Maragos - 1897
La lluvia caía con fuerza sobre su cuerpo. Su cabello estaba completamente empapado, al igual que su vestido, que se pegaba a su piel mientras corría desesperadamente por las calles del pueblo de Maragos. Aunque la oscuridad lo cubría todo, su silueta era iluminada tenuemente por la luz de luz.
Parecía una pordiosera y tenía la certeza de que su padre la iba a matar por todo lo que había sucedido aquella noche. Sin embargo, se estaba esforzando demasiado en llegar al castillo antes de que el sol saliera.
Con cada paso que daba, su cuerpo se salpicaba con los charcos de agua, su mente estaba abrumada, sus lágrimas eran de vergüenza, más aún con la mala reputación que iba a tener su familia de mañana en adelante si todo aquello salía a la luz.
Los criados y los campesinos del pueblo de Maragos la observaban con miradas juzgadoras. Y aquellas campesinas que parecían ser las más honradas del pueblo, se susurraban entre ella hablando del estado actual de la honrada hija del rey Felipe Georgiou.
Nada iba bien y Elena estaba seguro de ello, ya que desde aquel momento se había convertido en la desgracia de la familia real.
—¡Padre! —exclamó haciendo eco por todo el castillo.
Al no obtener respuesta alguna, corrió a las escaleras tropezando con el primer escalón y cayendo de rodillas en el segundo. Un gesto de dolor se dibujó en su rostro y las lágrimas se deslizaron por sus mugrosas mejillas, lagrimas que no fueron producidas por el reciente golpe si no por todo lo que venía cargando desde el bosque.
Tomo fuerzas y se puso de pie, agarró la falda de su vestido y continúo dando pasos largos subiendo dos escalones en un solo paso para así, llegar más rápido a su lecho de muerte.
Al estar frente a la puerta del aposento de su padre tocó dos veces y esta inmediatamente se abrió en automático. Dio un paso y entro, viéndolo en la penumbra, sentado en la cama, de espaldas, su corona haciendo contraste con la luz de la luna que se reflejaba por el ventanal y sus manos cerradas en puños.
—¡Padre! —exclamó mientras tomaba una bocanada de aire.
—¿Que has hecho Elena? —respondió el rey sin mover un solo dedo.
La princesa caminó hacia su padre dejando charcos de agua a su paso los cuales eran borrados tras ser arrastrada la cola de su vestido.
Al ver su semblante al de una pordiosera, el rey, sabia a lo que se enfrentaba. Su apariencia era la de una meretriz y vagabunda. Felipe tragó saliva y ni por un segundo miró a Elena a los ojos, únicamente observaba en lo que su hija había convertido aquel traje de una dama de la realeza.
—Me entregue a el padre… pero el me engaño, llevó a un periodista y me sacaron una foto mientras me quitaba… —Sus palabras fueron frenadas en cuanto su padre impactó su mano tosca en aquel suave rostro.
—Has deshonrado la imagen de la familia real, si esa foto sale en el periódico de mañana ¿qué dirá el mundo de mí, de ti y de la familia Georgiou?
El rey se dio la vuelta mientras Elena se acariciaba la mejilla, llorando por las palabras de su padre. Siempre tuvo el miedo de ser la vergüenza de la familia, pero ahora con todo lo que estaba pasando estaba segura de que ese miedo ya se había esfumado.
—¿Quién lo hizo? —preguntó el rey dándose la vuelta para ver a la princesa.
Elena respiró profundo con los ojos cerrados y las marcas de sus lágrimas decorando su rostro como un rio sin caudal. —Maximus Roussos. —Expresó con miedo y voz entrecortada.
—¿El hijo del rey de Cosmos?
Elena asintió.
Al ver la expresión de su hija, Felipe se mostró furioso, sus fosas nasales se ensanchaban y su pecho subía y bajaba.
—Era de esperarse, Roussos siempre ha querido la buena honra que hemos tenido la familia Georgiou, quiere ser la familia perfecta, la numero uno en la monarquía y no ha podido porque nosotros siempre somos los primeros, pero eso cambiara cuando mañana mi hija salga en el periódico con sus piernas abiertas ante un príncipe, ¿sabes quién vera tu manzanita? —El rey río sarcásticamente. —¡Todo el mundo!, y no solo eso, si no que nos convertiremos en la burla y en el desprecio de toda la sociedad por tu culpa Elena.
Elena cayó al suelo de rodillas y se arrastró hacia su padre. Agarró la mano de su padre y la besó unas tres veces seguidas, pidiéndole perdón una y otra vez. El rey nunca perdonaría a su hija menos ahora que era una prostituta y hasta los campesinos la verían desnuda.
Era oficial, la familia más ejemplar, la familia Georgiou estaba perdida.
—¡Jamás! —gritó tirando de su mano y viendo el cuerpo de su hija caer lejos de él, justo donde la quería.
Felipe se acercó a su hija, le daba asco tocarla, se agachó y la miró —Vete de mí habitación ahora mismo y ve buscando la manera de que no seas la vergüenza de esta familia, nunca seré menos que los Roussos, ¡primero muerto!
Elena se levantó del suelo y corrió hacia su aposento en donde se encerró con llave. Aquellas palabras de su padre la habían herido en gran manera y ahora sentía un ataque de ansiedad, no podía detener sus lágrimas y sentía como se le era muy difícil respirar.
La princesa arrancó su corcel, agradecía que estaba mal puesto y cayó de rodilla en el borde de su cama, no sabía qué hacer y aunque la noche estaba comenzando, estaba segura de que en cuanto saliera el sol, sería la protagonista de aquel periódico.
No tenía alternativa, agarró su manta y saco una tira larga y la paso por la viga que estaba atravesada en el techo de su habitación, se subió en la pequeña silla en la que se solía maquillar y paso la tira por su cuello apretándola.
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—¡Padre! —exclamó Deacon, pero al abrir la habitación de su padre, aquel rey estaba sentado en el duro suelo, respaldado en la pared, mientras su espada plateada atravesaba su pecho y presuntamente su corazón, pero aun permanencia con sus ojos abiertos, aunque en su cuerpo no había señal de vida alguna.