La primera vez que Lenna Kingsley volvió a escuchar hablar de los Siete Dominios, estaba sentada frente a la ventana de su habitación.
Desde allí podía ver gran parte de la propiedad de los Kingsley. El jardín se extendía hasta donde alcanzaba la vista y, más allá de los árboles, se levantaba la antigua muralla que rodeaba la residencia. Había vivido allí toda su vida y, aun así, algunas veces sentía que aquel lugar era demasiado grande para una sola familia.
Los Kingsley siempre habían sido así. Grandes, poderosos, difíciles de ignorar.
No tenían un reino, al menos no uno reconocido como los que existían en los libros de historia, pero tampoco necesitaban una corona para que la gente supiera quiénes eran. El apellido Kingsley estaba presente en negocios, gobiernos, empresas, acuerdos y decisiones que muchas personas ni siquiera sabían que habían pasado por sus manos.
Y en el centro de todo estaba Loren Kingsley.
Su madre.
La mujer a la que muchos conocían como la Reina del Poder Absoluto Kingsley.
Lenna había crecido viendo lo que provocaba su presencia. Cuando Loren entraba en una habitación, las conversaciones cambiaban. Algunos guardaban silencio, otros intentaban agradarle y unos cuantos preferían simplemente no cruzarse con ella.
Loren nunca había necesitado gritar para hacerse respetar.
Ni siquiera tenía que amenazar.
Una mirada suya era suficiente y Lenna había heredado eso de ella. Su forma de mirar, la seguridad al hablar y esa costumbre de no demostrar demasiado cuando algo la molestaba, pero había algo que no había heredado.
La sensación de pertenecer completamente al lugar donde había nacido.
Lenna miró sus manos.
A simple vista no tenían nada extraño. Eran las mismas manos que había visto toda su vida. No había marcas, símbolos ni ninguna señal que pudiera hacer pensar que su sangre era diferente.
Pero lo era. Ella lo sabía desde hacía años, su madre nunca se lo había ocultado.
—Eres mestiza.
Eso había sido todo.
Lenna todavía recordaba aquella conversación. Había sido demasiado pequeña para entender qué significaba realmente aquella palabra, pero lo suficientemente grande para notar que Loren no quería hablar más del tema.
Su padre pertenecía a otro mundo.
Su madre era humana.
Y ella era el resultado de ambos.
Nada más.
O eso era lo que Loren le había permitido saber.
Nunca le había dicho el nombre de su padre. Nunca le había enseñado una fotografía. Nunca le había explicado cómo se habían conocido ni qué había ocurrido después. Cada vez que Lenna preguntaba por él, su madre encontraba la manera de terminar la conversación, a veces simplemente decía que no era el momento otras veces cambiaba de tema.
Y algunas, simplemente la miraba hasta que Lenna entendía que no debía seguir preguntando.
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Señorita Lenna.
Lenna giró la cabeza.
—Adelante.
La puerta se abrió y una de las asistentes personales de Loren entró. Llevaba un sobre negro entre las manos.
Lenna frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué es eso?
La mujer se acercó y se lo entregó.
—Su madre quiere que lo lea.
Lenna tomó el sobre.
No tenía dirección ni remitente. Tampoco llevaba el escudo de los Kingsley. Lo único que había en la parte delantera era un extraño sello plateado.
Siete símbolos rodeando un círculo.
Lenna lo reconoció.
No porque lo hubiera visto muchas veces.
Lo había visto una sola vez.
Años atrás, cuando Loren se lo había mostrado por unos segundos y después le había dicho que no volviera a preguntar por él.
Lenna levantó la mirada.
—¿Mi madre está en su despacho?
—Sí.
—¿Me está esperando?
La mujer asintió.
—Quiere verla después de que lea esto.
Aquello hizo que Lenna mirara nuevamente el sobre.
—¿Ahora?
—Ahora.
La asistente salió sin decir nada más.
Lenna esperó unos segundos antes de romper el sello.
Dentro había una sola hoja.
La parte superior estaba escrita con símbolos que no conocía. Debajo aparecía una traducción.
CONVOCATORIA OFICIAL
Lenna continuó leyendo.
Su nombre estaba escrito debajo.
LENNA KINGSLEY
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Editado: 20.08.2026