La Conspiración del Espiral - Libro 4 de la Saga de Lug

OCTAVA PARTE: Mancomunados - CAPÍTULO 157

Los sirvientes iban y venían con enormes bandejas, sirviendo a los ilustres invitados en el banquete. Una música bucólica y triste se desprendía de un grupo de músicos con violines y flautas. De pie, en el enorme salón, había dos grupos bien definidos: los del norte del lado derecho y los del sur del lado izquierdo. Todos parecían estar a disgusto en el lugar y cruzaban miradas incómodas y recelosas.

—Esto no funciona— suspiró Ana.

—Dales tiempo— le recomendó Randall a su lado.

—Estoy segura de que todos tienen muchas preguntas para hacerles a los del otro bando, y sin embargo, no se atreven a hacerlas— dijo Ana.

—No son las preguntas lo que temen formular— explicó Randall— sino las respuestas. Ninguno de los dos grupos quiere en verdad revelar detalles de sus recursos y flaquezas, y exponerse a debilitar su posición.

—El único que no parece tener problemas con eso es Frido— comentó Ana, señalando con la cabeza al posadero-periodista de Polaros que charlaba animadamente con un rígido Filstin.

—Bien por él— concedió Randall—, pero creo que en cualquier momento, Calpar va a amordazarlo, a juzgar por las miradas que le dirige y las señales que Frido parece ignorar a propósito.

—No quería que esto se diera así— meneó la cabeza Ana.

—La desconfianza inicial es normal, Ana. Creo que las cosas están saliendo demasiado bien, considerando que ambos bandos han sido corrompidos con historias deformadas sobre las intenciones de cada uno.

—Tal vez tengas razón— concedió ella.

A unos metros de Ana y Randall, Filstin frunció el ceño al ver a Frido vaciar su cuarta copa de vino.

—¿Y qué es exactamente un periosista?— inquirió Filstin.

—Periodista— lo corrigió Frido—. Un periodista, mi querido barón, es una persona encargada de mantener informada a la gente.

—¿Informada sobre qué?

—¿Sobre qué? ¡Sobre todo, por supuesto! Desde las grandes epopeyas históricas hasta los pequeños detalles triviales de todos los días. Puede decirse que un periodista es el guardián de la historia de la humanidad.

—Parece un puesto importante.

—Muy importante, sí. Mis servicios son siempre requeridos por muchas personas. Es un trabajo duro, debo admitirlo, pero también es mi más grande pasión. ¿Ve esto?— dijo Frido, mostrando un cuaderno negro que llevaba colgado de su hombro con un cordón de cuero—. Nunca voy a ningún lado sin él. La historia ocurre en todos lados, y debo estar atento y tomar notas.

Filstin sonrió y detuvo a uno de los sirvientes que pasaba con una botella de vino.

—Más vino para mi amigo, por favor— le dijo al sirviente, quien enseguida llenó la copa de Frido. Luego, Filstin levantó su propia copa a medio llenar: —¡Brindo por el periodismo!

Con una gran sonrisa, Frido chocó su copa con la del barón y la vació casi de un solo trago.

—Me interesa mucho conocer sobre la historia del norte— dijo Filstin, casual—. ¿Cree que podría contarme algo sobre eso?

—¡Oh, por dónde empezar!— suspiró Frido—. Tantas cosas… Ah, ya sé, le contaré una historia que le interesará mucho, la única historia en la que fui más que un observador, la historia en la que fui un importante protagonista de los eventos: la guerra de Faberland.

—Suena interesante.

—Y lo es— asintió Frido con entusiasmo—. Yo me había visto obligado a huir de mi amada Polaros y me había refugiado en Kildare. Por aquel entonces, todavía gobernaba el rey Neryok, padre de Ifraín. Buen rey, Neryok, una lástima lo de su muerte unos meses atrás. Su hijo es también un perfecto caballero, pero no es lo mismo. Neryok era… cómo decirlo, no tan impulsivo como su hijo. Aunque Ifraín ha madurado con los años y ya no es el inestable joven que era. Y le contaré algo que nadie sabe, un secreto que si se supiera… bueno, causaría muchos roces entre gente poderosa…

Filstin se inclinó interesado.

—Ifraín intentó propasarse con Tarma, la esposa de Eltsen— le dijo Frido al oído—. Tarma había ido a Kildare a buscar ayuda para su esposo, e Ifraín malentendió las cosas, ya sabe, la sangre joven…

—¿Y cómo reaccionó Eltsen?— quiso saber Filstin.

—¿Eltsen? Eltsen no estaba bien de la cabeza cuando esto pasó. No, no, la cuestión no es cómo reaccionó Eltsen, sino cómo reaccionó Tarma. El atrevimiento casi le cuesta la vida a Ifraín. La moraleja es, amigo, nadie se mete con Tarma, ni le toca un solo pelo si no quiere terminar castrado, ¿me entiende?

Filstin asintió, aunque no entendía bien por qué aquel incidente era relevante en la historia de una guerra.

—Entonces, ¿Kildare y Faberland fueron a la guerra por este asunto con Tarma?

—¿Qué? ¡Claro que no! ¿Cree que Tarma permitiría que se armara una guerra por su causa?




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