El amanecer ya había acabado cuando Kaelira regresó a sus aposentos. El eco de sus pasos resonaba en aquellos pasillos vacios que tenia el palacio.
Teath, su asistente, estaba acomodando pergaminos y mapas sobre la mesa central cuando levantó la vista y frunció el ceño.
—General… su capa está llena de gotas. ¿Ha estado en los jardines otra vez?
Kaelira dejó la capa sobre el respaldo de una silla, sin responder de inmediato.
—Es la única parte del palacio donde uno puede respirar —dijo al fin, con una voz tan serena que parecía inquebrantable.
Pero Teath no se dejó engañar. Caminó hasta ella con un paquete de correspondencia en las manos.
—Respirar… o envenenarse con ciertas compañías —comentó, dejando las cartas sobre la mesa —Mi General, los rumores vuelan en Etalón.
Kaelira no reaccionó, pero su mirada se endureció un instante. Rompió el sello de un pergamino con el emblema de la Santa Sede y leyó en silencio.
El mensaje era corto de la Sede de los Silentii, mi hogar, casi urgente:
Hubo un movimiento de tropas en la frontera norte.
Marelio a concentrado fuerzas cerca del Paso de Arhendral.
Vigilancia inmediata en caso de algun ataque contra Etalón.
Orden de la Santa Sede y del Emperador para que empiezes a armar preparativos del despliegue y reconocimiento.
Kaelira dobló el pergamino y lo guardó en su cinturón.
—Teath, avisa al segundo batallon. Que se preparen para partir antes del anochecer.
—¿De nuevo hacia el norte? —preguntó la asistente, notando el cambio en la mirada de su General.
—Sí. Preparate para liderar al tercer batallon en caso de emergencia.
Palacio de Etalón - Sala especial de la Emperatriz.
Almir está sentado con su madre, en un ambiente más íntimo. Ella, aunque serena, aún está un poco perturbada por la visión que tuvo hace unos instantes. El aunque a notado como su madre se tensaba mientras sus ojos se volvian blancos, señal de tener una nueva vision, noto una sonrisa que en muchos años el no haia visto, asi que decidio no comentar nada.
Su madre lo observa con ternura y cierta melancolía, como si supiera que pronto el destino volveria a aquel niño a sus verdaderas raices.
En ese momento, entra Jor, el asistente personal de Almir, con pasos firmes y rostro preocupado. Se inclina ante la Emperatriz y se dirige a Almir:
—Mi señor… ha llegado una orden directa del Emperador.
Almir lo mira serio.
—¿Qué orden?
—Que parta hacia el norte, al Paso de Arhendral. Su Majestad desea que usted comande al ejercito… en lugar del príncipe heredero. La General Vorthez estara a su mando junto al segundo batallon. Aqui esta la medalla para mover a los guerreros dorados del principe heredero...
El silencio se hace pesado en la sala. La Emperatriz aprieta con fuerza los dedos del sillón, tratando de contener su reacción.
Almir queda un instante inmóvil, sorprendido, porque jamás el Emperador había dado una orden que desplazara a su hermano, el Gran Principe heredero, Malrik Varelian de su papel militar.
La madre rompe el silencio con voz suave, casi como un presagio:
—Hijo mío… a veces la guerra no solo se libra con espadas. Y aquellos secretos se descubren con el tiempo.
Almir baja la mirada, sin entender del todo, pero con el peso de aquella orden sobre los hombros.