La Conspiración del Espiral - Libro 4 de la Saga de Lug

SEXTA PARTE: Usurpadores - CAPÍTULO 105

—Tira— le pidió Lug a Luar.

El unicornio resopló y avanzó con todas sus fuerzas hasta que la cuerda atada a los barrotes arrancó la reja.

—Bien hecho— le acarició el hocico Lug, mientras le sacaba la soga del cuello.

Ana volvió a asomarse por la ventana, metiendo la cabeza y medio cuerpo.

—Akir, ven— lo llamó, extendiendo su mano para ayudar a su hermano a subir.

—Ana…— comenzó Akir, angustiado—. No puedo…

Fue entonces cuando Ana vio las piernas de Akir. Lágrimas de rabia comenzaron a correr por sus mejillas.

—¡Oh, Akir! ¡Cortaré en pedazos al maldito que te hizo esto!— prometió.

—¿Qué pasa?— preguntó Dana desde afuera.

Ana sacó la cabeza del hueco y se volvió hacia ella:

—¡Esa bestia execrable le ha cortado los pies!

—¡Por el Gran Círculo!— exclamó Dana.

Sin perder tiempo, Ana metió los pies por la estrecha abertura y saltó adentro de la celda. Dana y Lug la siguieron sin demora. Ana abrazó a Akir y los dos lloraron, descargando la tensión largamente acumulada.

—¡Qué gusto verte hermana! Llegué a pensar que nunca me encontrarían, que moriría aquí.

—El tiempo está desfasado— le explicó Ana—. Para mí fueron solo unas semanas, ¿cuánto tiempo pasó para ti?

—Casi seis meses— respondió él.

—Lo lamento tanto— lloró ella—. Salí tras de ti al día siguiente de tu secuestro, pero encontrarte no fue nada fácil.

—No importa— replicó él—, nada importa si estás aquí, sana y salva.

—La pesadilla terminó— le aseguró Ana—. Solo déjame restaurar tus pies y te sacaremos de aquí.

Akir asintió. Ana se sacó la cinta que ataba su cabello y se acercó a Akir para amordazarlo.

—Esto es solo una precaución— explicó Ana—, es para que los guardias no escuchen los gritos.

—Eso no será necesario— la detuvo Lug—. Podemos trabajar juntos.

—¿A qué te refieres?

—Puedo desconectar los centros de dolor en su cerebro mientras trabajas. Akir no tiene por qué sufrir más de lo que ya ha sufrido.

—Gracias, Lug— le sonrió Ana—. Será un placer trabajar contigo.

—Para mí también— le respondió él, su mal humor parecía haberse evaporado por el momento.

Mientras Ana tomaba suavemente los muñones en las piernas de Akir, Lug se puso del otro lado y apoyó dos dedos en las sienes del muchacho. Akir comenzó a sentir que el cuerpo se le relajaba, y pronto percibió que flotaba como sobre un colchón de aire. Su mente comenzó a adormecerse, y lo invadió una sensación de bienestar y seguridad. Cuando Lug estuvo seguro de que Akir estaba anestesiado, le hizo una señal a Ana para que empezara a trabajar en la restauración de los pies. El trabajo duró un poco más de media hora. Dana se dedicó a vigilar la puerta de la celda, puñal en mano, en caso de que a algún guardia se le ocurriera interrumpirlos.

Lentamente, Akir volvió a la conciencia y vio a Ana sentada en el suelo, junto a la cabecera de su camastro, el rostro agotado pero sonriente.

—¿Estás bien?— le preguntó Akir, preocupado.

—Muy bien— le sonrió ella con un suspiro cansado—. Solo necesito un momento.

—Mientras Ana descansa— le propuso Lug—, podrías probar tus nuevos pies.

Akir se apoyó sobre un codo y se atrevió apenas a mirar sus piernas. En los últimos seis meses, cada vez que las miraba, lo invadía una intensa angustia y no podía evitar largarse a llorar, desconsolado. Esta vez, también hubo lágrimas, lágrimas de alivio, lágrimas de alegría, al ver sus pies.

—Es increíble— murmuró extasiado—. Te vi hacer este tipo de cosas muchas veces en Faberland… y aun así, sigue siendo igual de increíble.

Akir movió sus piernas con cuidado, despacio, casi esperando algún tipo de dolor, pero no había dolor alguno. Lug se había encargado de protegerlo de más sufrimiento, de más tortura. Se sentó en la cama y bajó los pies al suelo. Los apoyó tentativamente y sintió el frío del piso de piedra bajo sus pies.

—Pensé que nunca volvería a sentir el suelo bajo mis pies— murmuró—. Algo tan simple, algo a lo que nunca le había dado importancia…

Lug pasó un brazo por debajo de las axilas de Akir y lo ayudó a ponerse de pie. Akir dio unos pasos tentativos, emocionado.

—¿Qué pasó con Frido? ¿También está aquí?— preguntó Ana.

—No lo sé. Nadie parece saber de él, o tal vez no quieren decírmelo— respondió Akir—. La última vez que lo vi fue en el bosque de los Sueños. Overkin lo tenía atado a un árbol y lo obligó a ver cómo me cortaba un pie de un hachazo. Me desmayé con el dolor y cuando volví a la conciencia, Frido ya no estaba con nosotros. Le supliqué a Overkin que me dijera lo que había hecho con él, pero nunca se dignó a contestarme. Y cuando insistí demasiado, simplemente me drogó para mantenerme dormido hasta que me encerró en esta celda.




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