La corona de la Emperatriz

Capitulo XI: (parte final): Regalos

Pasillo, la emperatriz y el emperador…

Ella vestía un vestido color caoba que la hacía ver jovial y con un aura fresca, se veía como una dulce princesa que apenas se adentraba en el mundo social. 

Su andar era elegante y se podía apreciar un leve movimiento de caderas cuando caminaba.

Sus escoltas caminaban detrás de ella con la mirada en sus pasos, conscientes de que su atuendo no era para nada de su gusto. Era una imagen nueva de ella, pero no la ideal.

El asistente imperial caminaba a su derecha sosteniendo las insignias para los ganadores. Miro a la Emperatriz y la tristeza lo volvió a invadir al mirar su corona.

La corona era simple si se comparaba con la de su esposo con el único detalle que parecía que se fundía en su cabeza, gotas hechas de oro solidificado le recorrían el rostro y le daban un toque extravagante. Era como si llevara un velo hecho de lágrimas de oro. Una imagen que no tenía mucho significado, pero sí que sería una premisa a lo que realmente sucedía dentro del palacio.

“La corona lloraba”

Pronto todos lo entenderían.

Eider se detuvo.

Clyde miro a su esposa.

Y el final comenzó.

—¿Y ese vestido? — Tomo un poco de la tela de la falda del vestido y la alzo, los dos asistentes apretaron los dientes ante su descortesía.

—Lo elegí pensado en tu regalo—El emperador la miro extrañado de sus palabras—. El que me diste esta mañana.

—Creo que te confundes, no te he dado nada—Le responde de forma desinteresada y sin importarle lastimar la reputación de su esposa— Tanto trabajo hace que olvides las cosas.

—Pienso que es lo contrario— Responde con voz suave su esposa—Como podría ignorar ese regalo que has estado guardando para mí por más de 7 años.

Se acerca para mirarlo mejor, se detiene enfrente de él y le dedica una sonrisa. Sus ojos son ocultados por las gotas de la corona y es mejor que sea así, porque de lo contrario todos verían las venas negras que sobresalen en la comisura de sus cuencas y como sus iris se oscurecen.

—Eider, ya—Le sujetó del brazo, los escoltas de la Emperatriz se movieron ante la acción, pero con una mano apaciguadora ella los detuvo—Si quieres un regalo te lo daré, pero deja ya de hacer esto…

Observa con atención sus orejas, ella ladea su cabeza y un suave tintineo es suficiente para hacer que el Emperador la suelte abruptamente. Ahora sus palabras tenían sentido.

Empezó a sudar como si hubiera estado corriendo por mucho tiempo, y su mirada pasaba rápidamente de los aretes a la boca de su esposa. Parecía que decía palabras, pero no podía escucharlas. La fiebre se apodero de su cuerpo.

El toque de ella lo regresó a la realidad.

—Clyde—Lo sujetaba de la muñeca, y lo invitaba a seguir caminando. Él no decía nada—. No imagina que fueras tan detallista.

—¿Desde cuándo? —Pregunto por fin deteniéndola.

—Se más específico—Lo hizo seguir caminando, porque no quería detenerse y terminar en una conversación que aún no deseaba tener— No sé si te refieres a los aretes o al otro “regalo”—. Clyde sintió que su paciencia se esfumaba.

Al ver que no respondía ella tomo la iniciativa y le dijo lo que tanto anhelaba escuchar. Pronto se arrepentiría de haber preguntado.

—Los aretes los descubrí por un error de mis criadas personales, ahora me arrepiento de darles vacaciones a mis damas de honor—acaricia la mano de su esposo y este tiembla cuando lo hace—. Lo otro desde el día de la boda.

—Yo puedo explicarlo, yo…—Ella clava una de sus uñas en su mano y él suelta un quejido —. Eider por favor.

—Sé que puedes explicarlo, pero si hubiera querido eso te hubiera pedido que lo hicieras desde hace mucho tiempo—Dice tranquilamente y entonces lo sujeta con fuerza—. Ya se lo había advertido a tu padre, el silencio de un Nitel es peor que un arma cargada.

—¿Qué sucederá ahora? —Preguntó, pero ya sabía los posibles caminos que le esperaban.

—Iremos a la competencia, obviamente—Resto importancia a su preocupación.

—Pero…

—Lo hablaremos en la cena—Lo interrumpió, viendo que su control era absoluto ella decidió mostrar la penúltima de sus cartas—. Esta competencia será interesante, es una lástima que Nerea no pudiera llegar a la final.

—¿Por qué es una lástima? —tomo de los brazos a la Emperatriz, la corona en su cabeza se movía violentamente mientras sacudía a su esposa—¿Por qué es una lástima?

No tuvo que preguntar más, al sacudirla vio en sus ojos la respuesta. Ella solo le sonrió y fue su primera sonrisa sincera en el día, el retrocedió hasta pegarse a un muro donde unas lágrimas empezaban a resbalar por su rostro. Ella se acercó a él y le acaricio el rostro.

—Vamos, la competencia no puede iniciar con nosotros—él alejo su mano de su cara con un golpe. Ella lo sujeto con fuerza y lo obligo a seguirla—No solo sabía de ella, Clyde. Así que mide tus acciones desde ahora.




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