incomunicados - CAPÍTULO 19

Las puertas de la sala del Concejo se abrieron de golpe, y Dresden entró con el rostro serio y preocupado. No era de extrañar, ya que Dresden siempre se mostraba así en las reuniones de Concejo. Pensaba que eso le daba autoridad y le procuraba el respeto de los demás nobles.

—Ya era hora— murmuró Lord Huber, quien se hartaba fácilmente de las esperas a las que los sometía Dresden, y se hartaba aun más de las reuniones de Concejo con sus peroratas interminables y sus fantasías paranoicas.

La sala del Concejo no era tan grande ni tan majestuosa como otras salas del palacio de Dresden. Tampoco la enorme mesa ovalada que ocupaba su centro y en torno a la cual se sentaban los nobles consejeros, era de la madera más fina. Las sillas no tenían detalles en oro o piedras preciosas, y el terciopelo negro del tapizado estaba ya un poco descolorido. Lord Huber no sabía si Dresden mantenía la sala en estas sobrias y austeras condiciones para reflejar la seriedad de los asuntos que proponía tratar en sus reuniones, o simplemente para hacer creer que los tesoros de Colportor no eran tan abundantes como todos creían y que era absurdo exigir que Dresden invirtiera los tributos nobiliarios en ayudar a los propios nobles que hacían los aportes. O tal vez el rey quería que quedara bien en claro que sus pares nobles no merecían un trato mejor porque no estaban a su altura. Sí, probablemente era esto último.

El Conde de Vianney, que había escuchado el comentario de Lord Huber, le lanzó una mirada de desprecio. Huber no se inmutó. Estaba acostumbrado a sufrir el desprecio de todos. La forma en que conducía sus asuntos no les caía bien a los demás. A Huber no le importaban las opiniones de sus pares, tenía su propia agenda y todo lo que quería era cumplirla. Las objeciones bobaliconas de los miembros del Concejo en cuanto a sus métodos le tenían sin cuidado.

El Conde de Vianney tenía la reputación de ser el hombre más magnánimo y compasivo entre los nobles, siempre preocupado por los aldeanos que vivían en los alrededores de su castillo, siempre pronto a socorrer a los pobres y desgraciados. Se rumoreaba incluso que su segunda esposa, que llevaba con él ya varios años, había sido una muchacha desconocida y sin familia que Vianney encontró merodeando perdida hacia el sur de sus tierras. Para Huber, el altruismo de Vianney era solo debilidad.

Pero así como a Huber le tenían sin cuidado las opiniones de Vianney, al conde no le importaba tampoco que Huber lo considerara un pusilánime demasiado blando para ser noble. Vianney consideraba que la misericordia solo la podía prodigar alguien con una fortaleza superior, y que en ese caso, Huber era una vergüenza para los de su clase.

A la derecha de Vianney, estaba sentado su hijo, el joven Franz. Vianney había comenzado a arrastrar a Franz a las reuniones de Concejo cuando éste cumplió la mayoría de edad. Su intención era educar a Franz en los asuntos de estado. Pero Franz no mostraba el más mínimo interés en la política, y al principio, se había negado vehementemente a acompañar a su padre hasta Colportor para aquellas aburridas reuniones. Vianney lo había arrastrado prácticamente a la fuerza las primeras veces, y luego comenzó a notar que Franz se oponía cada vez menos a acompañarlo. Por un tiempo, Vianney pensó que su hijo había madurado y comenzaba a tomar responsabilidad como su heredero. Pero pronto se dio cuenta de que el interés de Franz estaba en otro lado. A pesar de los esfuerzos de Franz por ocultarlo, Vianney comenzó a notar las miradas de su hijo hacia la muchacha sordomuda que servía las viandas en las reuniones.

La muchacha era amable, y aunque la tuvieran por retrasada mental, sus ojos reflejaban gran inteligencia y entendimiento. Vianney no se oponía a que su hijo se fijara en alguien así, después de todo, posteriormente a la muerte de la madre de Franz, él mismo había tomado por segunda esposa a alguien que no era de noble cuna. Pero Vianney trató de desalentar a Franz en cuanto a su interés en ella, porque veía que aquella muchacha era una de las sirvientas favoritas de Dresden, lo cual dejaría automáticamente fuera de competencia a Franz. Hasta el incidente del vino…

Aquel fue un evento muy difícil de soportar sin intervenir. Vianney tuvo que sujetar a su hijo del brazo con tanta fuerza para que Franz no corriera a salvarla, que estuvo a punto de quebrárselo. Franz tuvo muchas dificultades para ocultar su furia y sus lágrimas ante la sentencia de Dresden para la pobre muchacha. Después de que la muchacha y su madre fueron removidas de la sala aquel fatídico día, Vianney tuvo que excusarse y llevarse a su hijo de la reunión antes de que el muchacho se lanzara al cuello de Dresden.

Después de eso, Franz ya no quiso asistir más a las reuniones. Le partía el corazón ver a la muchacha mutilada y quebrada, y no podía soportar la culpa de no haberlo impedido. Vianney juzgó oportuno que su hijo no volviera a ver a Dresden por un tiempo. Temía que en un arranque de ira, lo matara allí mismo en la sala del Concejo.




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