El palacio estaba envuelto en un silencio extraño aquel día, dos días después que el emperador dio la orden para que el ejército se moviera, era momento de partir.
El pueblo se habia reunido cerca de las puertas del imperio central para despedirlos.
La sala de la emperatriz estaba de un lado a otro alistando varias cosas para el príncipe, Thea, la emperatriz, estaba demaciado nerviosa, temia que algo le pasara a Almir, después de todo si el Emperador le dio esa misión es por que es peligroso.
Ella lo esperaba, como siempre, sentada junto a la ventana alta de cristal azul, con un cuenco de agua frente a sí. Su cabello, desordenado y casi plateado, con leves toques de celeste, caía sobre los hombros mientras los ojos se mantenían fijos en el líquido que temblaba con una agitación que no provenía de su mano.
—Madre... —Almir cruzo el umbral hasta llegar a su madre tomando sus manos —Ayer tuviste otra visión.. ¿Cierto?
Ella no respondió al instante. Su respiración se había vuelto entrecortada, y sus dedos se cerraron en el borde del cuenco. Almir frunció el ceño, avanzando para sostener su muñeca y entonces ella lo miro fijamente, sus ojos abiertos como si hubiera despertado de un trance.
—Ya pasaron 3 décadas desde que el cielo se tiño de rojo —Su voz sonaba con melancolia —Puede que Marelio sea enemigo principal de Etalón, pero, querido hijo. Debes saber quiénes son tus enemigos, y luego decidir si lo serán para siempre.
—No... No entiendo madre
—El rey de Marelio está muriendo hijo mío, y con ello se avecina una tormenta. Debes saber que cuando muere un rey de Marelio hay una gran tormenta en los mares... Y con ellos antiguos lazos tambien volverán a ti.
Algo confundido, Almir suelta la mano de su madre mirando por quella ventana, el pueblo celebraba y el cielo se tornaba de una rosa a causa de los hechiceros de la Santa Sede con sus rituales, deseandoles suerte... ¿Suerte? No, no todos lo desean.
—Que tiene que ver el Rey de Marelio con mis lazos... Madre, estas confundidas ultimamente, deberias descanzar.
Ella lo miró con ternura, aunque en su mirada había dolor. Posó la mano sobre el rostro de su hijo, como si quisiera grabar su imagen antes de que el destino lo apartara de su lado por mucho tiempo.
—Solo recuerda esto. Lo que ha caído no es solo un reino… también es un velo revelando muchos secretos. Y cuando se alce de nuevo, nada volverá a ser igual para ti.
Almir apretó los labios, sintiendo que esa respuesta, en lugar de aliviarlo, lo sumía en una confusión más densa. Su madre cerró los ojos, exhaló, y en ese mismo instante un sirviente irrumpió en la estancia, inclinado y jadeante.
—¡Mi señor! Noticias desde el Paso de Arhendral, los sellos del reino demoniaco se están rompiendo y algunos demonios ¡han escapado!
—El destino ya empezo a volver a su lugar... Ten cuidado hijo. Regresa con bien.
Almir asintio leve, las empleadas le ayudaron a poner su armadura, saliendo del palacio con pasos firmes. Antes de partir hizo una reverencia hacia el castillo de la emperatriz. Sin una palabra más su madre entendio, su hijo había aceptado no solo la misión del Emperador, sino también el peso de un destino que aún no conocía. Y se marcha sin más.
KAELIRA
Ella solo tenia a su padre, quien tomara el lugar del duque Vorthez mientras ella cumplía la orden de la Santa Sede.
Noto los colores rosados del cielo, algunos eran muy cercanos al rojo, si no prestas atención nunca los notarias.
Salto a su tigre y se puso en el lado derecho de Almir, que estaba encima de su leon, no detrás de el, a su lado. Mientras salian del Reino nadie hablo, solo cabalgaron a una velocidad que los animales espirituales del bosque apenas notaban como sombras.
En el camino ningún momento se detuvo hasta que vio un claro en aquel bosque, por el que tendrian que pasar hasta que llegaran al Gran paso, el cual antes era un acantilado dominado por los demonios.
El la miro directamente dándole una leve sonrisa y detuvo al ejercito para que le den agua a sus animales guerreros.