La ciudad comenzaba justo después de la última hilera de árboles que rodeaba la escuela, aunque Lenna tardó un poco en comprender que aquello realmente era una ciudad. Desde lejos había imaginado calles estrechas, edificios antiguos y quizá algún mercado extraño lleno de personas que parecían sacadas de un libro. Lo que encontró fue algo mucho más grande. Había calles de piedra que se extendían en diferentes direcciones, construcciones de varios niveles, puentes que conectaban unas zonas con otras y una cantidad de personas que hacía imposible distinguir a simple vista quién pertenecía a qué linaje. Todo parecía tener su propio ritmo, como si aquel lugar llevara siglos funcionando sin necesitar explicarle a nadie cómo hacerlo.
Lenna caminaba junto a Mara, intentando disimular que estaba mirando absolutamente todo. Había aprendido desde pequeña que observar demasiado podía hacer que los demás notaran que no conocías un lugar, y ella no pensaba regalarle esa satisfacción a nadie. Aun así, era imposible no sorprenderse. En una de las calles había un mercado donde se vendían frutas que Lenna nunca había visto, algunas tan grandes que necesitaban ser transportadas entre dos personas. Más adelante, un grupo de jóvenes discutía frente a una tienda donde se exhibían armas de diferentes formas. Había espadas, lanzas, arcos y algunas piezas que Lenna ni siquiera sabía cómo describir.
—¿Todo esto pertenece a los siete dominios? —preguntó.
—No exactamente —respondió Mara—. Hay territorios que pertenecen directamente a un dominio y otros que funcionan como zonas neutrales.
—¿Y nadie pelea por ellos?
Mara la miró de lado.
—Claro que pelean.
—Entonces no son tan neutrales.
—Son neutrales porque los siete aceptaron que lo fueran. Eso no significa que todos estén de acuerdo.
Lenna sonrió.
—Empiezo a entender cómo funciona este lugar.
—Todavía no has empezado.
—Eso no era muy alentador.
Mara soltó una pequeña risa.
Continuaron caminando hasta llegar a una plaza amplia. En el centro había una estructura de piedra rodeada por agua. Sobre ella se levantaban siete figuras talladas, cada una diferente de la otra. Lenna se acercó un poco.
No necesitó que nadie le explicara quiénes eran.
Los soberanos.
No conocía sus rostros, pero había algo en aquellas esculturas que hacía evidente su importancia. Cada figura llevaba elementos distintos, como si representaran no solamente a una persona, sino a todo un pueblo.
Lenna observó las siete figuras durante unos segundos.
—¿Ellos gobiernan todo esto?
—Los siete soberanos representan a sus respectivos dominios. Cada uno tiene sus propias leyes, territorios y estructuras de poder.
—¿Y quién manda sobre todos?
Mara negó con la cabeza.
—Nadie.
Lenna la miró.
—¿Nadie?
—Ese es precisamente el problema.
Antes de que pudiera preguntar algo más, un grupo de estudiantes pasó cerca de ellas.
Lenna no les prestó demasiada atención al principio.
Hasta que uno de ellos habló.
—Es ella.
Otro respondió:
—¿La mestiza?
Lenna siguió caminando.
No pensaba detenerse.
—La hija de Loren Kingsley.
—Dicen que es humana.
—Es mestiza.
—Da igual.
La última voz sonó más cerca.
—Sigue oliendo mal.
Lenna se detuvo.
Mara también.
Por un instante, ninguna de las dos dijo nada.
Lenna giró lentamente la cabeza.
El grupo estaba a unos metros.
Eran cuatro estudiantes. Dos hombres y dos mujeres. Todos llevaban los símbolos de sus respectivos linajes sobre la ropa. Uno de los jóvenes, el que había hablado, la observaba con una sonrisa que no tenía absolutamente nada de amable.
Lenna lo miró directamente.
—¿Tienes algún problema?
El joven dio un paso hacia ella.
—Ninguno.
—Entonces deja de hablar de mí.
—Solo estamos diciendo lo que todos piensan.
Mara dio un paso adelante.
—Será mejor que continúen su camino.
El joven sonrió.
—No sabía que los humanos necesitaban guardaespaldas.
Lenna sintió que algo dentro de ella se tensaba.
—No necesito uno.
Mara la miró.
—Lenna...
Pero ella ya había dado un paso hacia el grupo.
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Editado: 22.08.2026