La Conspiración del Espiral - Libro 4 de la Saga de Lug

OCTAVA PARTE: Mancomunados - CAPÍTULO 143

Juliana se levantó de la mesa y corrió hacia Lug, abrazándolo con fuerza.

—Estaba tan ansiosa por volver… y ahora me cuesta horrores despedirme— le murmuró ella con lágrimas en los ojos.

—Este no es un adiós para siempre, Juliana— la animó él—. Si Humberto encontró la forma de manipular el cristal de la cúpula, este es solo el comienzo de una relación entre mundos.

—¿Qué quieres decir?

—Que probablemente pueda ir a visitarlos— le sonrió Lug.

—¡Eso sería genial!— exclamó Augusto, que estaba conversando con Llewelyn del otro lado del comedor.

—¿Y yo también podría ir?— inquirió Llewelyn.

—Claro— aseguró Lug.

—No nos precipitemos tanto— intervino Humberto, que había estado estudiando unos diagramas en la mesa—. Una cosa es un viaje de ida al bosque de Walter, y otra muy distinta es convertir el lugar en una estación de tránsito.

—Entiendo— trató de calmar su entusiasmo Lug—, lo que digas, Humberto.

Humberto se lo quedó mirando: ¿Lug le estaba dando autoridad sobre los viajes con la cúpula? Un sentimiento que nunca había tenido lo invadió de pronto, por primera vez, era el depositario de la genuina confianza de otros.

—Bueno— se frotó las manos Lug—, ¿están listos?

—Sí— asintió Juliana—, solo estábamos esperándote a ti para que nos acompañaras hasta la cúpula.

—Será un honor— hizo una reverencia Lug.

Juliana rió y lo abrazó de nuevo.

Los cuatro partieron hacia la cúpula, junto con Dana. Llewelyn y Augusto iban más adelante, charlando y aprovechando sus últimos momentos juntos. Luego les seguían Dana y Humberto con un rollo de papel bajo el brazo con los diagramas para programar el cristal central. Más atrás iban Lug y Juliana del brazo.

—¿Cómo te fue con lo de tu madre?— le preguntó Juliana a Lug.

—Tan bien como era de esperarse.

—Lamento que ella no haya sido lo que esperabas, Lug.

—Yo también— respondió Lug un tanto sombrío—. Escribí unas cartas cuando venía de camino hacia aquí— dijo luego para cambiar de tema, y sacó las misivas lacradas, dándoselas a Juliana.

Ella leyó los nombres de los destinatarios: Walter, Nora, Mercuccio, Luigi, Allemandi y Bruno.

—Estas cartas serán un gran tesoro para ellos— sonrió Juliana.

—Diles que haré todo lo posible para poder ir a visitarlos algún día.

—Gracias, Lug— lo besó ella en la mejilla—, por todo.

—Gracias a ustedes dos también— le respondió él.

En una media hora estuvieron frente a la cúpula.

—Es hora— dijo Lug, observando los destellos azulados de la increíble energía acumulada del portal.

Juliana suspiró un largo suspiro, su corazón dividido entre volver a casa y abandonar a Lug.

—Te voy a extrañar— se lanzó al cuello de él.

—Yo también— le murmuró él.

—Luigi estará furioso por no haber podido ser parte de esta aventura— rió ella entre lágrimas.

—Seguramente— sonrió él—. Este adiós no es para siempre, Juliana…

—Lo sé. Sé que eres bueno con los imposibles, así que esperaré tu regreso— y luego a Dana: —Ha sido un gran honor y privilegio conocerte.

Dana la abrazó con cariño:

—Nunca tuve la oportunidad de agradecerte que lo hayas cuidado en el otro mundo, que lo hayas ayudado a volver a mí— le dijo.

—Fue un placer— le respondió Juliana—. Bueno, no todo el tiempo —bromeó—, pero en general fue un placer, ya sabes cómo se pone Lug cuando está contrariado, pero es un gran hombre.

—Sí, lo es— asintió Dana—. Te deseo lo mejor.

—Gracias.

—Augusto— lo llamó Lug.

El muchacho se despidió de Llewelyn y avanzó hasta Lug.

—Ha sido un honor conocerte. Eres un hombre valiente. Protege a tu madre— lo abrazó Lug.

—El honor ha sido mío, padrino— le respondió Augusto—. Espero que podamos volver a vernos algún día.

—Estoy seguro de que así será— le palmeó la espalda Lug.

Juliana y Augusto se volvieron hacia Humberto, esperando sus instrucciones.

—Necesitamos estar en contacto físico para entrar— les dijo Humberto, extendiendo sus manos.

Juliana tomó la mano derecha de Humberto y Augusto la izquierda. Humberto avanzó lentamente hacia la cúpula. Instintivamente, los tres tomaron aire como si se fueran a sumergir en agua y penetraron la capa de poderosa energía, desapareciendo de la vista de Lug, Dana y Llewelyn.

Lug esperaba un estruendo, un centelleo intenso de luz, algo… pero la cúpula no mostró ninguna señal de haber abierto un portal a otro mundo. ¿Habría funcionado? Lug comenzó a impacientarse. Dana enlazó su brazo con el de él:




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