
El invierno nuclear había levantado su manto de ceniza y horror. Dos años. Setecientos treinta días contados meticulosamente en las paredes de acero de su búnker, mientras afuera el mundo se moría de frío. Pero ahora, el dosímetro, ese aparato que había sido su oráculo personal durante tanto tiempo, marcaba unos niveles ínfimos, casi naturales. La radiación había desaparecido.
Robert, un hombre de treinta y ocho años con la prudencia tatuada en los ojos marrones y el cabello castaño oscuro ya salpicado de algunas canas prematuras, contempló la aguja. ¿Arriesgar o no arriesgar? Siempre lo había sentido, una corazonada sorda y persistente que le advirtió durante toda su vida anterior que el mundo de los mortales tarde o temprano se desmoronaría. Y se preparó para ello sabiendo que ningún manual, ningún plan, podía prepararlo para el momento de abrir la escotilla hacia la tan aterradora superficie.
Con un crujido sibilante, la pesada puerta de metal se abrió. La luz del día, pálida pero increíblemente real, lo cegó. Dio un paso fuera, sobre la tierra gridácea agobiada por el apocalipsis. Su traje antiradiación parecía una reliquia ridícula en la quietud del momento. Con un gesto que combinaba la temeridad y la necesidad suprema, se desabrochó el casco y lo dejó caer al suelo como liberándose de un gran peso.
El aire le golpeó el rostro. Frío, sí, pero puro. Limpio. No olía a quemado, a muerte, a química. Olía a… la libertad. A página en blanco. Aspiró hondo, llenando sus pulmones por primera vez en dos años con algo que no fuera el aire reciclado del refugio. Ese primer aliento fue un acto de fe, algo así como un renacimiento.
—¡Puedo respirar! —se dijo a sí mismo, y la voz sonó extraña, nueva, en el silencio absoluto—. Por fin.
No era el único. Como flores que brotan tras un incendio, otras figuras emergían de refugios, de grietas en la tierra, titubeantes, deslumbradas. Todos miraban al cielo, a un sol que ya no estaba velado por la sucia cortina del invierno nuclear. Un sol claro, aprendas ofensivo en su normalidad. El mensaje era tácito pero universal: la pesadilla se había acabado. ¿Y ahora qué?
Esa misma tarde, la respuesta instintiva fue el calor. Alguien, en un claro entre los escombros de lo que alguna vez fue una ciudad, encendió un fogón. La hoguera crepitó, chisporroteó, y su llamarada fue un faro para las almas dispersas.
Sin mediar palabra, sin propuestas ni programas, los sobrevivientes se congregaron alrededor. No eran muchos, quizás unos cincuenta que cantaban canciones cuyas letras apenas recordaban; se abrazaban con la fuerza de quien ha esquivado a la muerte, sus risas sonaban frágiles pero genuinas. La política, ese fantasma del mundo viejo, parecía una palabra prohibida, un veneno que nadie quería mencionar.
Robert los observaba desde la penumbra. Sabía que ese momento de reconciliación humana era SU momento. La anarquía que tanto había temido era una bestia dormida, y si él no hablaba, tarde o temprano llegarían los que sí lo harían, con discursos simples y puños de hierro, para llevarse a la gente detrás de sus proyectos. El mundo destruido no tenía ningún orden. No había estados, ni títulos de propiedad. Era tierra de nadie, un lienzo en blanco para el primer pintor con suficiente valor… o brutalidad.
—¡Estimados sobrevivientes! —su voz cortó la música y las risas como un cuchillo—. Pido la palabra.
El círculo se volvió hacia él, las caras expectantes, algunas molestas por la interrupción experimentando el frío y el asombro.
—Me llamo Robert. Encantado de conocerlos —comenzó, conteniendo el temblor de sus manos—. Estoy aquí como ustedes para celebrar la victoria del deseo de vencer a la muerte que nos impusieron los enemigos de la humanidad. Esos que, oprimiendo botones, lanzaron misiles y aniquilaron el espíritu humano.
Hizo una pausa, midiendo el ambiente. No veía convicción, solo una curiosidad vacilante.
—Les propongo organizarnos. ¡Construyamos un mundo nuevo! Un mundo sin opresión, en solidaridad y en armonía con la naturaleza. Tengo un programa de acción, un plan para la vida y el desarrollo de las generaciones futuras. Si creen en mi proyecto, podemos lograrlo.
La multitud lo miró atónita. Después de la tensa pausa, un coro de risotadas estalló, nerviosas, incómodas.
—¡Mejor relajate, pibe! —gritó un viejito con una sonrisa desdentada—. Vení a bailar con nosotros. Eso sí cura todo.
Robert sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La derrota, amarga y familiar, le recorría el pecho. No sería la primera vez que no lo tomaban en serio. La gente, evidentemente, no estaba para discursos esperanzadores. Aún no acababan de concientizar el hecho de que eran libres de nuevo.
Fue entonces cuando el rugido de los motores destrozó la frágil paz de la noche. Tres poderosas motocicletas, máquinas de acero cromado y neumáticos gruesos, unos monstruos mecánicos que parecían haber sobrevivido al apocalipsis por pura terquedad, irrumpieron en el claro. De ellas se bajaron tres individuos que emanaban una violencia tan palpable como el calor del fuego. Iban vestidos con cuero grasiento y sus miradas contemplaban el grupo de sobrevivientes con desprecio.
El que parecía el líder era un tipo corpulento, con una barba desaliñada y unos ojos pequeños y penetrantes que no reflejaban más que un hambre voraz por el dominio. Tenía el aspecto del típico lumpen, alguien a quien el fin del mundo no había hecho más que darle la razón para desatar su naturaleza depredadora.
—¿Quién está al mando acá? — con una voz asquerosa hizo una pregunta que los sobrevivientes tenían miedo de contestar.
Nadie respondió. Ni siquiera Robert, que se había quedado paralizado.
—Acabamos de reunirnos —se atrevió a decir una mujer joven, de no más de veinte años, con la voz temblorosa.
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Editado: 07.02.2026