La Corona De Las Profundidades

CAPITULO 1: Abandono

Cerca del Ojo de las Tormentas

El barco se sacudía con vehemencia, Kai degustaba una serie de frutos afrodisíacos en su elegante mesa mientras los acompañaba con una copa del vino más exquisito proveniente de una de las más selectas cepas de Mekari.

Miró a su acompañante en la mesa que temblaba peor que una gelatina intimidado por el siniestro capitán de las Calaveras Tempestuosas, que lo miraba fríamente por encima de su copa mientras se debatía si matarlo lentamente o lanzarlo por la borda.

Perdonarle la vida sería igual a mostrar piedad o algún vestigio perdido de humanidad, algo de lo que Kai carecía desde hace demasiado tiempo.

Era demasiado orgulloso para admitir que era así desde que ella se había ido, que desde esa noche se había arrancado el corazón y lo había sellado en lo profundo del abismo.

—Entonces dime mi querido Samir—, dijo con una voz presuntamente dulce—. Dime...¿Cómo se supone que debo castigarte?—, su tono era plausible y calmado lo que resultaba siniestro y perturbador.

Samir temblaba como hoja sacudida por el viento durante el otoño carmesí, la mirada inquisidora del capitán pirata, su piel tostada como la canela brillaba por el sudor que le perlaba la frente.

—. Capitán...Por Shemesh piedad—, imploro mientras este se acercaba a él lentamente la copa de vino aún en su mano, su larga gabardina negra de cuero ondeaba a su espalda, las luces titilaban a cada paso que daba y pequeños relámpagos de color gris y azul crepitaban a su alrededor.

Samir intentó levantarse pero los relámpagos lo volvieron a sentar en su lugar mientras le dejaban graves quemaduras en la piel de los hombros. Kai llegó hasta él, sus ojos brillaban similares al color de las nubes en medio de un feroz huracán.

—. Se te acabó el tiempo Samir—, los relámpagos saltaron sobre el hombre sin darle tiempo de nada más que de gritar y retorcerse del dolor hasta el agonizante final, Kai miró con fastidio el cadáver a su alrededor la mesa estaba quemada, la comida completamente carbonizada mientras que parte de la mesa aún ardía y lo haría durante un rato más hasta que se reparara mágicamente.

Abrió las puertas dobles que daban hacía la cubierta, los tripulantes se enderezaron poniéndose en guardia ante la salida de su capitán nadie tenía autorizado hablarle a su capitán si él no hablaba primero.

Kidd Andrews, se acercó a su capitán era el único que podía hablarle directamente sin recibir una sentencia de muerte. El cabello dorado le caía en capas sobre los hombros, traía una camisa blanca de lino con los puños arremangados hasta los codos y la camisa ligeramente entreabierta mostrando su pecho.

—. Llegaremos pronto a los Corales Susurrantes—, informó, Kai asintió.

—. Infórmame cuando estemos cerca del Ojo de las Tormentas—, dijo pasando de largo y caminando hacia su oficina, los dibujos permanecían esparcidos por el escritorio y algunas botellas de vino rodaban de un lado al otro por toda la habitación.

La mayoría de sus dibujos eran retratos de ella, de ese cautivador rostro de ángel al que había apodado Malaika, era una hermosa diosa de cabello blanco y desde que se había ido había atormentado todas y cada una de sus pesadillas.

Aún podía recordar esos hermosos ojos verde azulado y esa piel tan suave como la seda. Recuerda ese olor a fresa que lo hipnotizaba y seducía, recuerda su hermosa sonrisa que iluminaba cada parte de su vida, y después...Después de todo lo compartido, ella simplemente se fue.

Lo abandonó sin dar más explicaciones.

Llevándose con ella cada parte de su corazón, dejando nada más que un cascarón vacío, roto y fragmentado.

Kai suspiró, como si con ello quisiera sacudirse y limpiarse todo el dolor, tomó uno de los tantos dibujos y sacó una botella de ron del cajón. Quitó el corcho y tomó directo de esta mientras admiraba el dibujo de ella.

Perdiéndose en medio de la neblina de sus pensamientos, atormentado por los recuerdos de la mujer que tanto amo.

🌊

Las profundidades eran frías, solitarias y plagadas de monstruos, ella era su soberana desde el hostil Trono de los Huesos, hace diez años durante la Guerra de Sirenia entre las Cuatro Naciones Submarinas ella reafirmó su título.

Ahora el Trono de los Huesos y el mundo de las Profundidades pesaba sobre sus hombros, su posición como la Princesa Sirena era indiscutible y nadie se atrevía a desafiarla temían de su control sobre las Bestias el poder con el que había nacido era monstruoso.

Temibles bestias como el kraken o el leviatán se doblegaban con sumisión ante su voluntad, incluso los dioses temían de ella, temían ofenderla y enfrentarse al infortunio.

Krabbe, el más temibles kraken permanecía a su lado, sus tentáculos violeta azulado permanecían cerca de ella protegiendo su terrorífico trono. Se habían conocido cuando ambos eran muy pequeños, ella lo había salvado de las redes de unos pescadores cerca del vórtice del Ojo de las Tormentas y desde ese momento le había jurado lealtad hasta el fin de los tiempos.

La Corona de las Profundidades la mantenía condenada a una existencia de soledad eterna, alguna vez se enamoró y desde ese momento pensaba que el amor era una debilidad.

Sus responsabilidades se interponen ante los deseos de su corazón, los rumores se corrían como la bruma llegando hasta sus oídos.

Sabía que la estaba buscando por los Nueve Mares, más ella nunca le había revelado su verdadera identidad, jamás le había dicho que era la Princesa Sirena, Soberana de los Mares y Reina de las Profundidades.

Él buscaba una sirena común, una más entre los mares. Kallista se levantó del trono caminando por la imponente sala hasta una cajonera antigua de donde sacó un espejo lleno de caracolas al pasar su mano sobre este le reveló la imagen de su amado.

Kai se encontraba dibujando siempre había tenido talento para las artes, algo que ella siempre le había admirado. Acarició el espejo como si pudiera teletransportarse a través de este y llegar a él repasando el contorno de su rostro.




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