Los siguientes tres días pasaron demasiado rápido.
Lenna había imaginado que después de la conversación con su madre tendría respuestas, o al menos alguna explicación que le permitiera ordenar todo lo que acababa de descubrir. No ocurrió ninguna de las dos cosas. Loren había vuelto a su rutina como si aquella conversación no hubiera cambiado nada, ocupándose de reuniones, documentos y llamadas mientras Lenna permanecía con la sensación de que acababa de abrir una puerta que llevaba años cerrada. Cada vez que intentaba volver al tema, su madre encontraba una razón para aplazarlo. No era el momento, había demasiadas cosas que preparar, necesitaba descansar. Siempre había una excusa diferente, pero todas terminaban en el mismo lugar: silencio.
Lo único que había cambiado era el medallón.
Lenna lo llevaba consigo desde aquella noche. Al principio había pensado guardarlo en algún cajón y olvidarse de él hasta descubrir qué significaba, pero algo se lo impedía. Lo llevaba colgado bajo la ropa y, aunque no sabía por qué, tenía la extraña sensación de que aquel objeto llevaba demasiado tiempo esperando volver a ella. No era pesado, pero algunas veces parecía calentarse contra su piel sin ninguna razón. La primera vez que ocurrió pensó que era producto de su imaginación. La segunda comenzó a preocuparse. Para la tercera decidió dejar de pensar en ello.
También había dejado de dormir bien.
No porque tuviera miedo de la escuela, sino porque cada vez que cerraba los ojos aparecían imágenes que no lograba reconocer. Una ciudad cubierta de niebla. Un cielo demasiado oscuro. Grandes construcciones que parecían surgir de la tierra y perderse entre las nubes. Algunas noches escuchaba voces, pero nunca conseguía entender lo que decían. Otras veces despertaba con la certeza de que alguien había pronunciado su nombre justo antes de abrir los ojos.
Nunca se lo contó a Loren.
No quería darle otra razón para preocuparse.
La mañana de su partida, la residencia Kingsley estaba más silenciosa de lo habitual. Lenna bajó las escaleras con una pequeña maleta en una mano y encontró a su madre esperándola en el vestíbulo. Loren llevaba un abrigo oscuro y tenía el cabello suelto, algo que Lenna rara vez veía cuando su madre tenía asuntos importantes. Junto a ella había dos personas que Lenna no conocía y un vehículo negro estacionado frente a la entrada.
—¿Ellos vienen con nosotras? —preguntó.
—Nos acompañarán hasta el punto de traslado.
Lenna miró a los dos desconocidos.
—¿Punto de traslado?
—No puedes llegar a los Dominios de la misma manera en que llegaste a cualquier otro lugar.
—Supongo que tampoco tienen aeropuertos.
Loren la miró durante unos segundos.
—No exactamente.
Lenna soltó una pequeña sonrisa.
—Eso fue una respuesta muy tranquilizadora.
Su madre no sonrió.
—Lenna, escucha con atención. Una vez que crucemos, no quiero que te separes de mí hasta que lleguemos a la escuela.
—¿Por qué?
—Porque no conocemos quién puede estar esperando.
—Pensé que sabías quiénes eran ellos.
—Conozco a los soberanos. Conozco algunas de sus familias. Conozco las reglas. Eso no significa que pueda saber lo que hará cada persona cuando te vea.
Lenna guardó silencio.
Aquello le recordó algo que había intentado ignorar durante los últimos días.
—¿Mi sangre?
Loren asintió lentamente.
—Tu sangre.
Lenna bajó la mirada.
—¿Tan mal es?
Loren tardó en responder.
—Para algunos, sí.
No había necesidad de explicar más.
Subieron al vehículo poco después. Durante el trayecto, Lenna observó la ciudad a través de la ventana. Los edificios, las calles llenas de personas, los semáforos, los comercios, el ruido de los vehículos. Todo aquello que había visto durante toda su vida comenzó a parecerle extrañamente familiar. Por primera vez se dio cuenta de que estaba mirando su mundo como alguien que estaba a punto de abandonarlo.
—¿Cuánto tiempo estaré fuera? —preguntó.
—No lo sé.
Lenna giró la cabeza.
—¿Cómo que no lo sabes?
—La convocatoria no establece un tiempo.
—Entonces ¿puedo volver cuando quiera?
Loren no respondió inmediatamente.
—Si las circunstancias lo permiten.
Lenna soltó una risa seca.
—Eso suena muchísimo peor de lo que pretendías.
—Porque lo es.
Durante el resto del trayecto ninguna de las dos habló demasiado.
El punto de traslado estaba lejos de la ciudad, en una zona rodeada de árboles donde no había edificios ni carreteras transitadas. A simple vista parecía un lugar completamente abandonado. Sin embargo, cuando bajaron del vehículo, Lenna comprendió que la apariencia era solo eso.
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Editado: 22.08.2026